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¿Meritocracia o Ideologicracia?

¿Meritocracia o Ideologicracia?

por Pablo Torche

15 de mayo de 2018

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Ya se ha escrito bastante sobre las limitaciones del concepto de meritocracia como único eje para avanzar hacia una sociedad más justa y equitativa. Uno de los análisis más comprensivos lo realizó Matías Cociña, (http://ciperchile.cl/2013/06/07/cinco-argumentos-contra-la-meritocracia/), quien destaca, entre otros elementos, el carácter contingente del concepto de “mérito” (¿qué es lo que una sociedad va a entender por mérito?), así como las limitaciones del enfoque meritocrático y de “igualdad de oportunidades” para superar efectivamente la desigualdad, tendiendo más bien a reemplazarla por un nuevo tipo de desigualdad. Según Cociña, para enfrentar efectivamente el problema de la pobreza y la desigualdad, lo que se requiere es un enfoque más amplio, que asuma que “una nación es mucho más que una arena de competencias”, y que la conciba en cambio como un “espacio de solidaridades”.

Se trata de advertencias muy relevantes, que no debieran ser soslayadas por el pensamiento de izquierda. En lo personal, tengo la sospecha, casi la convicción, de que una sociedad estrictamente meritocrática sería una sociedad muy desigual, donde terminaría por surgir una nueva clase de “aristocracia”, acaso más excluyente que la actual, de personas muy competentes y capaces (personas con “méritos”) que acumularían una gran cantidad de poder. No se trataría por tanto de una sociedad estructuralmente distinta a la actual, sino similar, pero con nuevo tipo de elite, una elite ahora “purificada” (por decirlo metafóricamente) y legitimada, por esta confusa noción de mérito. Éste es, de hecho, el objetivo profeso que persigue una parte de los columnistas progresistas de hoy, que entronizan la meritocracia como el nuevo eje articulador de la democracia: no una sociedad más abierta e integrada, sino simplemente una en que se reemplace una elite por otra. Demás está decir que son ellos mismos los que aspiran a estar en ese nuevo panteón.

Que no se me malinterprete, en el contexto del Chile actual resulta fundamental avanzar hacia una sociedad más meritocrática, donde las competencias y esfuerzo personal primen por sobre los privilegios, pitutos, amigazgos y redes clienterales. Un enfoque basado en méritos abre una nueva vía de acceso a los beneficios que genera el sistema, y permite superar barreras asociadas al nivel de ingreso, clase social, etnia o color de piel que tradicionalmente han sido muy fuertes en una sociedad que todavía no termina de remecerse de sus lastres neocoloniales.

Lo que resulta preocupante, sin embargo, es que se erija a la meritocracia como la principal fuerza articuladora del cambio social, como si sólo por medio de este mecanismo fuéramos a avanzar hacia la sociedad perfecta. La meritocracia es un criterio más, que es necesario conjugar con otros valores y otros espacios, para pensar una sociedad más democrática y más justa, pero hay que sacarse de la cabeza la idea de que la meritocracia es un fin último, y un principio fundamental para el cambio social.

En un sentido literario se podrían dibujar dos personajes (en una novela serían, tradicionalmente dos hermanos): el mayor de ellos nunca se cuestionó las bases valóricas del modelo, entró a trabajar en una empresa, se motivó desde el principio con las metas de logro, y la obtención de mayores ingresos constituyó siempre el principal, sino único objetivo de su vida. Jamás “perdió el tiempo” en actividades anexas (sociales, políticas, religiosas o artísticas), y de hecho, hasta su vida social la organizaba principalmente en función de hacer contactos y expandir redes. Le parecía lo más natural del mundo esforzarse al máximo porque el banco, retail, isapre o comercio en que trabajaba hiciera cada vez más dinero y estaba dispuesto a trabajar horas extra para lograrlo. De vez en cuando, buscaba aislar a un colega que amenazaba sus pretensiones de ascenso y, desde luego, cumplía sin chistar con los requerimientos del jefe. De hecho en una ocasión en que éste le pidió implementar un sistema levemente reñido con la moral (por el ejemplo, el uso de los datos privados de los clientes para un convenio con otro socio), no tuvo el menor problema en hacerlo. Para la empresa en que trabaja, es un hombre lleno de “méritos”.

Entre los múltiples reparos ya desarrollados para el concepto de meritocracia, quisiera destacar uno en particular, que me parece no se ha enfatizado lo suficiente: se trata del componente ideológico intrínseco en esta noción, que lleva a premiar no sólo a la gente con más méritos y mayor esfuerzo, sino –quizás fundamentalmente–, a la que se pliega de forma más irrestricta a los principios y formas de funcionamiento de la economía de libre mercado. De esta forma, la meritocracia privilegia a las personas que están dispuestas a funcionar según las reglas del sistema, a adoptar lo valores y principios que sustentan una economía de mercado, a hacer suyos los motivadores e incentivos que este sistema promueve, ensalzar su prioridades y adoptar sus prácticas y modos de funcionamiento. En términos muy concretos, la meritocracia favorece a aquellos que valoran los ingresos económicos como el incentivo fundamental para ordenar la vida laboral, y que están por ende dispuestos a esforzarse por alcanzarlos. Requiere también personas que se apropien de los valores como la competencia, productividad y algún grado de individualismo. En un sentido más amplio, la meritocracia incorpora también una anuencia general con la estructura general del capitalismo, es decir, organizar los sistemas productivos fundamentalmente en base a la eficiencia, reducción de costos y, sobre todo, maximización de las utilidades de los dueños de las empresas. Fuera de este esquema de valores básico, no es posible tener “méritos”, porque buena parte de los “méritos” son en verdad la introyección irrestricta (valga la redundancia) de este tipo de sustrato valórico.

