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Lecciones no aprendidas del impacto de la industria salmonera en la zona austral

Lecciones no aprendidas del impacto de la industria salmonera en la zona austral

por Jaime Ojeda y José Germán Calderón

29 de marzo de 2019

Lecciones no aprendidas del impacto de la industria salmonera en la zona austral

Parece que el mejor camino es mantener una coherencia en la toma de decisiones ambientales, es decir, promover la conservación considerando actividades económicas y sociales humanas que no generen impactos ambientales nocivos. Sin embargo, hoy pareciera que estamos dando las llaves del territorio a la industria salmonera, que ha generado una contaminación marina sin precedentes en el sur de Chile.

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Por estos días la comunidad local de Puerto Williams y, específicamente, los miembros del pueblo Yagán, están liderando una lucha contra de la industria salmonera que quiere expandir su producción hasta el maritorio de Onashaga, conocido como el canal Beagle, en la provincia del Cabo de Hornos. Manifiestan que el posible establecimiento de estas corporaciones atentará contra del estado natural de esta remota zona del país. Al parecer, no hemos aprendido mucho sobre las crisis ecológicas que han vivido las regiones de Aysén y de Los Lagos.

En términos científicos, esta preocupación tiene una base sólida, representada por dos caras de una misma moneda. En un lado está la importancia planetaria de la diversidad biológica y cultural del Cabo de Hornos, que ha sido enfatizada por el Estado de Chile, la comunidad científica y las agencias internacionales (Unesco). En el otro lado de la moneda, está la contaminación salmonera que ha modificado la socioecología del paisaje austral.

El Cabo de Hornos y los canales subantárticos aledaños, son un lugar único en el mundo en términos geográficos, ecológicos y socioculturales. En el hemisferio del sur, entre la latitud 47º S a 56º S, estos albergan los bosques templados más australes del planeta, que incluyen bosques terrestres, humedales, ríos y ecosistemas marinos. Este "simple" detalle planetario le asigna la categoría de irreemplazable a esta zona remota de Chile, ya que no existe una réplica latitudinal en el mundo para este ecosistema.

En términos ecológicos, los canales subantárticos albergan un gran número de especies de musgos, moluscos y algas. Sumado a esta singularidad, el Cabo de Hornos es hogar de una de las expresiones más impresionantes de la naturaleza, el endemismo, que son especies que viven solo restringidas a un lugar específico en el planeta. Por ejemplo, los moluscos marinos, el 40% de las especies es único del sistema de fiordos y canales. Incluso, recientemente fue encontrada una nueva especie de molusco en las costas rocosas del canal Beagle, denominada Nacella yaghana en honor al pueblo Yagán.

Pero, probablemente, el efecto más grande de esta industria es la emisión de nitrógeno y fósforo al sistema marino. Se estima que entre 60 mil toneladas de nitrógeno y 8 mil toneladas de fósforo pueden llegar al ambiente marino por efectos del cultivo del salmón. Estos nutrientes extras llegan al mar, lo que podría generar potenciales floraciones de algas nocivas. Aquí debemos hacer un énfasis, porque este tentativo problema ambiental puede escalar hacia uno sanitario, debido a que actualmente el canal Beagle posee ciclos de marea roja estacional primaveral.

La lista de relevancia ecológica de la provincia del Cabo de Hornos podría ser interminable y, de hecho, no hemos nombrado a las especies más carismáticas, como aves marinas o cetáceos. El 20% de la población mundial de albatros de ceja negra habita en la zona y un gran número de poblaciones de cetáceos se alimenta en los canales.

Ciertamente, el centralismo y pensamiento economicista del Chile de hoy, opaca la importancia sociocultural de las zonas remotas. Este lado del país posee una la riqueza cultural que olvidamos en el discurso popular de la historia de Chile.

El Cabo de Hornos es hogar del pueblo indígena más austral de planeta, los yaganes, quienes han vivido entretejidos con la naturaleza austral por más de 7 mil años. Este pueblo sigue vivo y luchando ante las adversidades del colonialismo, que se intensificó hace no más de 200 años.

Primero fueron los cazadores europeos que sobreexplotaron lobos y nutrias, una de las principales fuentes de alimentación del pueblo Yagán. En paralelo, expediciones europeas raptaban yaganes que terminaron en zoológicos humanos en las principales ciudades del Viejo Continente. En sincronía con lo anterior, llegaron las enfermedades traídas por los navegantes, que afectaron drásticamente el número poblacional de dicho pueblo. Finalmente, el proceso de colonización continuó al aumentar la propiedad privada en el territorio patagónico y, con ello, nacieron restricciones de desplazamiento terrestre y marítimo. La guinda de la torta de este proceso de colonización hoy es la salmonicultura, que ha sido promovida por el Gobierno chileno y potenciada por intereses económicos europeos.

