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Chile y sus vecinos

Chile y sus vecinos

por Gabriel Gaspar

12 de junio de 2019

Chile y sus vecinos

Lo primero es asumir que lo que suceda en cada uno de nuestros vecinos repercutirá de alguna manera en nuestro país. Argentina requiere estabilidad económica y respetando sus decisiones tenemos mecanismos para construir escenarios de apoyo. No solo desde el Estado, también desde los sectores productivos o desde la sociedad civil. Así lo hicimos el 2001, en los difíciles días del corralito. Con nuestros vecinos del norte es buen momento para reiterar la disposición a la construcción de buenas relaciones de respeto y cooperación. Debemos asumir que no es lo mejor que el epicentro de nuestras relaciones sean las demandas internacionales. Chile no puede estar sometido a juicios territoriales en cada década.

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¿Qué esta pasando con nuestros vecinos? ¿Cómo nos pueden afectar los procesos que viven?  Todos están viviendo momentos políticos intensos, Argentina y Bolivia están en campaña de cara a elecciones presidenciales en octubre, mientras que Perú se encuentra en medio de una fuerte disputa entre el Gobierno y el Congreso.

En términos económicos a todos nos afectan los vaivenes de la guerra comercial desatada por la administración Trump, pero estábamos cada uno en diferentes momentos antes del estallido de esta tormenta global.

Nuestro vecino con mayor incidencia es Argentina: 14 de nuestras 16 regiones colindan con provincias argentinas. El flujo migratorio es el más intenso, un verdadero puente aéreo une día a día a Santiago con Buenos Aires y, hasta hace poco, el turismo comercial era visible, miles de argentinos acudían al mall chileno más cercano a aperarse de plasmas, celulares, tablets, zapatillas de marca, etc.

Todo eso se derrumbó con la caída del peso argentino el año pasado, la inflación arriba del 50% y la pobreza llegando al 30%. ¿Resultado? En el pasado verano cayó bruscamente el turismo trasandino que dinamizaba en especial a la IV y la V regiones.

Argentina acudió al FMI y obtuvo una ayuda de cerca de 60 mil millones de pesos.  Y ahí esta capoteando la crisis.  Obviamente, todo esto dinamita las posibilidades de reelección de Macri.  Es difícil predecir hoy quién ganará en octubre, pero es casi obvio que el oficialismo no retendrá el poder. Se abren muchas preguntas, pero hay realidades ineludibles: Argentina deberá empezar a pagar el préstamo del FMI en el próximo Gobierno y hoy no se ve de dónde pueda surgir el excedente que lo permita.

Lo más probable, si quiere evitar el default, es que el nuevo Gobierno tenga que entrar a renegociar el millonario préstamo. ¿Tendrá la comprensión del FMI? Recordemos que EE.UU. de Trump ejerce allí una notable influencia.

A Argentina le conviene estabilizar y reanimar su economía, y a sus vecinos también. Hoy los transandinos acogen generosamente a millones de emigrantes, especialmente bolivianos y paraguayos, mismos que ven un sombrío panorama. No olvidemos que también existe una numerosa colonia chilena histórica.

El peligro mayor es una profundización de la crisis económica con sus comprensibles consecuencias sociales. Políticamente existe un mecanismo que permitirá dirimir el poder: el proceso electoral. Pero la mochila que recibirá el próximo Gobierno puede ser agobiante.

Bolivia en cambio no tiene un problema económico. Este año crecerá cerca del 4% y desde hace años tiene un ritmo superior al promedio de América Latina. Conviene recordar esto, porque hasta en el reciente informe presidencial se sostiene que “Chile lidera el crecimiento en la región”. Pero Bolivia parte de muy atrás, aunque su PIB cercano a los 90 mil millones de dólares lo sacó de los lugares más postergados de la región. Los ingresos provenientes de las exportaciones de gas permiten una holgura fiscal y eso se refleja en diversos programas de bienestar social que retribuye la adhesión de la base popular y étnica que respalda al presidente Morales. El futuro del gas se ve nublado, pero esta emergiendo con fuerza la riqueza del litio.

Los problemas de Bolivia no son económicos, pero sí políticos, por el deterioro de la democracia y por la lenta e implacable instalación de un régimen  rumbo al partido hegemónico.

En el camino se ha ido debilitando la separación de poderes, la plena libertad de prensa y la independencia de los organismos electorales. La oposición carece de la unidad necesaria para enfrentar a la maquinaria oficialista, que además cuenta con un importante apoyo social.

