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Beagle: A 40 años de la guerra que no fue

Beagle: A 40 años de la guerra que no fue

por Cristian Leyton

6 de diciembre de 2018

Beagle: A 40 años de la guerra que no fue

Cuando en noviembre de 1978 el llamado Comité Militar argentino se activa de manera permanente, una crisis intraelite comienza a materializarse. La “política de riesgo”, si bien se sostenía en la postura ultradefensiva chilena y de legítima defensa reactiva, definida por declaraciones y actitudes en La Moneda y, también, en las acciones defensivas de sus fuerzas desplegadas en los miles de kilómetros que nos separaban del país vecino, la política del Brinkmanship encontraba un punto de inflexión: ¿cuál sería la reacción de Chile ante una ocupación de las islas Picton, Lennox y Nueva? ¿Una acción bélica argentina, limitada y circunscrita a las islas en disputa, se traduciría en una respuesta de guerra total?

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Este mes de diciembre, se cumplirán 40 años de una de las peores crisis políticas internacionales que ha debido enfrentar Chile durante el siglo pasado, la llamada Crisis del Beagle, que nos enfrentó a Argentina.

Mucho se ha escrito al respecto, sin embargo, poca tinta se ha utilizado para abordar argumentativamente las razones que evitaron la guerra. Las razones que frenaron el tránsito desde retóricas abiertamente hostiles hacia acciones agresivas.

Hipótesis no faltan: la intervención in extremis del Vaticano y, en particular, del Papa Juan Pablo II, quien no deseaba ver a dos pueblos católicos enfrentados; la intervención política de EE.UU. que no quería una conflagración entre dos países en su histórica zona de influencia y en plena Guerra Fría; la división al interior de la misma Junta de Gobierno Militar trasandina, entre “halcones” y “palomas”; el manejo diplomático de Chile y la postura ultradefensiva adoptada por el entonces general Pinochet. Y podríamos seguir…

De esta manera, quedaba claro que el control político de la crisis se mantendría en manos de la Junta argentina, solamente si esta no decidía dar inicio a la conflagración, después de ello, Chile asumía el control de los hechos futuros. Ambos países entraban, sin embargo, en territorio desconocido, más aún para Argentina. En este sentido, la Operación Soberanía, nombre en clave de lo que habría sido el plan de invasión a Chile, se insertaba al interior de este cuestionamiento al considerar una ocupación en escalada de las islas australes, partiendo, en una primera etapa, con Nueva y Hornos, esperando, luego, la reacción, política y militar, de Chile.

La hipótesis de la división al interior del Gobierno Militar argentino (1976-1980), a cuya cabeza se encontraba el teniente general Jorge Videla, el almirante Emilio Massera y el brigadier general Orlando Agosti, es una de las más creíbles, a mi juicio, y es la que nos permite, tal vez, comprender de mejor manera las razones que evitaron una sangrienta guerra.

Richard Leblow, académico de la Universidad John Hopkins, avanzó en 1981 en el concepto de Brinkmanship. Leblow lo describe como aquella practica utilizada en política extranjera, en donde una o ambas partes en conflicto fuerzan su interacción, llevándola a los límites de una confrontación armada, a objeto de alcanzar una postura de fuerza en negociaciones, presentes o futuras. Esta postura se caracterizaría por actitudes, comportamientos, acciones y políticas declaratorias, deliberadamente agresivas, y hostiles, conformando una política de alto riesgo.

Esta política de Brinkmanship hacia Chile, parece haberse constituido, al interior de la Junta de Gobierno Militar argentina, en un instrumento de consenso entre las dos líneas de acción política: la llamada “línea dura” o halcones, y la llamada “línea blanda” o palomas. La línea dura, observaba cualquier política de acomodamiento como una debilidad, mientras que la línea blanda consideraba que la adopción de posturas conciliadoras facilitaba el alcance de objetivos nacionales sin afectar su estatura política internacional, ni la supervivencia del poder político que sustentaban.

Estas dos “visiones” se enmarcaban, en el gobierno militar trasandino, al interior de una crisis “intraelite”, es decir, como resultado de una competencia por el poder y la influencia entre los componentes políticos del mismo gobierno militar, reflejando, producto de ello, un conflicto de naturaleza sociopolítica. Desde esta perspectiva, la Crisis del Beagle no era más que la extensión y la proyección de una crisis interna de poder en el escenario internacional, en este caso, vecinal.

Por esta razón, la política de Brinkmanship se ajustaba a ambos grupos: cumplía el objetivo de ser abiertamente hostil, pero al conocerse la postura ultradefensiva chilena, durante el desarrollo de la crisis, garantizaba, que estas acciones agresivas solo se trasformarían en guerra directa y total si Argentina iniciaba el ataque. Si Argentina así lo decidía. En otras palabras, el riesgo estaba bajo el control total de las acciones y decisiones trasandinas, su escalada y desescalada también. Chile adoptaba la forma de un actor pasivo.

Cuando en noviembre de 1978 el llamado Comité Militar argentino se activa de manera permanente, la crisis intraelite comienza a materializarse. La “política de riesgo”, si bien se sostenía en la postura ultradefensiva chilena y de legítima defensa reactiva, definida por declaraciones y actitudes en La Moneda y, también, en las acciones defensivas de sus fuerzas desplegadas en los miles de kilómetros que nos separaban del país vecino, esta política del Brinkmanship encontraba un punto de inflexión: ¿cuál sería la reacción de Chile ante una ocupación de las islas Picton, Lennox y Nueva? ¿Una acción bélica argentina, limitada y circunscrita a las islas en disputa, se traduciría en una respuesta de guerra total y general chilena?

La respuesta ante estas preguntas claves no era unánime entre los miembros de la Junta Militar trasandina. No existía claridad al interior de esta, más allá de lo señalado expresamente por Pinochet: una agresión marcaría el inicio de una guerra total.

De esta manera, quedaba claro que el control político de la crisis se mantendría en manos de la Junta argentina, solamente si esta no decidía dar inicio a la conflagración, después de ello, Chile asumía el control de los hechos futuros. Ambos países entraban, sin embargo, en territorio desconocido, más aún para Argentina. En este sentido, la Operación Soberanía, nombre en clave de lo que habría sido el plan de invasión a Chile, se insertaba al interior de este cuestionamiento al considerar una ocupación en escalada de las islas australes, partiendo, en una primera etapa, con Nueva y Hornos, esperando, luego, la reacción, política y militar, de Chile.

Bajo esta lógica, la intervención del Papa no solo vino a poner fin a la crisis –en el mediano plazo–, sino que, sobre todo, a poner un término a la política de riesgo adoptada por el régimen argentino. Cuatro años más tarde, la nueva Junta Militar argentina adoptará otra política, ya no de riesgo sino de faits accomplis, hecho que traerá profundas consecuencias para Argentina y, por qué no decirlo, para Chile también.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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