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Sábado, 29 de agosto de 2015Actualizado a las 11:29

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El enemigo interno

El enemigo interno
Comienza a notarse demasiado que lo que fue espontaneidad en el pasado ahora es una estratagema. Por otro, las propias dificultades del sistema no hacen viable la prescindencia de los partidos. Siendo clara la fractura, no parece haber otra vía posible que poner parte del capital al servicio de la recuperación de los propios partidos como forma de evitar un colapso y un “que se vayan todos”.

No hay quien abrigue dudas. Michelle Bachelet es la carta presidencial más fuerte de todo el espectro político. Al margen de las críticas que puedan suscitar su anterior gobierno y su figura, buena parte de los chilenos la quiere de vuelta en La Moneda. Ni un elusivo Golborne ni un corrosivo Allamand parecen tener posibilidades de opacarla, mucho menos alguno de los candidatos “alternativos” dentro de la oposición. Sin embargo, cada vez es más claro que es en su propia coalición donde estaría su Talón de Aquiles. La animadversión que ésta genera es inversamente proporcional al vínculo emocional que ella ha logrado con ciertos sectores de la población. Paradójicamente, es contendiendo con la Concertación y, en particular, con sus sectores más conservadores, donde podría estar la médula de una campaña que impida el reproche sistemático por lo que no hizo antes.

Bachelet, aunque parte de la historia del conglomerado, no es producto de las lógicas de su política interna ni figura de poder político dentro del PS. Siendo militante de su propia colectividad desde los 16 años, nunca fue una mujer del aparato o la líder de una tendencia interna capaz de darle un soporte partidario sólido a su gestión. El triunfo de su candidatura representó el fin del ciclo de los “hombres de partido”, todos presidentes o grandes jefes de sus formaciones partidarias. En alguna ocasión, recordándoles su falta de comprensión del espíritu del momento, deslizó la crítica de acerca de la falta de entendimiento acerca de lo que había significado su elección.

Por ahora, la dirección hacia un nuevo proyecto político no resulta evidente y se escuchan con fuerza las voces más conservadoras de la oposición que se niegan a la apertura y a los cambios estructurales, situándose en el límite de la frontera con los lobbistas, los poderes fácticos, la derecha. Son ellos quienes podrían constituir, en esta vuelta, el verdadero rival.

En su anterior gobierno, privilegió la cercanía individual con ciertos personeros y otros grupos novedosos semi-independientes, como Expansiva, en vez de la confianza en las estructuras partidarias, ya desgastadas. Pese a aquello, ya a partir del segundo año de su mandato, frente a una coyuntura compleja, tuvo que apoyarse en las figuras políticas de mayor peso de la Concertación sin poder traspasarle ni su apoyo popular ni la buena evaluación de su gobierno. El capital más preciado de la ex mandataria, llámese carisma, cercanía, credibilidad u otra variable “simbólico-cultural” misteriosa, es individual y poco tiene que ver con la ideología o la gestión de los partidos de quienes la sostienen políticamente.

Poseedora de un capital político propio luego de su paso por la Presidencia y por la ONU, la tentación de tomar distancia de los partidos puede ser ahora más fuerte, pero también resulta menos viable políticamente. Si en 2005 pudo transmitir que la emergencia de su liderazgo poco tenía que ver con las lógicas partidarias internas, en 2013 y con una primaria presidencial de la oposición ad portas, difícil es presentarlo nuevamente de esta manera. Por un lado, comienza a notarse demasiado que lo que fue espontaneidad en el pasado ahora es una estratagema. Por otro, las propias dificultades del sistema no hacen viable la prescindencia de los partidos. Siendo clara la fractura, no parece haber otra vía posible que poner parte del capital al servicio de la recuperación de los propios partidos como forma de evitar un colapso y un “que se vayan todos”. A modo indicativo, según los datos de Latinobarómetro publicados al 2010, 63 % de los chilenos considera que la democracia no puede ser sostenida sin partidos políticos, lo cual nos deja en el séptimo lugar de países que legitiman a los partidos por la funcionalidad que prestan a la democracia. No es menor el hecho que de los movimientos sociales contestatarios emergidos recientemente hayan surgido varios partidos en formación.

Más allá de los contenidos programáticos, que la candidata pretende resolver luego de desarrollar diálogos ciudadanos a lo largo del país, tiene por delante la tarea de convocar a una nueva alianza política, plural, progresista y amplia, capaz de darle la mayoría social y política que planteó como aspiración en su discurso de aterrizaje en El Bosque. Un escenario donde se mantenga la Concertación más el Partido Comunista como invitado ocasional no está a la altura de los cambios que se requieren, arriesgando construir además una alianza inestable y probablemente de corta vida.

El gran desafío es pensar un nuevo diseño político, sumar a la vocación de gobierno contingente una “vocación histórica” de transformación para empujar el carro de los cambios sociales de la mano de quienes ya no aceptan delegar su poder soberano sin condiciones. No puede escapar de este horizonte la idea de una nueva Constitución, aspecto en el que coincidieron las tres candidaturas presidenciales de izquierda y centro-izquierda de la primera vuelta presidencial de 2009, impulsando el debate colectivo pendiente acerca de los principios sobre los que nos gustaría vivir.

Para hacer algo así, la ex Presidenta no puede, ni tomar distancia de sus partidos, ni tampoco integrarlos tal como están. Para hacerse cargo del cambio de ciclo, debe confrontar a los grupos de poder concertacionistas, a los viejos dirigentes acomodados de dudosa imagen y también a los más jóvenes que corren por estos días detrás de cupos, luego de convertirse en clones de sus presidentes de partido. La batalla de Bachelet es contra muchos que desean apoyarla, pero en el inmovilismo. Por ahora, la dirección hacia un nuevo proyecto político no resulta evidente y se escuchan con fuerza las voces más conservadoras de la oposición que se niegan a la apertura y a los cambios estructurales, situándose en el límite de la frontera con los lobbistas, los poderes fácticos, la derecha. Son ellos quienes podrían constituir, en esta vuelta, el verdadero rival.

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