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Quijotadas

Quijotadas

por Joana Bonet

8 de octubre de 2017

o de Catalunya ha sido una quijotada”, escucho en la calle. Y pienso en la perversión del término, y en la extensión de su uso peyorativo. Como Simon Leys denunciaba en su iluminador Breviario de saberes inútiles (Acantilado), hoy se tilda de quijote a quien resulta “irremediablemente ingenuo e idealista”, “ridículamente carente de sentido práctico” y está de antemano “condenado al fracaso”.

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Don Quijote ha sido más querido por su locura que por la propia batalla contra los gigantes. El hecho de recobrar la cordura antes de morir resulta una celebración de la sensatez, aunque también representa una condenada pesadumbre, pues el desvarío quijotesco lograba sacudirse el polvo de la derrota y revertirla. Quijo­tismo significa en verdad reunir valor para luchar por causas perdidas –pero necesarias– sin darle importancia a lo que piensen los demás, e incluso al resultado de tal combate. Consiste asimismo en interrogarse acerca de lo que verda­deramente significa el sentido común y si este aporta siempre la respuesta correcta. “Cervantes detalló una vida que celebra la resistencia fútil a un mundo corrupto. El Quijote luchaba contra gigantes porque no podía dejar de hacerlo sin que le remordiera la conciencia”, afirmaba a este respecto Mariana Alessandri en The New York Times.

“Lo de Catalunya ha sido una quijotada”, escucho en la calle. Y pienso en la perversión del término, y en la extensión de su uso peyorativo. Como Simon Leys denunciaba en su iluminador Breviario de saberes inútiles (Acantilado), hoy se tilda de quijote a quien resulta “irremediablemente ingenuo e idealista”, “ridículamente carente de sentido práctico” y está de antemano “condenado al fracaso”. Nada de valientes y corajudos, los modernos quijotes son más bien dementes, irresponsables, y, en el mejor de los casos, gente que pisa el acelerador a contracorriente.

No vivimos tiempos en los que se abracen causas perdidas. Todo lo que se toca es para ganar o prosperar. En las zonas bien de Madrid lucen banderas españolas en los balcones. Con sus vecinos resulta imposible hablar de la cuestión catalana: repiten a pies juntillas el discurso del PP, dentro del cual no anida ninguna solución. Entre los socialdemócratas, artistas y colegas, todos coinciden en una palabra para expresar lo que sienten: tristeza. Dicen querer y admirar a Catalunya. En realidad se refieren a Barcelona y a la Costa Brava, poco más; desconocen la Catalunya interior, la vida en tierras de secano, con los depósitos de agua congelados en invierno. También que la brecha de ninis rurales, que clonan el patrón de los jóvenes de las ciudades dormitorio catalanas, donde el desarraigo ha calado en la identidad y en la autoestima, es cada vez más grande.

Hubo muchos quijotes que salieron a la calle el día del referéndum acuciados por un deber moral, el de actuar según les dictaban sus ideales. Y tan cierto es que la legalidad constitucional enmarca la convivencia democrática –aunque debiera ponerse al día tras casi cuarenta años de servicio–, como que quienes únicamente se parapetan en ese discurso inmovilista pretende inútilmente convertir a los quijotes catalanes en meros Sanchos Panza.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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