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¿Cómo quieren en Chile?

¿Cómo quieren en Chile?

por Loreto Jara

17 de abril de 2018

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Somos varias las generaciones que tenemos en la memoria colectiva la imagen campestre y cordial que cantaban Los Quincheros en ‘Si vas para Chile’. Independientemente de nuestro gusto por esa tonada o sus intérpretes, seguramente coincidiremos en que esa imagen de país ya no existe: Las Condes pasó de ser pueblito a una de las comunas más ricas de Chile; esteros y riachuelos son una ecológica nostalgia y, si de amigos forasteros se trata, digamos que ni campesinos ni gente del pueblo salen a recibirlos con el cariño que, dicen, caracterizaba a las apacibles aldeas de antaño.

Nuestro paisaje ha cambiado. También nuestra gente. La migración se ha instalado con fuerza en las calles, en los colegios, en el trabajo, en los medios de comunicación y en la nueva legislación que empieza a discutirse. Es un fenómeno que, si bien no es nuevo, se nos aparece con dimensiones que no nos había tocado observar. Al menos no tan de cerca; quizás no en una expansión territorial tan amplia, tan multicolor o, en algunos casos, de tanta precariedad.

Frente a este cambio, las reacciones son diversas y las formas de querer a la amiga o amigo forastero varían notoriamente según las ideas, experiencias de mundo que tengamos y — hay que decirlo— según el peldaño de la escala social en que nos encontremos. Algunas personas, por ejemplo, puede que ni siquiera se fijen en que la académica que da la charla es española, el ejecutivo del call center colombiano o el bombero de la estación de servicio un haitiano. Otras personas, en cambio, al notar este variopinto paisaje, podrán detenerse a pensar en los índices de empleo, en la seguridad interior, en la chilenidad como un concepto que, por la razón o la fuerza, se debe cultivar y defender.

Hoy por hoy, los barrios populares y las escuelas públicas se están pareciendo más a los pasillos de un aeropuerto internacional que a una gran barra de chilenos de corazón. Nos acomode o no, nos toque convivir con ‘extranjeros’ o ‘migrantes’, el cambio de paisaje es un hecho. Por lo mismo, se hace urgente la necesidad de diálogo, comprensión y, en muchos casos, apoyos para la comunicación y la convivencia, especialmente cuando hablamos del ámbito escolar.

El actual escenario es complejo. Muchos dirán que lo que se necesita es una regulación estricta de este asunto, que la micro está llena y que lo que tenemos alcanza para quienes llegaron primero. Como contrapunto, habrá quienes digamos que la mesa está servida y es hora de sentarse a conversar y repartir bien la torta; quienes pensemos que los derechos no tienen color, idioma ni edad. Que no hay ciudadanías de segunda clase. Que la patria es más grande que las fronteras que la contienen y que, para construirla, tenemos que trabajar en ello, erradicando prejuicios y, ojalá, sacando lo mejor de lo nuestro y queriendo como mejor sabemos hacerlo. Cuál de los caminos tomaremos, es algo que está por verse.

Es en la educación donde se juega la tolerancia, la valoración de la diversidad y el ejercicio de los derechos. Sin herramientas adecuadas, ¿cómo sabremos si la familia haitiana está entendiendo lo que dice la Agenda Escolar? ¿Cómo aprovechará la profesora de Matemática esa forma distinta de multiplicar que tienen los niños dominicanos? ¿Cómo hacer inclusión más allá de diversificar los himnos nacionales que se cantan en los actos? Otra vez, las y los profesores la tienen difícil, y la escuela está necesitando más de un andamio para sostener esta estructura multicolor y plurilingüe.

¿Cómo hacer que la educación sea un espacio de justicia, que brinde oportunidades a estudiantes extranjeros y no les destine a un rezago por sus diferencias culturales e idiomáticas? ¿Cómo hacer que la diversidad aporte a las prácticas pedagógicas? Son desafíos que están convocando cada día a más familias y educadores, y en los que la sociedad civil también tiene mucho que decir. Este año, en Educación 2020 comenzaremos a trabajar en Antofagasta, para levantar propuestas de política pública que fortalezcan los derechos educativos de niños, niñas y jóvenes migrantes.

El actual escenario es complejo. Muchos dirán que lo que se necesita es una regulación estricta de este asunto, que la micro está llena y que lo que tenemos alcanza para quienes llegaron primero. Como contrapunto, habrá quienes digamos que la mesa está servida y es hora de sentarse a conversar y repartir bien la torta; quienes pensemos que los derechos no tienen color, idioma ni edad. Que no hay ciudadanías de segunda clase. Que la patria es más grande que las fronteras que la contienen y que, para construirla, tenemos que trabajar en ello, erradicando prejuicios y, ojalá, sacando lo mejor de lo nuestro y queriendo como mejor sabemos hacerlo. Cuál de los caminos tomaremos, es algo que está por verse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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