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Crítica a libro “La madre de Eva” de Silvia Ferreri: amar desde la diferencia, pensar hacia la libertad

por Francisco Marín Naritelli

2 marzo, 2019

Crítica a libro “La madre de Eva” de Silvia Ferreri: amar desde la diferencia, pensar hacia la libertad

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“El género no niega las diferencias biológicas entre los sexos, aunque la perspectiva de género nos permita preguntarnos cómo las diferencias biológicas son organizadas y reflexionar sobre la relación entre diferencias biológicas y papeles e identidades sexuales. Esas preguntas ya están siendo hechas en todo el mundo y parece demasiado tarde para silenciarlas. Aquellos que temen esos cuestionamientos, temen nuevas formas sociales de sexualidad, intimidad y familia. Sin embargo, las formas tradicionales pueden convivir con formas no tradicionales y muchas personas viven una combinación de ambas”, Judith Butler.

Asuntos del lenguaje. Él, ella, un, uno, una. Nosotros, nosotras. Con o sin lenguaje inclusivo, a veces nos quedamos estrechos, cómo no, si el lenguaje no tiene nada de inocente y, en cambio, corporiza sistemas culturales. Muchas veces de opresión. Otras, que así sea, de liberación. Trabajar desde el lenguaje es un compromiso, no solo una proyección articulada (sonora, escrita, visual, simbólica, etc.) de la evolución. Y desde ahí la tarea de visibilizar, contar, narrar. El lenguaje como discurso. El lenguaje como acción política. Aquí, entonces, el valor primo de un libro como “La madre de Eva” (Editorial Edicola, 2018) de Silvia Ferreri (Italia), finalista del Premio Strega 2018, y que llegó no hace mucho a las librerías nacionales.

Simple, pero incalculable en los tiempos que corren, es su historia: una madre que acompaña a su hija en una cirugía de readecuación genital. Una hija transgénero que desea que su identidad calce con su cuerpo. Una hija de 18 años que pronto será hijo.

“Estoy aquí, Eva, a tu lado. Estoy sentada en el pasillo frío junto a la sala de operaciones donde estás acostada, desnuda, por última vez muchacha, niña, mujer. No me escuchas ni puedes verme, pero estoy aquí. No te dejo. Prometí que me quedaría hasta el final y aquí estoy. Te he traído hasta el culo del mundo para hacerte desmembrar como a un cordero sacrificial y me quedaré contigo hasta que este sacrificio extremo se cumpla. Hasta que tú no seas más tú y en tu lugar haya una persona nueva” (pág. 11).

La novela de Ferreri construye, desde el campo literario, o sea desde una narración con personajes, diálogos, descripciones, texturas, ambientes, un relato que apela al lector, a sus emociones, que nos invita a ese encuentro, a esa intimidad familiar, que bien podría ser la nuestra, la de nuestros amigos, cercanos, vecinos. Un encuentro que en la vida real podría no darse, o bien, podría negarse desde la creencia, la ignorancia, el ensimismamiento o la intolerancia.

“El nombre que yo te había dado al nacer no era tu nombre verdadero. Tampoco los que recibiste después, los sobrenombres del amor de tu papá: mimí, escobita, ranita. Para borrarlos bastaría un golpe de bisturí y una sentencia del tribunal” (pág. 21).

“¿En qué te convertirás? ¿Cómo será tu voz? ¿Cómo pronunciarás mi nombre? ¿Me giraré  o no reconoceré ese llamado como tuyo? Madre de un hombre tras dieciocho años madre de una mujer. También tendré que reaprender. También yo deberé cambiar y vestirme de una nueva maternidad. Si tú renaces, lo hayo yo también” (pág. 32).

