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Repensando Becas Chile

Repensando Becas Chile

por Francisco del Río

17 de julio de 2017

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De acuerdo con la Ley de Presupuestos 2017, los fondos asignados al Programa de Becas Chile, destinados a financiar postgrados en el extranjero, ascendió a $51.9 billones de pesos para aproximadamente 2.100 becarios de doctorado y magíster simultáneos (mientras que la totalidad del programa Becas Conicyt asciende $87.7 billones de pesos). Esto es en promedio un desembolso anual de aproximadamente $24.7 millones de pesos por becario. Por otro lado, el presupuesto para el Servicio Nacional de Menores (Sename) es de $180.9 billones de pesos para un alcance de 150 mil niños, es decir, aproximadamente $1,2 millones por niño (notar además que esto está financiando toda la burocracia del SENAME, mientras que el primero son principalmente aportes directos a los becarios).  Si bien los problemas del SENAME no son sólo de recursos, en un país de gran desigualdad, estamos invirtiendo cerca de 20 veces más en postgrados en el extranjero para gente que ya fue a la universidad que en niños y jóvenes en extrema vulnerabilidad social.

¿Están bien nuestras prioridades?

Aclarar que no es mi intención cuestionar el mérito de los becarios o el valor que ello tiene como proyecto personal o (en casos individuales) su contribución a la sociedad; sino a su racionalidad como política pública a nivel agregado bajo su estructura actual; en un contexto donde uno de los principales desafíos del país sigue siendo la desigualdad y que mantiene grandes retos en materia de educación.

El problema de equidad es mayor cuando revisamos a quienes estamos financiado. Según los mismos datos a nivel de magister, en 2014 el 58% de los becarios provenían de la Pontificia Universidad Católica y Universidad de Chile, cuyos egresados ya lideran la mayoría de los rankings de remuneraciones y que estudios muestran provienen principalmente de sectores de mayores ingresos. En la misma línea, entre 2008 y 2014, el 61% de los becarios de magister provenía de colegios particulares pagados y sólo 16% de colegios públicos. Al mismo tiempo, el 70% de los becarios cursaron estudios en Ciencias Sociales (e.g. negocios, derecho, periodismo) y Humanidades, mientras que sólo un 21% en áreas de Ciencias Naturales, Ingeniería y Tecnología (si bien aumenta a 36% a nivel de Doctorado), donde hay mayor escasez de expertos en Chile.

Por otro lado, existen casos donde un grupo familiar ha obtenido hasta tres o más becas distintas de postgrado en el extranjero. Por ejemplo, el costo promedio de un magister en el Reino Unido (destino más recurrente de los becarios de magister) es de £22.000 incluyendo costo de vida y aproximadamente £58.000 en caso de un doctorado. En consecuencia, tomando el caso de familias que han ganado dos becas de magister y una de doctorado, el monto total financiado ascendería a unos £102.000 ($88 millones de pesos chilenos).

Para ponerlo en perspectiva, en un país donde de acuerdo con la encuesta CASEN 2015 el 50% de los hogares tiene un ingreso autónomo per cápita mensual menor a $200.000 pesos, le estamos entregando a algunos hogares de mayores recursos el equivalente a recibir por 35 años este ingreso.

Lo anterior, además, con un retorno social cuestionable, con ninguna exigencia de retribución para el becario más que volver a su país y una medición de “impacto” que parece no ir más allá del número de graduados. Esto no quiere decir no exista un impacto positivo, sino que no tenemos información pública para evaluar. Por ejemplo, cuantos van al sector público y privado, continúan en la academia e investigación (compartiendo su conocimiento) y/o emprenden (generando crecimiento y empleo).  Esto contrasta, por ejemplo, con las becas para especialidades médicas, que exigen trabajar una cantidad de años igual al doble de la duración de la beca (generalmente 6 años) en el sector público o incluso los egresados de derecho, que tienen que hacer 6 meses de práctica en la Corporación de Asistencia Judicial (sin remuneración).

Si bien los problemas del Sename no son sólo de recursos, en un país de gran desigualdad, estamos invirtiendo cerca de 20 veces más en postgrados en el extranjero para gente que ya fue a la universidad que en niños y jóvenes en extrema vulnerabilidad social.

Esto, en un contexto donde, si bien Chile ha avanzado hacia cobertura escolar universal, aún queda mucho que progresar en términos de calidad y cobertura preescolar. La prueba PISA 2015 situó a los alumnos chilenos por debajo del promedio OCDE en todas las áreas de medición (i.e. ciencias naturales, matemáticas y lectura). Por otro lado, sólo el 44% de los niños de 3 años asiste al jardín o sala de cuna, por debajo del promedio OCDE de 70%.

Considero importante otorgar becas para cursar postgrados en el extranjero, pero en un mundo de recursos escasos y carencias básicas insatisfechas, considero debería racionalizarse el uso de los mismos, privilegiando a alumnos provenientes de familias de bajos recursos, poniéndole mayores condiciones y límites, midiendo mejor sus resultados, coordinando mejor con otros programas públicos (e.g. CORFO Capital Semilla, Startup Chile) y focalizando los esfuerzos en aquellas áreas del conocimiento que el país tenga como objetivo estratégico potenciar (asumiendo alguna vez se definen). Por último, se podría privilegiar aún más las becas para estudios de postgrado en universidades chilenas, lo cual es menos costoso, potenciaría nuestras universidades y daría una oportunidad a quienes estudiaron en el exterior de compartir sus conocimientos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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