Bolivia no es Suiza y, si bien están programadas elecciones para octubre, todo indica que no será un camino tranquilo. Probablemente el resultado tampoco lo sea. De paso, todo descansa en el fuerte liderazgo presidencial, que a ratos muestra las evidencias del ya prolongado ejercicio del poder. Una adecuada observación electoral podría dar garantías a todos, en especial de la OEA o la UE.  Pero la reciente visita del secretario general de la  OEA a Bolivia fue pletórica de señales de simpatía a la reelección de Morales, hasta llegar al propio Chapare, bastión de Evo, el día previo a su proclamación.

Perú no tiene elecciones. Pero puede tenerlas. Junto con elegir al presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK), los peruanos eligieron un Congreso con mayoría fujimorista. Dirigidos por Keiko, acosaron al presidente desde un principio, destituyéndole ministros y, al final, provocando la renuncia del propio PPK. Asumió su vicepresidente, el actual presidente Martín Vizcarra.

Pero no era todo, en medio de las peleas políticas, el país se enteró con escándalo de graves casos de corrupción en el sistema judicial. A ello se sumaron las revelaciones de las coimas de Odebrecht que han terminado con el procesamiento de todos los expresidentes. Incluido el dramático suicidio de Alan García.

El presidente Vizcarra ha enfrentado al Congreso con las banderas de la lucha contra la corrupción, a fines del año pasado, impulsó un referendo que, entre otras cosas, prohíbe la reelección de los parlamentarios, lo cual augura una amplia renovación en el futuro Parlamento. Pero inexplicablemente, luego de su victoria en dicho referendo, la Presidencia no siguió su ofensiva y solo hace pocas semanas le planteó al Congreso la llamada “cuestión de confianza” si no aprueba reformas políticas.

En el sistema peruano, si el Congreso se niega, el presidente puede disolverlo. Existe un plazo: el 28 de julio, día nacional de Perú y fecha en la que finaliza la actual legislatura. Todas las opciones están abiertas y, con ello, toda la incertidumbre que se pueda imaginar.

En principio en Perú el mandato presidencial se renueva el 2021. No pueden ir a reelección ni Vizcarra ni ningún parlamentario. La colina del poder estaría vacía y se abren espacios para muchos líderes carismáticos. Entre ellos figuran varios gobernadores, como el hábil líder aymara de Puno, Walter Aduviri, gran admirador de Evo.  También podría ser Antauro Humala, exmilitar que podría salir de prisión, un rabioso nacionalista antichileno.  Todo esta abierto y solo recién a fines de julio podremos tener mayor claridad sobre el futuro cercano de Perú.

¿Y qué hace Chile? ¿Vecino atento o vecino indiferente?

Como es posible advertir en esta apretada síntesis, nuestro entorno vecinal se encuentra en pleno movimiento, cada país en su propio proceso, pero los astros pueden alinearse de muchas formas y más vale poner atención.

Lo primero es asumir que lo que suceda en cada uno de nuestros vecinos repercutirá de alguna manera en nuestro país. Un buen vecino ayuda, sin entrometerse. Argentina requiere estabilidad económica y respetando sus decisiones tenemos mecanismos para construir escenarios de apoyo. No solo desde el Estado, también desde los sectores productivos o desde la sociedad civil. Así lo hicimos el 2001, en los difíciles días del corralito.

Con nuestros vecinos del norte es buen momento para reiterar la disposición a la construcción de buenas relaciones de respeto y cooperación. Debemos asumir que no es lo mejor que el epicentro de nuestras relaciones sean las demandas internacionales. Chile no puede estar sometido a juicios territoriales en cada década. Superada la demanda de Bolivia, podemos reiterar una vieja y necesaria oferta de nuestra diplomacia para restablecer relaciones diplomáticas aquí y ahora, como se lo planteara el Presidente Lagos al entonces presidente Mesa.

Un país puede tener muchas opciones de diplomacia, pero hay una variable que no puede eludir. Es la geografía.  Tratar de diseñar una diplomacia soslayando lo que ocurre en nuestras fronteras es, a lo menos, idealismo.

Por lo mismo llama la atención la cantidad de tiempo que se emplea, los recursos que se despliegan, las instrucciones que se dan a nuestras embajadas, referidas a la crisis venezolana. Por cierto, es un tema de la diplomacia latinoamericana. Pero… ¿es más importante que nuestro entorno vecinal? De paso asombra que en todos estos afanes nuestra diplomacia no haga explícito su apoyo al proceso de diálogo-negociación que tanto el Gobierno como la oposición venezolana despliegan bajo los auspicios de Noruega.

En defensa de nuestra diplomacia profesional, desde la propia Cancillería se comenta que estos énfasis no surgen de Teatinos, sino desde la Moneda, con criterios más políticos que diplomáticos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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