Es interesante cómo evolucionan los personajes en esta novela. En realidad uno. Y no hablamos de Eva, precisamente, sino de su madre, la verdadera protagonista, la narradora, quien no es identificada con su nombre propio, solo en el sustantivo “madre”, como si en este cupieran todos los sinónimos posibles, todas las categorías, las inclusiones y, sobre todo, las exclusiones. El rol de madre como un territorio en disputa, entre un deber ser, un imperativo social, y las emociones a veces contradictorias que siente ella al transcurrir la historia, con su hija, con su decisión, con su operación. Cuestionar un rol es, ante todo, hacerlo visible, humanizándolo. Enfrentarlo a las divergencias, a las tensiones, a los juicios de realidad preconcebidos. ¿Cuáles son los límites del amor, si existen? ¿Cómo se actúa, qué se dice?

“Tampoco conocen mi nombre. Me llaman, simplemente, la madre. Como si fuera un arquetipo, la matriz, la madre de todos, de todas las criaturas, mujeres y hombres puestos a salvo en tierras seguras. Ya no dicen, siquiera, la madre de. Simplemente la madre” (pág. 12).

“Era verdad. Soy el cerco, el muro de cinta, el perímetro dentro del cual se mueven ustedes. Soy la regla, la disciplina, soy la guía. Yo, que habría querido ser solo agua que lleva el mar, soy la tierra firme, el árbol fuerte con las raíces gruesas al que todos se aferran y a cuya sombra descansan y se mueven” (pág. 213).

“Si te lo dijera, no me creerías: cuando supe que estaba embarazada no me puse feliz. Pasé días agarrándome la cabeza preguntándome cómo se hacía para ser mamá” (pág. 22).

“(…) Por mucho que yo te haya amado, sé que no ha sido suficiente” (pág. 164).

Con una narración precisa, rápida y cautivadora, que va entrelazando presente y pasado, toda la trama de hechos que desencadenan el momento definitivo, el procedimiento quirúrgico de Eva; Ferreri acierta en la manera de abordar a esta madre que también es hija, hermana, esposa, con sus luces y sombras, con su propia fantasmagoría familiar a cuestas, que se traslucen, asomándose en cada palabra, cada actitud, cada pensamiento. No es azaroso, por ejemplo, la descripción que realiza la personaje de la situación, de la clínica privada, mientras acompaña a su hija. “Desmembrar”, “cordero sacrificial”, “deshuesar”, “el baile de la transformación”, “el matadero”, “la devastación”, son algunas de las palabras o frases, que denotan el conflicto, el dolor, el cuestionamiento, el aprendizaje, que está ahí, latente.

“Era verdad, dejaba que te vistieras como quisieras, que jugaras con autos y superhéroes, pero en mi mirada había siempre un juicio. Y tú sabías leerlo. Y eso que leías era que no me gustaba (…). Pero lo que sentías era que para mí nada de eso era normal, era contra natura, un castigo, una angustia, una pena que esperaba que terminara lo antes posible” (pág. 145).

“No imaginaba que un día botarías todo mi trabajo, mi cuidadoso proyecto, mi modelo perfecto a la basura. No podía saber que destruirías todo por un cuerpo nuevo. Que un médico que no tenía idea del esfuerzo que había hecho podría comenzar todo de cero. Que en pocas horas, un hombre con una mascarilla en la cara lo haría mejor que yo” (pág. 31).

“(…) Pero yo sentía una falta en alguna parte, un vacío, y solo más tarde entendí por qué. Cuando comprendí que ser amados por los propios padres no es lo mismo que sentirnos amados. El afecto que los adultos dan por descontado, para los niños no es así. Ser amada y oírselos decir hacen la diferencia en la fuerza con la que afrontas el mundo. Oír a tu madre que te dice que te ama y que para ella eres lo más precioso que tienen en el mundo no es igual a suponerlo” (pág. 96).

“Tal vez podamos reconstruir también nuestro pasado. Nos inventaremos uno nuevo, totalmente nuevo. Fingiremos no recordar que naciste mujer. Inventaremos una nueva historia, reconstruiremos las imágenes, retocaremos las fotografías y crearemos un nuevo álbum” (pág. 103).

Otro acierto de la novela es, en términos foucaultianos, poner en relevancia el lugar de la clínica. La racionalidad del saber médico al cual se entregan los cuerpos para su intervención y transformación.

