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El Frente Amplio y su decisión en segunda vuelta: la oportunidad aún vigente de presionar por más democracia

El Frente Amplio y su decisión en segunda vuelta: la oportunidad  aún vigente de presionar por más democracia

por Antonio García

7 de diciembre de 2017

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El mecanismo de la segunda vuelta presidencial tiene algunos defectos para el desarrollo democrático; en primer lugar, tiende a rigidizar la división entre ligas políticas mayores y menores, fortaleciendo la mantención de “duopolios” lo cual potencialmente desincentiva la confianza en el voto como factor de cambio.

En la misma línea y como lo hemos visto desde su creación en Chile, el sistema tiende a contener el debate libre y abierto en primera vuelta, debido a la presión que significa para las fuerzas “menores” la exigencia por parte de los medios de expresar un posicionamiento temprano respecto de las fuerzas “mayores”, el cual por lógica, evaden.  Sin embargo, cuando una tercera fuerza logra irrumpir y posicionarse en una posición favorable respecto de los ganadores, la segunda vuelta se constituye en una oportunidad para proyectar alianzas políticas en el futuro gobierno.

En ese sentido, la segunda vuelta se sitúa cómo un símil (ciertamente precario) de los acuerdos que facilitan la construcción de gobierno entre alianzas diversas en el régimen parlamentario. Es lo que potencialmente, podría ocurrir en Chile luego de la elección del 17 de noviembre. El Frente Amplio logró irrumpir y consolidarse como una fuerza parlamentaria significativa y necesaria para que un hipotético gobierno de la Nueva Mayoría logre sacar adelante sus proyectos de ley.

En ese escenario, las  bases de la nueva coalición llevaron adelante un debate sobre la posición más adecuada a asumir en este nuevo contexto, en virtud de su creciente poder e influencia. Como resultado, primó la posición que promovía un rechazo a la derecha sin llamado explícito a votar por el candidato Guiller, a lo que se agregó el llamado al mismo candidato, sin nombrarlo, para que asumiera un conjunto de demandas que el programa del Frente Amplio ha privilegiado.

Si bien se saluda el haber logrado acordar una posición común frente a la contienda, desafío nada fácil, la modalidad que adquirió la postura final atenta contra la posibilidad de haber convertido al Frente Amplio en una coalición protagónica e incidente en el espacio de la segunda vuelta.  Es cierto que los movimientos y partidos que lo componen no son “dueños de los votos” pero esto no implica evadir la responsabilidad respecto de fijar una posición clara en la disyuntiva política a la que el país se enfrenta.

El llamado a los votantes a hacerlo en función de su  “análisis” y proceso de reflexión individual,  constituye una violenta contradicción con la identidad de la nueva coalición, centrada en la búsqueda de una repolitización de lo social, sustentada en una apuesta por proyectos colectivos.  Al mismo tiempo el Frente Amplio interpela a la Nueva Mayoría a  comprometerse con mayor convicción con un nuevo sistema de pensiones, una educación pública fuerte y una mayor democratización política y económica.

Resulta a primera vista consistente con las banderas levantadas en estos meses por la coalición, pero la generalidad del llamado, en la práctica, deja el diálogo entre ambas coaliciones en punto muerto. Se trata de un llamado desmovilizador, reafirmado por las declaraciones de los dirigentes que han insistido una y otra vez que “la pelota está en la cancha” de la Nueva Mayoría. El Frente Amplio pierde así la oportunidad de transformar a la segunda vuelta en un periodo de movilización social por sus demandas, un período de presión a la Nueva Mayoría para que esta se transforme en una real alternativa al retroceso que implica la derecha.

Si bien se saluda el haber logrado acordar una posición común frente a la contienda, desafío nada fácil, la modalidad que adquirió la postura final atenta contra la posibilidad de haber convertido al Frente Amplio en una coalición protagónica e incidente en el espacio de la segunda vuelta.  Es cierto que los movimientos y partidos que lo componen no son “dueños de los votos” pero esto no implica evadir la responsabilidad respecto de fijar una posición clara en la disyuntiva política a la que el país se enfrenta.

Para ello, se debió proponer un conjunto de demandas específicas, abordables en la actual disputa electoral, que permitieran sentar las bases de una alianza parlamentaria con la Nueva Mayoría, en un futuro gobierno. Los elementos de la agenda económica, si bien urgentes y prioritarios, no eran más indicados para confluir con la coalición en el gobierno, los cálculos presupuestarios resultan imposibles de congeniar, el tiempo para resolverlos es breve y los miedos a afectar el modelo económico arrecian en la vieja coalición.

La agenda democratizadora, un elemento central en el ideario del Frente Amplio, sí tenía en cambio en esta oportunidad un campo de acción abierto para avanzar. El Frente Amplio podría haber convocado al candidato Guillier y al mayor número de parlamentarios que lo respaldan a un compromiso con una agenda que incluyera aspectos como la elaboración de una nueva constitución mediante asamblea constituyente, la rebaja del sueldo de los parlamentarios, el límite a la reelección indefinida de todas las autoridades, la rebaja de la edad de habilitación para votar a los 16 años, la entrega de mayores facilidades para votar a los chilenos en el extranjero y la promoción de la participación de indígenas y mujeres en los cargos de representación.

En la misma dirección, la segunda vuelta constituía una oportunidad valiosa para impulsar medidas de separación del poder del dinero respecto de la política, como la derogación de la vergonzosa prescripción de los delitos de financiamiento de la política a los dos años y otras medidas propuesta por la comisión Engel que no lograron avanzar en el escenario de un parlamento copado por las dos grandes coaliciones. En términos electorales, esta opción contaba con importantes ventajas.

En primer lugar, apelaba directamente a los principios que dieron origen de la concertación-nueva mayoría, por lo que pueden generar un efecto movilizador en su electorado histórico. Se trata además de causas “populares” y sentidas, especialmente si afectan los privilegios de los que gozan parlamentarios y otras autoridades democráticamente elegidas. Figuras importantes de la Nueva Mayoría  que han triunfado en las últimas elecciones, como Maya Fernández, Isabel Allende o Ximena Rincón, se han manifestado explícitamente a favor de la Asamblea Constituyente.

Otros que han resistido estos cambios como Andrés Zaldívar y Camilo Escalona, fueron claramente derrotados. Además, la extensión y profundización de las medidas que separan dinero y política marcan una distancia clara con la figura del candidato opositor, debilitándolo en su carrera a la moneda. Se hubiese proyectado así la oportunidad de establecer una agenda común entre coaliciones gobiernistas y de oposición, aportando positivamente a sentar las bases de acuerdos futuros en otras áreas, contrarrestando el enorme poder parlamentario con el que cuenta la derecha, después de esta elección.

Para el Frente Amplio implicaba la oportunidad de instalar con fuerza y frente a la ciudadanía un elemento central de su ideario político, un conjunto de principios que buscan avanzar hacia una distribución del poder más equitativa y una ciudadanía más participativa, base para cambios sociales y económicos de fondo. Para la Nueva Mayoría en tanto implicaba la oportunidad de ganar la elección reactivando a su electorado y diferenciándose claramente de la derecha y su candidato. Tomando en cuenta que el escenario de confluencias y encuentros entre ambas fuerzas está aún abierto, es de esperar que de uno y otro lado surjan liderazgos  dispuestos a hacer suya esta posta.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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