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Obra “El país sin duelo”: el cuerpo como tema de reflexión

por César Farah

10 enero, 2019

Obra

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La capacidad de revisar la historia a partir de las vidas pequeñas, personales, se ha convertido en un lugar discursivo notoriamente extendido en las puestas en escena del último tiempo. Tal vez sea la necesaria respuesta a la necesidad de constituir un discurso que de cuenta de una postura ideológica frente a nuestra sociedad, desde el arte, pero que al mismo tiempo permita, precisamente, constituir ese discurso en una época donde no parece existir espacio para la épica de grandes movimientos, toda vez que el capitalismo y su brazo cultural, es decir, la posmodernidad, han logrado instalar en la conciencia general el gran relato que afirma, justamente, que los grandes relatos no existen. En este sentido, tal vez se podría pensar que la única verdadera revolución exitosa y permanente es la del capitalismo, a través de la integración de la normalización de la historia, sin lugar a la crítica contingente que permita cambios radicales en las relaciones sociales.

Se observa precisión e inteligencia en este ámbito, en la medida que el trabajo se constituye a partir de la fluidez entre acciones y diálogos, sin excesos externos ni sostenerse innecesariamente en efectos parafernálicos, por el contrario, el montaje acentúa la austeridad, los ritmos, el desgranamiento de una historia a través de los personajes y sus acontecimientos.

“El país sin duelo”, me parece, es un montaje que se encuentra precisamente en esta línea discursiva, proponiendo una lectura sobre la historia de Chile y, particularmente en torno a la dictadura, erigiendo su visión desde historias pequeñas, privadas, que logran resonar en lo público. La historia expone cómo una abuela y una madre vienen a visitar, desde el extranjero, a una hija que está desarrollando una investigación universitaria, sobre la dictadura y la violencia ejercida -específicamente- sobre mujeres en ese periodo y, más precisamente, la violencia de carácter sexual desarrollada como política de estado. A poco andar, los secretos y relaciones de dichas mujeres con ese proceso, va desvelándose y manifestando el horror y las consecuencias, psicológicas y humanas, pero también sociales y políticas, de aquellos sucesos.

Evidentemente, el cuerpo, se abre paso como tema de reflexión en la obra, pero lejos de entrar en el clásico, depurado y políticamente desinfectado discurso de la posmodernidad, la dramaturgia se involucra en este problema como un proceso histórico y con efectos políticos concretos sobre la sociedad contemporánea en nuestro país. En este sentido, la dramaturgia de Cristian Flores (quién también dirige el montaje) emerge desde una visión más existencialista, dando cuenta del problema de la obligación o peso de la libertad, de la responsabilidad sobre las decisiones y la necesidad de comprender que estamos lanzados a un vacío llamado vida, que debemos llenar con nuestros actos, actos de los cuales somos siempre los responsables; de hecho -si mal no recuerdo- la obra cita a Sartre, específicamente a su obra “A puerta cerrada”, al manifestar como el otro, los otros, son el retorno de lo real en nuestras vidas.

En términos dramatúrgicos, el texto está bien construido y se aprecia solidez en el modo de organizar los hechos, de dar vida a los diálogos y de producir personajes bien organizados a partir de las palabras; tal vez, el único problema en este ámbito, pero que no es un problema menor, es cuando los textos comienzan a convertirse en un discurso edificante y pedagógico, precisamente porque sobre escribe y sobre dirige la recepción de los acontecimientos.
En tanto dirección, El trabajo de Flores es consistente también. Se observa precisión e inteligencia en este ámbito, en la medida que el trabajo se constituye a partir de la fluidez entre acciones y diálogos, sin excesos externos ni sostenerse innecesariamente en efectos parafernálicos, por el contrario, el montaje acentúa la austeridad, los ritmos, el desgranamiento de una historia a través de los personajes y sus acontecimientos.

Desde este punto de vista, es importante acotar que la dirección de Flores genera una relación precisa y bien estructurada con el diseño integral de Ricardo Romero; este último, organiza una escena que se juega a una visión atrapante para el público, utilizando diversos recursos que -con preciosismo y pulcritud- comunica el universo de la puesta en escena a partir de los múltiples objetos, iluminación y disposición del espacio.

Las actuaciones son, sin duda, también una parte prolija del trabajo. Tamara Ferreira sostiene su personaje con la fuerza que la caracteriza y modula los diversos aspectos de la historia a través del del uso de muy distintos modos de expresar las emociones que cruzan su proceso. Nury Ortego-Ferré, por su parte, también erige su personaje con diversas tensiones y distensiones que van desarrollando una estructura de conflicto en la que cada una de sus apariciones suma un nuevo proceso a la acción. Finalmente, Carla Casali, también nutre a la escena con múltiples herramientas actorales que dan cuenta, una vez más, de la extraordinaria actriz que es; su trabajo es emotivo, fuerte y, sin duda, comunica una historia con cada parlamento o gesto que expone.

“El país sin duelo” es un montaje sólido en términos actorales, direccionales, dramatúrgicos y de diseño, construye una visión temática sobre nuestra historia pasada, sobre nuestro presente y, por defecto, sobre nuestro futuro; se trata de un montaje que invita a re pensar y re leer la identidad de nuestro país y preguntarnos qué hacer con ella.

Ficha artística

Elenco: Carla Casali Escudero, Tamara Ferreira Cáceres, Marcela Millie Soto
Dirección y dramaturgia: Cristian Flores Rebolledo
Investigación teórica: Katharina Eitner
Codirección: Alfredo Basaure
Diseño integral: Ricardo Romero
Universo sonoro: Felipe Alarcón
Producción general: José Luis Cifuentes
Diseño gráfico: Alejandro Délano
Compañía: Los Barbudos (ex Teatro Errante)

Coordenadas

Horarios: 14, 15 y 16 de enero 22:00 hrs. 17, 19 y 20 de enero 19:00 hrs

Teatro Universidad Mayor, Santo Domingo 711, Metro Bellas Artes.

Valores: $5.000 general. $3.000 estudiantes y tercera edad. $3.000 agrupaciones sociales, comunitarias y feministas.

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