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Treinta años del Simce: desafíos para el aula

Treinta años del Simce: desafíos para el aula

por Eugenio Severin

14 de mayo de 2018

Treinta años del Simce: desafíos para el aula

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En el marco de los 30 años del Sistema de Medición de la Calidad de la Educación, más conocido como SIMCE, se ha generado un intenso e importante debate respecto a su verdadera contribución o no a mejorar la calidad educativa.

En sí mismo, el SIMCE se ha aplicado como una prueba estandarizada censal (a todos los estudiantes de las cohortes correspondientes), cuyo objetivo principal es medir la cobertura curricular y su apropiación por parte de los estudiantes, en un número limitado de asignaturas.

En sus inicios, la idea fue mejorar la calidad y equidad educativa, identificando las deficiencias existentes entre los estudiantes y así ejecutar las acciones necesarias para corregirlas. A pesar de su propósito original, y muy presionado por la lógica de la competencia (entre escuelas, docentes y estudiantes) que las políticas educativas de los años 80 promovieron, el SIMCE terminó generando severas exigencias en los escolares y los docentes por ser parte de un ranking.

Esto ha generado también falta de motivación de parte de los establecimientos para fortalecer un currículo diverso, que fomente verdaderos aprendizajes para sus alumnos, en pro de favorecer un logro de puntajes. Así, se deja de lado el fomento de otras asignaturas que no son parte de las temáticas de medición, como Artes o Música, entre otras, todas áreas indispensables en la formación integral de los estudiantes.

Por otra parte, el SIMCE fue una de las primeras mediciones que visibilizó las brechas socioeconómicas que existen en educación. Esto permitió que se implementaran políticas públicas y esfuerzos económicos por equilibrar la balanza.

Tengo la impresión, al revisar los 30 años transcurridos desde su creación, que el SIMCE enfrenta el paradójico problema de haber sido al mismo tiempo sobreestimado y subutilizado. Convertir al SIMCE en máximo referente y faro de la calidad educativa y construir sobre sus resultados rankings de escuelas y docentes (incluyendo hasta premios y mejoras salariales a su alrededor), desnaturalizó su aporte esencial. Por otro lado, la falta de información temprana y oportuna ha privado por años a las escuelas y los docentes de datos que hubiesen sido muy importantes para proponer remediales a los aprendizajes descendidos de algunos de sus estudiantes.

Tengo la impresión, al revisar los 30 años transcurridos desde su creación, que el SIMCE enfrenta el paradójico problema de haber sido al mismo tiempo sobreestimado y subutilizado. Convertir al SIMCE en máximo referente y faro de la calidad educativa y construir sobre sus resultados rankings de escuelas y docentes (incluyendo hasta premios y mejoras salariales a su alrededor), desnaturalizó su aporte esencial. Por otro lado, la falta de información temprana y oportuna ha privado por años a las escuelas y los docentes de datos que hubiesen sido muy importantes para proponer remediales a los aprendizajes descendidos de algunos de sus estudiantes.

Algunos de estos problemas han sido abordados por el Ministerio de Educación y la Agencia de la Calidad en los últimos años, eliminando la publicación de los lamentables rankings, ampliando los ámbitos de medición de la calidad educativa, generando instrumentos complementarios, y pruebas a grupos representativos, y sobre todo, intentando mejorar la información que se comparte con los docentes y las familias, de manera que entendiendo mejor los datos, puedan ofrecer mejores apoyos a los estudiantes.

El principal desafío que tenemos por delante es fortalecer la experiencia de los estudiantes frente al aprendizaje, para lo cual la formación docente se vuelve imprescindible, incluyendo particularmente la evaluación para el aprendizaje y la forma de aprovechar los instrumentos de evaluación existentes en el diseño de sus prácticas educativas. Debemos devolver la dignidad a los educadores y mostrarles nuestra confianza sobre su desempeño y lograr visualizar, como sociedad, el rol del educador como un ámbito de acción esencial para la construcción de las sociedades.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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