En un sentido literario se podrían dibujar dos personajes (en una novela serían, tradicionalmente dos hermanos): el mayor de ellos nunca se cuestionó las bases valóricas del modelo, entró a trabajar en una empresa, se motivó desde el principio con las metas de logro, y la obtención de mayores ingresos constituyó siempre el principal, sino único objetivo de su vida. Jamás “perdió el tiempo” en actividades anexas (sociales, políticas, religiosas o artísticas), y de hecho, hasta su vida social la organizaba principalmente en función de hacer contactos y expandir redes. Le parecía lo más natural del mundo esforzarse al máximo porque el banco, retail, isapre o comercio en que trabajaba hiciera cada vez más dinero y estaba dispuesto a trabajar horas extra para lograrlo. De vez en cuando, buscaba aislar a un colega que amenazaba sus pretensiones de ascenso y, desde luego, cumplía sin chistar con los requerimientos del jefe. De hecho en una ocasión en que éste le pidió implementar un sistema levemente reñido con la moral (por el ejemplo, el uso de los datos privados de los clientes para un convenio con otro socio), no tuvo el menor problema en hacerlo. Para la empresa en que trabaja, es un hombre lleno de “méritos”.

El segundo hermano es su opuesto (estamos exagerando un poco). El dinero nunca le ha interesado demasiado y, por lo mismo, es relativamente inmune al efecto de incentivo que ejercía sobre el mayor. También trabaja en un empresa, pero no logra comprender cómo algunos de sus compañeros (¿los con más méritos?) pueden esforzarse tanto por lo que él considera que es simplemente hacer más rico al dueño de la empresa. Como el trabajo no lo llena por completo, busca habitualmente otro tipo de actividades (solidarias, políticas, artísticas), que ocupan buena parte de su motivación. Además, tiene algunos reparos con los principios que organizan el sistema de mercado. Sería un exceso llamarlos escrúpulos morales, pero a veces lo desconcierta pensar que todo lo que hace es para aumentar las utilidades de un grupo de personas que ya es muy rica, y se sorprende pensando cómo hacer algo para ayudar en vez a los consumidores, o comunidades en que se inserta la empresa. Ingresa a un equipo de “responsabilidad social” de su departamento, pero termina teniendo problemas con el jefe, porque sus propuestas eran demasiado “radicales”, buscaban efectivamente beneficiar a los habitantes de la zona, no simplemente desactivar los posibles conflictos para que la empresa pudiera seguir produciendo al menor costo posible. Este hermano –que tenía mejor rendimiento, y más habilidades que el mayor–, tiene sin embargo menos “méritos”, para la empresa en que trabaja.

Hace un tiempo, en una entrevista sobre liderazgo empresarial, el gerente general de un gran banco señalaba abiertamente que ellos no seleccionaban gente demasiado inteligente, porque solía resultar crítica y problemática, preferían perfiles con un cierto nivel de competencias, pero que sobre todo se ajustaran a la forma de pensar de los gerentes del banco (y del mismo hablante). Este tipo de comentarios no me sorprende en absoluto, de hecho, me extraña que no aparezcan con mayor frecuencia. Aluden al corazón del concepto de meritocracia que tanto cacarean empresas y gerentes y que en el fondo tiene bastante de estilo de vida y marco moral.
La meritocracia es en verdad un concepto funcional a una ideología capitalista, que puede ser útil en ciertos ámbitos productivos circunscritos, pero que es muy problemático como categoría de organización del conjunto de la vida social. No se trata de que la meritocracia seleccione simplemente “esclavos” del sistema, pero sí es cierto que incorpora un alto grado de complicidad con los valores y formas de funcionamiento propios del capitalismo reinante. En otras palabras, la cercanía ideológica, y la falta de cuestionamiento de los sujetos es un componente esencial de sus “méritos” y la meritocracia termina actuando como un parámetro que sirve para dejar en la cima de la pirámide a quienes se ajustan más a estos, y situar más abajo a quienes expresan críticas, o proponen formas alternativas.

Para avanzar efectivamente hacia una sociedad más justa e integrada, es necesario que la sociedad defina y promueva distintas dimensiones de desarrollo humano, y distintas vías de inserción y participación social. Esto sólo se logrará poniéndose de acuerdo sobre los ámbitos de desarrollo y valores que serán relevantes para la vida social. Aquí se incluyen por supuesto la productividad, el bienestar material, pero se comprenden también otros valores y articuladores, el bien común, la ecología, la reflexión crítica, la búsqueda artística, el patrimonio y la identidad histórica, entre otras. De esta forma, una sociedad más sana y justa no es solamente una sociedad más meritocrática, sino una sociedad más democrática, en la cual hay espacio para promover distintas formas de integración y empoderamiento, y no sólo las que refuerzan una ideología que excluye a muchos y que se basa en un noción muy reductiva del ser humano.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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