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Inclusión versus maquillaje

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Señor Director:

En Chile existen casi tres millones de personas con discapacidad. De estas, el 60% se encuentra inactiva laboralmente. Buscando hacerse cargo de ese tema, el Gobierno está impulsando la Ley de Cuotas que obliga a los organismos públicos civiles y militares, y a las grandes empresas privadas, a reservar una cuota mínima del 1% para personas con discapacidad. El pasado miércoles 17 fue aprobado en comisión mixta y con unanimidad este proyecto de ley, por lo que se espera que dentro de poco ya sea parte de la legislación vigente. Pero, aún no hay certeza de si éste incorpora la derogación inmediata del artículo 16 de la ley 18.600, que dice que a las personas con discapacidad mental se les puede pagar menos del sueldo mínimo, ya que al parecer se propone que sea gradual. Esto podría parecer suficiente, pero para quienes trabajamos en cercanía con el mundo de la discapacidad sabemos que es recién un atisbo a lo que realmente en nuestro país se necesita, y que leyes como esta no tendrán el real efecto que se espera si como sociedad no rompemos paradigmas y hacemos un cambio de mentalidad respecto a una real inclusión.

Contratar a una persona con discapacidad para trabajar en una organización por cumplir no es inclusión, es maquillaje. Inventar funciones, encasillarlos en lo que nosotros creemos es perfecto para ellos, pagarles mal o siempre darles cargos de mano de obra no calificada, no exigirles como a cualquier trabajador, creer que son héroes sólo por querer trabajar. Todo esto, que es parte de la mentalidad chilena que como Fundación hemos identificado, no hace la diferencia, sino que la profundiza.

Para lo que estamos trabajando es para que este sea un match perfecto entre los requerimientos de la empresa, las necesidades del cargo, la accesibilidad del espacio de trabajo y la organización, y el real talento de la persona. Sus habilidades, competencias y el tipo de discapacidad que es factible para todo eso mencionado anteriormente. Tiene que ser tanto un aporte para la organización, como para la persona, cosa que se sienta desafiada profesionalmente, eso es verdadera inclusión.

La invitación es a que reflexionemos desde el nada de nosotros, sin nosotros. No pensemos en lo que una persona con discapacidad puede necesitar o esperar en términos de inclusión. Hablemos con ellos, pensemos desde su discapacidad. Para construir una rampa o crear protocolos de accesibilidad, pensemos en cómo una persona sorda o ciega quiere ser acogida. No sacamos nada con tener una rampa construida, por ejemplo, si todo lo demás es inaccesible para una persona con discapacidad. No sirve el maquillaje, como sociedad debemos trabajar por la inclusión, la real, la que proviene desde una filosofía de vida que ve y recibe a todas las personas como personas, sin etiquetas ni estereotipos y, por sobre todo, entendiendo que el que seamos diferentes es un valor para nuestra sociedad. Las leyes ayudan, claro está, pero el cambio verdadero viene desde adentro y no depende del gobierno de turno, de la sociedad civil o de las empresas, depende de que cada uno de nosotros estemos dispuestos a querer confiar en el otro, ver la oportunidad, a educarnos en estas materias, a ser empáticos. En definitiva, a vernos como lo que somos todos, personas.

María José Escudero, Fundadora y Directora Ejecutiva de Fundación Ronda

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