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A propósito de una película de Ingmar Bergman (detrás de un vidrio oscuro)

A propósito de una película de Ingmar Bergman (detrás de un vidrio oscuro)

por Fernando Mires

28 de junio de 2017

Así es exactamente: la realidad-real, la verdad-verdadera. El problema es que a veces el vidrio oscuro o el espejo bergmaniano están trizados. Allí penetran de pronto otras luces, otros ruidos, otras voces. Y no son de nosotros.

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Fue imposible no reír cuando recibí la caricatura que me envió, no sin su cuota de malicia, un estimado amigo.

No voy a exigir rigurosidad filosófica al limpiador de vidrios: sería el mejor modo de echar a perder el chiste. Además, y a su modo, hay cierta fidelidad a Platón. Si no al Platón filosófico por lo menos al Platón adecentado, censurado, apto para ser citado sin que sea descubierto el inmenso fondo trágico que se esconde en la alegoría de la caverna en donde la realidad aparente y la realidad real no están separadas por ningún vidrio sino por un ascenso y un descenso a través de nosotros mismos. Y las gradas de la caverna no son por cierto las de la caverna sino las del pensamiento: Es el pensamiento que nos lleva al espíritu que culmina en el tiempo total del Ser absoluto.

De acuerdo a Platón, cuando nos acercamos a la luz de la verdad no vemos a la realidad. Simplemente enceguecemos. Así sucedió al platónico judío-griego-romano Saulus de Tarso en su camino a Damasco, cuando anunciándose otra realidad -la del cielo de Jesús- cayó una luz llameante frente a él. Después de haber recibido la llama (el llamado) de la luz, Saulus estuvo tres días sin ver ni decir nada (enloqueció). Cuando recuperó la vista ya no era el mismo: Saulus había muerto y en su lugar había nacido Paulus: San Pablo.

Interesante en todo caso es destacar que para muchos griegos, Heráclito antes que nadie, el principio y el fin del universo se encontraban en el fuego. En ese sentido Platón no era platónico sino heraclitiano. Eso quiere decir que el fuego, al ser fuego, sólo permite que lo veamos desde nuestras tinieblas, o detrás de un vidrio oscuro como ocurre en la caricatura.

“Detrás de un vidrio oscuro” es también el título traducido al español de una siempre enigmática película de Ingmar Bergman, una no alejada –así lo veo hoy- del drama platónico. “Detrás de un vidrio oscuro” es a su vez la primera película de una trilogía. La segunda es “Los Comulgantes” y la tercera “El Silencio”

El vidrio oscuro, si seguimos a Platón a través de la caverna, somos nosotros mismos. Esa es la razón por la cual el título original que dio Bergman a su película fue “Como en un espejo”. Eso quiere decir que a través del espejo vemos una realidad que es la de nosotros reflejados en su espejo. De este modo la traducción al español de la película de Bergman es infeliz y a la vez feliz. Es infeliz porque contradice las intenciones de Bergman. Es feliz, porque así es como miramos a (y vivimos en) la realidad: a través de un vidrio oscuro en el cual, por lo menos en parte, nos reflejamos. También es feliz porque la función del vidrio oscuro es protegernos de la luz del sol, una luz que en todo caso es mucho más pálida que la de Heráclito, Platón y  Saulus.

A través de nuestros sentidos -nuestro vidrio oscuro- percibimos la realidad que a la vez no es la que está fuera de nuestros sentidos sino la que –paradoja de la condición humana- está en y dentro de nuestros propios sentidos. Por lo tanto los sentidos no nos revelan la realidad, sino todo lo contrario: nos protegen de la realidad. Eso significa que más allá de la realidad de nuestros sentidos existe la realidad de otros sentidos que no son los nuestros. Los ojos del lince ven otra realidad, los oídos del perro escuchan otra realidad, y el vuelo de la mariposa cruza otra realidad.

Si viéramos la desintegración de los neutrones en nuestro cuerpo; si escucháramos el ruido estridente de la rotación de los planetas; si palpáramos la materia que se disuelve en la nada; si paladeáramos a las bacterias, y si oliéramos a los cadáveres que yacen bajo tierra, nadie podría seguir viviendo. Gracias a nuestros sentidos vivimos nuestra realidad la que al estar subsumida en otra realidad es sólo una sub-realidad. Eso quiere decir que la realidad es y será siempre sub-realista (surrealista). El surrealismo es, por lo mismo, simple arte imitativo ¿Se entiende entonces por qué digo que nuestros sentidos son nuestro vidrio oscuro y que el vidrio oscuro no es más que la imagen de nosotros mismos (espejo) en nuestra propia realidad?

Sobre cada realidad hay otra realidad. Y quizás, por sobre todas las sobre-realidades existe una realidad no alcanzable por ningún sentido y luego, una realidad sin sentido, la que al no tener sentido es la realidad verdadera: la del fuego que nadie puede ver sin enceguecer; la de la llama a la que nadie puede acercarse sin morir. “Lo real” dice Lacan. Así es exactamente: la realidad-real, la verdad-verdadera. El problema es que a veces el vidrio oscuro o el espejo bergmaniano están trizados. Allí penetran de pronto otras luces, otros ruidos, otras voces. Y no son de nosotros.

En la película de Bergman (1961) mas no en la caricatura, Karin, la personaje principal, una joven que viene saliendo de una clínica psiquiátrica, siente la voz de Dios. Ella, a través del vidrio trizado que separa su realidad con “la otra”, sigue el mandato de la voz de Dios. No puede por tanto llevar una vida “normal”. En su realidad, la del más acá, se han filtrado luces  y voces que vienen del “más allá”.

Cuando vi por primera vez  “A través de un vidrio oscuro”  -en ese tiempo yo era muy joven- no había leído todavía a Kierkegaard. La segunda vez que la vi, ya había leído al menos el “Tratado de la Desesperación” de Kierkegaard, texto –supe después- que influyó mucho al pensamiento cinematográfico de Bergman. Así logré sospechar lo siguiente: Karin no escuchaba la voz de Dios porque estaba loca sino al escuchar la voz de Dios (o su simple eco) cayó en la locura. Tesis inadmisible para toda psicología, por supuesto. Pero Bergman no era psicólogo. Yo tampoco.

El vidrio oscuro de la caricatura no está, sin embargo, trizado. Eso permitió al limpiador transformar la tragedia de Bergman en un buen chiste. En cierta medida el limpiador de vidrios hizo lo que hacemos todos nosotros: los “normales”. Él, Homo Faber y Homo Ludens al mismo tiempo, puso simplemente su espíritu al servicio de “su hacer”. O como diría Freud, al servicio del principio de realidad. Lo que no dijo Freud fue a cual realidad él se refería. Lacan –al fin psiquiatra y no teólogo- intuyó a “la otra”.

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