Aunque sea paradójico en estos días, es un hecho que este proceso de colonización europeo sigue vigente en la Patagonia, básicamente porque detrás de los intereses salmoneros se esconde el gran negocio noruego del cultivo de salmones. Por suerte, ante toda esta historia de adversidad hay esperanza, porque el pueblo Yagán –sumado a la población local del Cabo de Hornos– se está movilizando como quizás nunca antes había sucedido en su historia, con el fin de decir ¡Basta!.

¿Por qué la salmonicultura atenta contra el paisaje social y ecológico?

Si hacemos una revisión del impacto ecológico de la salmonicultura a nivel nacional, nos encontramos con un gran número de evidencia sólida que refleja la nocividad ambiental de esta industria. Por ejemplo, se ha observado que los cultivos de salmón pueden reducir hasta un 50% de la biodiversidad que habita en el sustrato marino cercano.

Pero, probablemente, el efecto más grande de esta industria es la emisión de nitrógeno y fósforo al sistema marino. Se estima que entre 60 mil toneladas de nitrógeno y 8 mil toneladas de fósforo pueden llegar al ambiente marino por efectos del cultivo del salmón. Estos nutrientes extras llegan al mar, lo que podría generar potenciales floraciones de algas nocivas. Aquí debemos hacer un énfasis, porque este tentativo problema ambiental puede escalar hacia uno sanitario, debido a que actualmente el canal Beagle posee ciclos de marea roja estacional primaveral.

En este contexto, es importante señalar que el pueblo Yagán ha tratado de recuperar la pesquería tradicional de mariscos en la zona y este potencial efecto salmonero terminaría con poner una lápida en su reivindicación del acceso a la alimentación marina local.

Innumerables son los efectos ambientales de la salmonicultura, pero algunos de estos tienen que ver con el lado imperceptible que el mar esconde, dado su poder de dilución. Estos efectos son la contaminación por antibióticos, pesticidas y basura. La acuicultura del salmón chileno tiene una de las más altas tasas de consumo de antibióticos por tonelada cultivada en el mundo. El 2016 se usaron 363,4 toneladas de antimicrobianos para cultivos en mar. Florfenicol y oxytetracycle son los antibióticos más usados y su uso indiscriminado puede causar potencialmente resistencia bacteriana.

Otro punto es el uso excesivo de pesticidas para el control de parásitos de salmones (Caligus o piojo marino), lo que puede traer efectos en la fijación de carbono del fitoplancton. Finalmente, el aumento de la basura marina flotante en los canales y fiordos patagónicos está correlacionado con la presencia de cultivos de salmones. La abundancia de plástico puede alcanzar desde 250 ítems diferentes de plástico por kilómetro. El 80% de la basura flotante es poliestireno expandido, que es intensamente ocupado en la industria del salmón.

¿Qué deberíamos hacer?

Chile, los ciudadanos, y sus gobiernos deben superar el ojo economicista detrás de la expansión del salmón y escuchar la voz de la comunidad Yagán. La misión es tratar de parar el terrible proceso de colonización que ha vivido el pueblo Yagán a lo largo de su historia y dar la bienvenida a la revitalización indígena del Cabo de Hornos.

El segundo punto tiene que ver con el valor incalculable en términos ecológicos, culturales y económicos del Cabo de Hornos, el que ha sido considerado por la comunidad internacional con la creación de la Reserva de la Biósfera Cabo de Hornos (Unesco). A su vez, Chile ha promovido la creación del área marina protegida del Cabo de Hornos y Diego Ramírez, que recientemente fue promulgada por el Estado chileno.

Incluso, mirado el hecho con lentes económicos, la salmonicultura es una mala decisión, ya datos de investigación turística indican que el 67% de los visitantes posee una percepción negativa de esta industria en Chile.

Entonces, parece que el mejor camino es mantener una coherencia en la toma de decisiones ambientales, es decir, promover la conservación considerando actividades económicas y sociales humanas que no generen impactos ambientales nocivos. Sin embargo, hoy pareciera que estamos dando las llaves del territorio a la industria salmonera, que ha generado una contaminación marina sin precedentes en el sur de Chile.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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