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Copa desteñida

Copa desteñida

por Pablo Flamm

22 de junio de 2019

Copa desteñida

Hasta el momento está al debe en muchos factores: calidad, categoría de juego, asistencias a los estadios, motivación y alegría. Vaya paradoja, un país que vive para y por el fútbol, hasta ahora se ve apagado y desmotivado. Los cariocas han estado más preocupados de su torneo local, de los problemas judiciales de Neymar y todo lo relacionado con el caso Lavajato-Lula y Moro. Ya era raro y extraño no percibir ambiente de fiesta en la tierra de los pentacampeones mundiales y cuando les digo nada de nada, créame, así ha sido.

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Hace tiempo que la otrora sagrada Copa América se destiño y desperfiló. El torneo de selecciones más antiguo del mundo fue transado por intereses económicos y comerciales de los dirigentes de turno de la Conmebol, invitando a países que no pertenecen a Sudamérica y que no tienen ninguna ligazón con la tradición futbolera de esta parte del mundo. ¿Qué hacen Japón y Qatar jugando a miles de kilómetros de sus fronteras? Hay ritos y tradiciones que no se pueden transar o negociar y ésta es una de ellas.

Acá en Brasil pensé encontrar ese calor y fervor tan propio de una nación que respira las 24 horas fútbol, pero no ha sido así. Llegue el 12 de junio y los cariocas estaban más preocupados de su torneo local, de los problemas judiciales de Neymar y todo lo relacionado con el caso Lavajato-Lula y Moro. Ya era raro y extraño no percibir ambiente de fiesta en la tierra de los pentacampeones mundiales y cuando les digo nada de nada, créame, así ha sido.

Al caminar por Avenida Atlántica-un espacio de casi 11 kilómetros- recorres las principales y turísticas playas de Rio Janeiro y no ver siquiera una bandera o un pendón relativo a la Copa América, ha sido casi decepcionante. Claro, la “cidade maravillosa” piensa más en la diversión, entretenimiento y despejarse del stress, más que en cómo se vivirá esta fiesta del fútbol sudamericano.

Prueba de ello además es que los estadios no lucen llenos. Solo un dato. Para el partido inaugural entre Brasil y Bolivia -que se jugó en la futbolizada urbe de Sao Paulo- se esperaban 70 mil fanáticos y solo llegaron al Morumbí unas 40 mil personas y eso que en las afueras del coloso paulista, se regalaban las entradas para que la transmisión pudiese mostrar un recinto colmado.  Nada de eso sucedió. Según los especialistas hay una baja de 40% de asistencia a los estadios por precios altos y poco interés.

Otro tema es el gusto y adhesión de los brasileños por su equipo. El 70% de los hinchas no le gusta como juega el equipo de Tite y esa presión acá, se nota todo el día y toda la semana. Las grandes cadenas deportivas, verdaderos monstruos comunicacionales e influyentes, analizan y, a veces destrozan, el juego del equipo verdeamarelho. No le perdonan una y ni me imagino lo que podría suceder si el scratch no gana la Copa. Los brasileños obligan todo el día a Tite y sus jugadores a un solo objetivo, lograr la novena corona, para acortar distancias con Uruguay y Argentina, que tienen en sus vitrinas 15 y 14 respectivamente.

Otro ejemplo fue el partido Paraguay-Qatar, que se jugó en el mítico Maracaná. ¿Por qué programaron un partido de bajo interés en uno de los estadios que forma parte de la historia mundial? Resultado: no hubo más de 15 mil personas en un coliseo con capacidad de 87 mil fanáticos.

Otro tema es el gusto y adhesión de los brasileños por su equipo. El 70% de los hinchas no le gusta como juega el equipo de Tite y esa presión acá, se nota todo el día y toda la semana. Las grandes cadenas deportivas, verdaderos monstruos comunicacionales e influyentes, analizan y, a veces destrozan, el juego del equipo verdeamarelho. No le perdonan una y ni me imagino lo que podría suceder si el scratch no gana la Copa. Los brasileños obligan todo el día a Tite y sus jugadores a un solo objetivo, lograr la novena corona, para acortar distancias con Uruguay y Argentina, que tienen en sus vitrinas 15 y 14 respectivamente.

Punto aparte es Argentina y sus problemas internos. Todo el periodismo, y con justa razón, critica el liderazgo de Lionel Scaloni, quien asumió tras la salida de Sampaoli de la albiceleste. Nunca ha dirigido un equipo y pasar de la Sub 20 a la Selección fue una decisión más que cuestionable, porque hay que tener manija y jineta para seducir a Messi y sus amigos. Es un camarín igual de bravo como varias selecciones de Sudamérica.

Ver jugar a Argentina, por momentos, da pena. Tienen las individualidades, pero el colectivo no funciona ni asoma como todo el mundo futbolístico espera. Messi solo no puede, eso está claro, y no cuenta tampoco con una variedad de jugadores que interpreten sus ideas. Da la sensación que el tiempo de Scaloni a cargo de Argentina tiene los días contados.

Esta versión 46 de Copa América aún no nos entrega grandes o memorables partidos. Claro, en la fase de grupos, todos se cuidan y especulan.

Tal vez Colombia, ha sido un poco más generosa en su despliegue de ideas. El nuevo proceso a cargo del portugués Carlos Queiroz ilusiona al pueblo cafetero y con justa razón. Tienen, hoy por hoy, uno de los mejores planteles del este lado del mundo, una combinación de jugadores experimentados y jóvenes que vienen pidiendo espacio. Si logran avanzar y no caer en la falta de confianza, desde mi punto de vista es uno de los grandes candidatos a quedarse con la Copa América. Y digo lo de la confianza, por que en instancias claves y trascendentales, los colombianos han fallado o han carecido de jerarquía.

De esta forma, Copa América 2019 hasta el momento está al debe en muchos factores: calidad, categoría de juego, asistencias a los estadios, motivación y alegría. Vaya paradoja, un país que vive para y por el fútbol, hasta ahora se ve apagado y desmotivado. Es cierto, los problemas sociales y gubernamentales son más poderosos que un simple balón, pero es de ese mismo balón que esperan los 210 millones de brasileños que les entregue una alegría, aunque seas por un mes… para así bailar zamba y decir todo bon.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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