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Un mundo intergeneracional: el ocaso de la segregación por edad

por Javiera Sanhueza Ch. y Agniezka Bozanic L.

22 enero, 2018

Un mundo intergeneracional: el ocaso de la segregación por edad

El error más peligroso que cometen las naciones es poner en la misma balanza las necesidades de los jóvenes y aquellas de los mayores. Ante recursos insuficientes, las políticas públicas priorizan estrategias a favor de los jóvenes. “No vale la pena gastar en aquellas personas que tienen tan pocos años por delante”, sostiene el discurso. Esto, al igual que otros atropellos a los derechos humanos, es inaceptable desde una perspectiva ética. El edadismo es igual de inaceptable que el sexismo o el racismo, no hay luchas más apremiantes que otras.

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No es un secreto. Vivimos en un mundo que envejece a pasos agigantados. Este fenómeno mundial afecta directamente a nuestro país, el cual se estima será el país más envejecido del Cono Sur para el año 2050, con la esperanza de vida más alta de Latinoamérica. Por lo tanto, el tema del envejecimiento poblacional será un tema insoslayable en los próximos años.

En este contexto se desarrolló la séptima versión del Congreso del Futuro, instancia de divulgación científica en la que tuvimos el placer de escuchar a Ashton Applewhite, escritora, activista a favor de las personas mayores y en contra de la discriminación por edad, quien en la sesión número 19 titulada “Cómo discriminamos”, el pasado miércoles 18 de enero compartió escenario con dos expertas en discriminación y feminismo: la chilena Claudia Matus y la argentina Diana Maffía.

La carrera de Applewhite se inició recientemente: en 1997 publicó un libro que desmitifica la realidad de las mujeres divorciadas y desde el 2007 bloguea sobre el envejecimiento y la discriminación por edad. Entre 2015 y 2016 fue reconocida por el New York Times, la National Public Radio y la American Society on Aging como experta en cuestiones de edad; su nombre fue incluido en la lista de las 100 mujeres inspiradoras comprometidas con el cambio social (junto a personalidades como Angelina Jolie o Elizabeth Warren), y fue la “influencer” del año en el tema de envejecimiento. La gran proeza de Ashton es sacar estos temas de los despachos de los académicos y las grandes instituciones para hacerlos llegar a las páginas de los medios que consume la gente común, por ejemplo, escribiendo en Harper's, Playboy y New York Times.

This Chair Rocks: A Manifesto Against Ageism, su libro más reciente, tiene apenas poco más de un año desde su publicación. Ashton se vio en la obligación de autoeditarlo, pues ningún editor quiso embarcarse en la travesía: ¿quién compraría un libro de una temática desconocida? A pesar de esto, la venta de su libro va por buen camino. Se lo encuentra en inglés e italiano, lamentablemente aún sin una propuesta formal de traducción al español. Mientras, los hispanohablantes nos podemos deleitar con su charla TED “Lets end ageism” (2017), que está con subtítulos. En 11,38 minutos, Applewhite entrega un discurso inspirador que resuena en un mundo donde el discurso cada vez está más abierto a terminar con la discriminación, pero que en la práctica pareciera estar todavía muy lejos de lograr dicha meta.

¿Cuánto hemos avanzado realmente en la construcción de una sociedad inclusiva, donde todas las voces sean escuchadas, incluso las de aquellas personas invisibilizadas y discriminadas como lo son las personas mayores?

Ashton, en sus 15 minutos de exposición, nos introduce en qué es el edadismo. Comienza hablándonos del concepto de edadismo (“ageism”) que, en vez de “viejismo”, permite ocuparnos de todos los tipos de discriminación por edad, incluyendo la que sufren los jóvenes (“eres demasiado joven o demasiado viejo para hacer esto”). En una sociedad que se diferencia de acuerdo a la categoría “edad”, se define a las personas mayores como el grupo que no posee las cualidades necesarias para ser parte de, por lo tanto, se les discrimina.

Esta técnica milenaria es aprendida, de manera que es un hábito el cual es posible “desaprender”. En este sentido, no es raro que en ocasiones los más grandes edadistas sean precisamente las mismas personas mayores, aquellas que han aprendido y reforzado esta forma de entender el mundo. Luego, este envejecimiento lleno de prejuicios y mitos funciona como una profecía autocumplida: el estereotipo se convierte en realidad.

La discriminación entonces es extendida. “Nosotros que no somos ellos”. El punto es que el “nosotros” sí seremos ellos, en unos años más. La vejez es nuestro “yo futuro”. Este fenómeno es crítico porque precisamente alimenta la negación del envejecimiento: nadie quiere ser viejo, nadie quiere verse ni sentirse viejo. Tanto así, que se ha llegado a promover que “envejecer bien” es igual a “envejecer viéndose joven” y esto es especialmente fuerte cuando se trata de las mujeres, quienes, al enfrentar una doble discriminación (por ser mujer y por ser mayor), compiten entre ellas, frente a los hombres, por quién se ve más joven. Es así como transiciones naturales de todo ser humano se convierten en barreras, y entonces envejecer se hace cada vez más difícil.

La discriminación, entonces, es extendida. “Nosotros que no somos ellos”. El punto es que el “nosotros” sí seremos ellos en unos años más. La vejez es nuestro “yo futuro”. Este fenómeno es crítico porque precisamente alimenta la negación del envejecimiento: nadie quiere ser viejo, nadie quiere verse ni sentirse viejo. Tanto así, que se ha llegado a promover que “envejecer bien” es igual a “envejecer viéndose joven”, y esto es especialmente fuerte cuando se trata de las mujeres, quienes, al enfrentar una doble discriminación (por ser mujer y por ser mayor), compiten entre ellas, frente a los hombres, por quién se ve más joven. Es así como transiciones naturales de todo ser humano se convierten en barreras, y entonces envejecer se hace cada vez más difícil.

La experiencia de envejecer no es desagradable en sí misma, aunque sea una etapa natural del ciclo vital, sino que se vuelve desagradable a causa del edadismo. Esto afecta directamente la salud de las personas. Por ejemplo, hay estudios que señalan que las personas que tienen interiorizados los estereotipos edadistas viven siete años menos que quienes viven su vejez de una forma positiva.

Applewhite menciona que el error más peligroso que cometen las naciones es poner en la misma balanza las necesidades de los jóvenes y aquellas de los mayores. Ante recursos insuficientes, las políticas públicas priorizan estrategias a favor de los jóvenes. “No vale la pena gastar en aquellas personas que tienen tan pocos años por delante”, sostiene el discurso. Esto, al igual que otros atropellos a los derechos humanos, es inaceptable desde una perspectiva ética. El edadismo es igual de inaceptable que el sexismo o el racismo, no hay luchas más apremiantes que otras. En resumen, la segregación por edad nos divide como comunidad y la propuesta de Ashton es que logremos un mundo intergeneracional, un mundo donde sea común tener amigos diez años mayores o diez años menores, un mundo mucho mejor.

El mundo que vivimos fue creado en una época donde lo común era tener una vejez breve. Pero hoy ser longevo no es equivalente a tener garantizado el derecho a vivir la vejez como se estime conveniente. Ashton nos invita a imaginar y construir ese mundo con la alegría de saber que está en nuestras manos hacer un cambio positivo por el bien de todos, de luchar contra el edadismo. Porque envejecer es vivir.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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