“El pasillo al que dan las salas operatorias es un túnel frío envuelto en neón. Miro hacia el suelo. Veo piernas y pies pasar. Todos llevan los mismos zapatos de goma con gruesos calcetines. La temperatura adentro es aún más baja. Las puertas se abren y se cierran con un botón parecido al de los semáforos. Presionas, entras y la puerta se cierra automáticamente a tus espaldas” (pág. 17).

“(…) estábamos en la más moderna y diabólica máquina para la creación de nuevos seres humanos” (pág. 19).

“(…) Nos lo había explicado también Radovic al presentarnos las varias opciones de nuestro paquete de regalo para evaluar y comparar costos, cantidad de horas en sala operatoria, riesgos vitales” (pág. 124-125).

“¿Cuánto rato ha pasado, Eva? En este lugar no se sabe qué momento del día es. El neón es un sol encendido veinticuatro horas” (pág. 235).

Escritora Silvia Ferreri

Paradójico, la técnica que sirvió para la producción de saberes de la modernidad, hoy al servicio de la microfísica de las identidades.

¿Qué es el ser humano? ¿Cuál es el futuro de la naturaleza humana? Inquietud que ya develaba Jürgen Habermas respecto a la difuminación de las fronteras “entre la naturaleza que somos y la dotación orgánica que nos damos” (2002). Aunque la postura del filósofo alemán parece restringida en varios ámbitos (ante todo, porque habla de la programación genética, o sea la eugenesia y sus implicancias éticas, etc.), cabe la interrogante por el uso de la técnica científica en relación al cuerpo. ¿Cuál es el límite entre el cuerpo como expresión de una subjetividad autónoma y su libertad; y el cuerpo como objeto de consumo, propio del sistema neoliberal que asigna el acceso/ no acceso a prestaciones médicas específicas? El detalle y la singularidad: no es menor el poder adquisitivo de la familia de Eva para posibilitar la intervención, además del viaje desde Italia a un país lejano como Serbia.  

“Entre las prerrogativas de gastar miles de euros en una clínica privada, estaba la ventaja de que mantenían informada incluso de las condiciones meteorológicas” (pág. 52).

Acompaña otra pregunta con insospechadas derivaciones: ¿qué nos diferencia de un cyborg, si acaso ya no lo somos?

Pero volvamos al cauce inicial: el lenguaje, la cultura.

La novela de Ferreri en sus casi 300 páginas construye, desde el campo literario, o sea desde una narración con personajes, diálogos, descripciones, texturas, ambientes, un relato que apela al lector, a sus emociones, que nos invita a ese encuentro, a esa intimidad familiar, que bien podría ser la nuestra, la de nuestros amigos, cercanos, vecinos. Un encuentro que en la vida real podría no darse, o bien, podría negarse desde la creencia, la ignorancia, el ensimismamiento o la intolerancia. Hablar desde la cercanía es crucial porque transforma a ese otro, extraño, distante, en alguien, una persona, con nombre, con rostro, con historia. Hablar desde la cercanía nos obliga a pensarnos, a aceptar nuestras propias diferencias, a someter a juicio los valores inculcados. Es situarnos más allá de nuestro cerco emocional, social, cultural, político, y entender que existe una polifonía de voces y cuerpos, que sienten y que tienen derecho a la palabra. Hablamos de lenguaje. Y ese lenguaje debe ser amplio, convocante. Hablar, contar, como una hiancia en el entramado de relaciones, en las convenciones, en las políticas, en las instituciones. Contar, contarnos es también superar el miedo. Palabra clave: el miedo, porque el miedo, muchas veces, es el sustento de los prejuicios, anquilosados y reproducidos hasta la saciedad.

En definitiva, leer “La madre de Eva” es, más allá de cuestiones literarias, una reflexión sobre el amor, la libertad, la autonomía. La familia. Una reflexión sobre el derecho humano básico de sentir como se quiera sentir, de vivir como se nos plazca. Está claro que no es una tarea sencilla pero sí indispensable, cuando hablamos de respeto, cariño, empatía, y no solo tolerancia.

Silvia Ferreri, La madre de Eva. Ed. Edicola.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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