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Suicidio adolescente en Chile: pasos para una solución

Suicidio adolescente en Chile: pasos para una solución

por Kurt Scheel

25 de mayo de 2018

Suicidio adolescente en Chile: pasos para una solución

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Según la OMS, cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo. Lo que es peor, desde hace muchos años Chile se encuentra encabezando la mayor parte de los indicadores de suicidio a nivel mundial y latinoamericano. La ya citada OMS señala que para el año 2020, la depresión se convertirá en la segunda causa mundial de discapacidad. Por su parte, la depresión y el intento de suicidio previo se consideran los factores de predicción más robustos asociados al suicidio consumado (Appleby et al, 1999; Baader et al, 2004).

En la actualidad, podemos decir que si bien se conocen los factores asociados al riesgo de suicidio, los constantes esfuerzos por predecir las conductas suicidas han sido infructíferos. Esto significa que si bien entendemos porqué la gente se suicida, no sabemos pronosticar y evitar que alguien lo haga. Dentro de los factores de pronóstico se encuentran, especialmente en adolescentes, haber sido víctima de eventos traumáticos, de abandono o negligencia en los cuidados parentales, maltrato, abuso psíquico, físico, sexual (especialmente en la infancia), exposición a situaciones de estigma, humillación, o situaciones de abuso o violencia en el entorno escolar (Tapia, Vohringer & Ornstein, 2010).

Ahora bien, es innegable que la naturaleza sustancial del suicidio suele enfrentarnos a situaciones en donde los sujetos confluyen en una diversidad de factores que interactúan entre sí, tal como lo harían las partículas de un átomo, de manera que el suicidio como ente ya es, de por sí, muy difícil de predecir por su alta complejidad.

El autocuidado debe, con suma urgencia, enseñarse en las salas de clases. Tenemos frente a nosotros un dato profundamente alarmante. En el 2012, en Ask Suicide-Screening Questions (ASQ), Horowitz y otros nos demostraban que en Estados Unidos, de un 90% de personas que padecían enfermedades mentales, un 80% había dado algún tipo de aviso o había consultado un servicio de salud en el último año. Esto significa que las señales existen, pero las políticas de respuesta y especialmente, las de seguimiento, son inadecuadas

La clave está, creemos, en la falta de políticas públicas que apunten a la enseñanza temprana respecto al manejo de situaciones adversas y al control de niveles de angustia. Y es que existe un gran desconocimiento psíquico propio por parte de los adolescentes de nuestro país, desembocando en dificultades para que la o el adolescente identifique cuándo se encuentra sumid@ en un estado de peligro, depresión o abuso psíquico, físico e incluso sexual. Es así como requerimos con suma urgencia que se le dé prioridad a una agenda que busque hacerse cargo de forma seria de la salud mental de las chilenas y chilenos, ampliando, en primera instancia, el presupuesto de salud mental que destina el Estado. De todo el presupuesto de salud de nuestro país, solo un 2-3% se destina a la salud mental (DIPRES, Ley de Presupuestos Sector Público). El promedio de los países de la OCDE es del 6%. O sea, 3 veces más que lo que destinamos en Chile a la materia.

Lo anterior es gravísimo, pues tal como señala el artículo 1 de la Constitución Política de la República, la finalidad del Estado es promover el bien común, para lo cual debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material posible, ¿de qué nos sirven cuerpos sanos en mentes enfermas?

Con un aumento en el presupuesto estatal, no sería tan complejo aumentar la precaria capacitación a los profesionales en el área de la salud y especialmente, en la de educación, para enfrentar situaciones de riesgo en la materia, en conjunto con una permanente política de apoyo de los medios de comunicación en pos de evitar el suicido.

El autocuidado debe, con suma urgencia, enseñarse en las salas de clases. Tenemos frente a nosotros un dato profundamente alarmante. En el 2012, en Ask Suicide-Screening Questions (ASQ), Horowitz y otros nos demostraban que en Estados Unidos, de un 90% de personas que padecían enfermedades mentales, un 80% había dado algún tipo de aviso o había consultado un servicio de salud en el último año. Esto significa que las señales existen, pero las políticas de respuesta y especialmente, las de seguimiento, son inadecuadas.

Finalmente, en Chile no solo escasean los profesionales especializados, sino también los estudios en la materia. La tarea pendiente en la educación (enseñanza básica, media y universitaria) nos parece esencial porque permite una alerta temprana y siembra una cultura del autocuidado. Pero si el sistema de salud no va a dar seguimiento a los casos particulares, de nada sirve política alguna. Es por ello que el cambio debe ser transversal. Y debe serlo cuanto antes, pues hay vidas en peligro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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