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Obra “Mi hijo sólo camina más lento”: un montaje coral para revisar la idea de la diferencia

por César Farah

1 noviembre, 2018

Obra “Mi hijo sólo camina más lento”: un montaje coral para revisar la idea de la diferencia

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La diferencia, la otredad, el desafío a la construcción de paradigmas tradicionales en torno a la identidad, ha ido convirtiéndose, progresivamente, en un proyecto central de la cultura y el arte, sumergiéndose desde hace tiempo ya, en la centralización de las minorías de distintas clases y de la fragmentación de la sociedad en diversos relatos que categorizan la imposibilidad de un sentido general, de un gran relato que pueda, de alguna manera, explicar o, al menos, articular un sentido general de los procesos históricos. Si bien esto ha entregado la contingencia de obtener voz a aquellos que durante siglos no tuvieron espacio discursivo en la sociedad, también ha constituido un paradigma de fragmentación de la misma, deconstruyendo, tal vez, la posibilidad de grandes movimientos sociales.

En este sentido, “Mi hijo sólo camina más lento” es, precisamente, un ejercicio estético en torno al problema de la diferencia y la deconstrucción de la tradición, en este caso, la desarticulación del concepto de “familia nuclear” en un sentido conservador.

La dirección de Bárbara Ruiz-Tagle, es inteligente, en la medida que organiza las acciones de manera que los personajes se sitúen en el mundo expuesto y que sea a través de los diálogos, reflexiones y sentimientos de estos que, en tanto audiencia, nos internamos en la acción propuesta y, sobre todo, en la actividad emocional y reflexiva que el montaje propone.

El montaje, aunque cuenta con un personaje central, es de carácter bastante coral, de manera que, mucho más que contar las vicisitudes de dicho personaje, desarrolla la historia de la sobrevivencia de una familia, en virtud de sus relaciones internas, complejas, quebradas, con amor y dolor, en una palabra, como suelen ser las familias y busca, desde ese punto de vista, exponer un mundo cotidiano, pero lleno de emocionalidad y profundidad humana. El centro temático, si se quiere, gira en torno al cumpleaños del protagonista, Branko -encarnado por Diego Ruíz- quién está postrado en una silla de ruedas y, de algún modo, cataliza las historias de esta familia.

La dramaturgia de Ivo Martinic busca la cotidianidad como referente de su mundo, dejando deslizar, subrepticiamente, la emoción y el desasosiego existencial a través de los personajes, lo que genera un interesante contrapunto, en la medida que, precisamente, en un mundo cotidiano e incluso tradicional, los personajes se encuentran perdidos, perplejos, sin saber cómo han construido una vida que, tal vez, nunca quisieron o, al menos, no esperaban.

El elenco es extenso (11 en total), precisamente porque, como ya se dijo, la obra se fundamenta en un formato coral, donde los personajes construyen, el total de la puesta en escena. Cabe decir que todas las actuaciones son de alta calidad y que los personajes son trabajados desde la solidez de interpretaciones que buscan comunicar diversos matices y espacios de lo humano. Ana Reeves, en su trabajo es, verdaderamente, una de las fuerzas interpretativas excepcionales de la obra, su actuación nos recuerda que una buena obra de teatro, a veces, pasa por menos y no por más; con la inteligencia escénica y el talento que la caracteriza, construye su personaje desde principios precisos, sin ampulosidades y ni excesos, logrando conmover y dotando a toda la escena de verdad. También resultan especialmente remarcables los trabajos de Diego Ruíz y Alejandra Oviedo, quienes matizan de modos diferentes sus actuaciones. El primero, también, con sencillez y minimalismo, sin por ello dejar de ser efectivo, articula su actuación desde los detalles, desde pequeños gestos o tonos de voz que lo hacen recordable y querible. En una contraposición que funciona muy bien, Alejandra Oviedo desborda escénicamente, se amplia y agranda, en un exceso que es juego escénico que articula un mundo complejo en el carácter que interpreta.

La dirección de Bárbara Ruiz-Tagle, es inteligente, en la medida que organiza las acciones de manera que los personajes se sitúen en el mundo expuesto y que sea a través de los diálogos, reflexiones y sentimientos de estos que, en tanto audiencia, nos internamos en la acción propuesta y, sobre todo, en la actividad emocional y reflexiva que el montaje propone.

“Mi hijo sólo camina más lento” es una obra que sostiene los cánones del teatro burgués del siglo XX con la profundidad de este y la visión reflexiva que convocó en sus mejores tiempos, una obra que tiene sentido, en la medida que articula un espacio de consideración sobre la identidad moderna.

Mi hijo sólo camina más lento

En Teatro Mori Bellavista

Hasta el 1 de diciembre. Jueves y viernes 21:00 hrs, sábado 20:30 hrs

Precios: jueves $8.000, viernes $10.000, sábado $12.000 general

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