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El factor “político” en la desigualdad global

El factor “político” en la desigualdad global

por Boris Yopo H.

13 de octubre de 2017

Continuamente, para abordar el tema de la desigualdad, se omite el componente “político”, que hace que algunos países sean mucho más desiguales que otros, no obstante tener índices similares de riqueza y desarrollo. Diversos estudios, cientistas políticos y sociólogos han demostrado que “la política” sí incide en las desigualdades, cuando a través del “lobby oculto”, el financiamiento de campañas y la puerta giratoria (donde altos funcionarios públicos pasan después a empresas relacionadas), grupos poderosos consiguen que se legisle a favor de sus intereses.

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El Foro Económico Mundial en su informe sobre “Riesgos Globales”, y otros organismos como el Banco Mundial, el FMI y el PNUD, han alertado en estos últimos años sobre una creciente desigualdad económica global, que describen como un factor altamente desestabilizador que amenaza con “dar vuelta los avances conseguidos con la globalización, y provocar la emergencia de una nueva clase de estados críticamente frágiles”.

Como lo indica un reciente artículo de The Economist, varios de estos organismos, aunque muy reticentes en el pasado, están ahora recomendando un aumento de impuestos a los sectores más ricos, como una forma de abordar un tema explosivo, y que explica (en parte) el resurgimiento de movimientos ultranacionalistas y xenófobos, sobre todo en el mundo desarrollado.

Y es que, cuando se ven las cifras, la brecha es simplemente escandalosa. Los Angeles Times constataba, por ejemplo, que los seis herederos de Waltmart  tienen más riqueza acumulada que todo el 30% más pobre de Estados Unidos. Y otras estadísticas muestran que hoy un puñado de megamillonarios tiene más riqueza que el 50% más pobre de todo el planeta.

En nuestro país, el 1% más rico concentra más del 30% de la renta nacional, mientras la inmensa mayoría vive con ingresos inferiores a 400 mil pesos. Frente a lo anterior, sectores conservadores, y muchos empresarios y tecnócratas ligados a ellos, sostienen que la solución es asegurar un crecimiento sostenido y elevar la calidad de la fuerza de trabajo (a través de un salto cualitativo en el sistema educacional).

Por cierto que estas son condiciones necesarias para abordar el problema, pero en este análisis se omite (convenientemente) el componente “político”, que hace que algunos países sean mucho más desiguales que otros, no obstante tener índices similares de riqueza y desarrollo. Así, diversos estudios, cientistas políticos y sociólogos han demostrado que “la política” sí incide en las desigualdades, cuando a través del “lobby oculto”, el financiamiento de campañas y la puerta giratoria (donde altos funcionarios públicos pasan después a empresas relacionadas), grupos poderosos consiguen que se legisle a favor de sus intereses.

Paul Pierson y Jacob Hacker, por ejemplo, muestran –en un libro publicado hace algunos años– cómo en Estados Unidos el poder político en Washington hizo “más ricos a los ricos y le dio la espalda a la clase media” al modificar la regulación financiera y laboral, además de la impositiva, a favor de los empresarios.

En Europa, poderosos partidos socialdemócratas, de izquierda, socialcristianos progresistas y sindicatos fuertes, hicieron posible lo anterior. Porque en definitiva, no hay que ser ingenuos, en las grandes y trascendentes decisiones que toma un país, lo que al final pesa más es el “poder relativo” de los distintos actores sociales y su capacidad de incidir en los procesos donde se acuerdan políticas que siempre tendrán beneficios y costos diferenciales. Lo demás, como dijo el Presidente Lagos (refiriéndose a otra materia), es “simplemente música”.

Por otra parte, cuando se compara a Alemania o los países nórdicos de Europa con Estados Unidos (que son países igualmente ricos), podemos ver que los primeros tienen sociedades más inclusivas, menos desiguales y con derechos garantizados para todos sus ciudadanos. ¿Cuál es la diferencia ?: en estos países hay un Estado con fuertes capacidades regulatorias (pero compatible y facilitador también del emprendimiento privado), sindicatos y sociedades civiles altamente organizadas, hay acuerdos más simétricos entre gobierno-empresarios y trabajadores, hay una tributación a la riqueza y a las grandes empresas muy superior a los países con economías neoliberales, y hay una educación “pública” y otros servicios esenciales, virtualmente gratuitos y de alta calidad para todos. Ciertamente todo esto cuesta, pero hay una decisión política en cuanto a que, los que más tienen, deben hacer un aporte permanente muy superior al que hoy realizan estos mismos sectores en Estados Unidos, o en nuestro país.

Por último, como un recurso de “autopreservación”, nuestro 1% más rico y sus protectores políticos deberían considerar lo señalado por The Economist en un reportaje sobre este tema: que a los países con mayor diferencia de ingresos, les va peor en todos los indicadores sociales, incluyendo más criminalidad y anomia social, salud y expectativas de vida. Entonces, cuando se hable sobre este tema, hay que contar la historia completa, pues ello permitirá hacer una opción de largo plazo sobre el verdadero debate que debe haber: en qué tipo de sociedad se quiere vivir, y qué están dispuestos a hacer aquellos que se han beneficiado más con el desarrollo alcanzado en estos años.

Raramente en la historia los cambios que llevan a tener sociedades más inclusivas se han hecho sin la resistencia de élites que temen perder el poder y prerrogativas que han mantenido por largo tiempo. Ha sido después de grandes guerras mundiales, o en períodos de recesión económica global y los riesgos revolucionarios que ello conlleva, cuando se han podido pactar acuerdos que implican beneficios económicos permanentes y garantizados para las grandes mayorías (el “New Deal” del Presidente Roosevelt en los años 30 del siglo pasado o el Estado de Bienestar Europeo al finalizar la Segunda Guerra Mundial). Y en democracia también es posible, pero ello depende de una “correlación de fuerzas” que sea favorable al establecimiento de políticas que garanticen una mayor igualdad social.

En Europa, poderosos partidos socialdemócratas, de izquierda, socialcristianos progresistas y sindicatos fuertes, hicieron posible lo anterior. Porque en definitiva, no hay que ser ingenuos, en las grandes y trascendentes decisiones que toma un país, lo que al final pesa más es el “poder relativo” de los distintos actores sociales y su capacidad de incidir en los procesos donde se acuerdan políticas que siempre tendrán beneficios y costos diferenciales. Lo demás, como dijo el Presidente Lagos (refiriéndose a otra materia), es “simplemente música”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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