Capítulo 12: No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, me pasó por caliente - El Mostrador

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Historias de sábanas

Capítulo 12: No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, me pasó por caliente

por Conti Constanzo

17 septiembre, 2017

Capítulo 12: No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, me pasó por caliente

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Carmen podría ser la perfecta hermana mayor, con cuidado me despierta, incluso me regala un vaso de agua. Juntas nos vamos a desayunar, durante la mañana tenemos un coaching y por la tarde actividades al aire libre, al menos así dice nuestro programa.

Antes de llegar al comedor nos encontramos con Raúl que me cuenta que anoche le costó dormir, que extrañaba a su mujer y que la cama se le hizo enorme, su confesión me produce tal gesto de ternura que lo abrazo como abrazaba a mi hermano cuando se peleaba con su actual señora, así entramos, hasta que de pronto nuestros ojos se encuentran en la barra del buffet, ¡Dios! Ese hombre que tanto odio me encanta, hasta podría decir que se ve más joven con un jeans y claro, la polera institucional de pique y esa carita sin afeitar. Pero dejo mirarlo a penas escucho la risa de ella.

-Perdón por llegar tarde, Mauri.

«¡Mauri! ¡Ni que fuera fleto! », pienso con odio, y cuando la miro bien, la envidia, y no de la sana me corroen, la polera que lleva puesta debe ser dos tallas más pequeña, se le aprieta al cuerpo perfectamente dejando ver toda su voluptuosidad, en cambio la mía me queda las mismas dos tallas, pero más grande, si me la saco del pantalón me llega a la mitad del muslo.

-¿Quieres que te traiga café, Bea?-me pregunta el solicito de Raúl, niego con la cabeza y como soy arrebatada camino decidida directo donde ellos.

-Buen día -es todo lo que digo por respeto, pero “Mauri” me ignora y solo tiene ojos para…ella, que se gira con y con esa maravillosa sonrisa me saluda.

-Buen día, señorita Andrade. ¿Durmió bien? Tiene ojeras -comenta la muy pe…desgraciada.

-El sonido del río no me dejo dormir muy bien -miento descaradamente, estoy segura que en la otra vida fui hija de Gepetto, porque estoy como Pinocho.

-¿En serio? -dice haciéndose la asombrada y mirando a “Mauri” continúa-, nosotros no sentimos nada, ¿verdad?

Él, la mira sonríe y responde:

-Y eso que tu habitación da al lado del río.

¡Da al río! Escuché, ¡da al río! Y no me hace falta entender más porque es el cabrón quien le entrega una taza de café y a mi…simplemente me ignora, en tanto “esa” sonríe como una verdadera idiota.

Tomo mi taza, y un pocillo con piñas y me vuelvo a la mesa, para espectadora no estoy.

Casi nada me cabe por la garganta, es que en cosa de dos segundos he desarrollado un oído biónico, y solo escucho sus risas, y para más remate, se ríe lindo.

Varios minutos después veo como salen y el señor Costabal al abrirle la puerta pone su mano en su espalda y ella, por supuesto se deja hacer. Y supongo que también deshacer.

Inhalo y exhalo para calmarme, porque estoy segura que la rabia me tiene roja como un tomate, pero antes de que grite fuera de mí, Carmen nos apremia para que terminemos.

Mientras avanzamos a la sala de reuniones pienso en todo lo que me dijo Fran, y daría hasta lo que no tengo por estar con ella ahora, seguro sabría qué tengo que hacer, porque aunque me gustaría negarlo estoy sintiendo unos celos que antes jamás había sentido, y menos pensado que tenía.

Soy una idiota, él es un idiota y ella también lo es, pero la que se lleva el premiado soy yo. Pero si él espera que le haga alguna escenita de celos que espere sentado, no lo he hecho en mi vida, menos lo voy a hacer ahora, weona solo hasta las doce, ¡pero del día anterior!

Cuando ingresamos al salón nos reciben regalándonos una libreta y un lápiz, el mismo que me han dado ganas de enterrarle a al señor Costabal que está riendo, y digo riendo, cosa que no lo había escuchado jamás, junto a todos los jefes y a ella.

Justo cuando me voy a sentar al lado de Raúl, se escucha:

-Señorita Andrade, siéntese aquí adelante, así no se distrae, no estamos en el colegio, perdón, en el liceo.

¡Hdp! Y no me importa insultar a su madre, porque lo que acaba de hacer es ponerme la “pata” encima, pero yo no me voy a callar.

-Y por lo mismo, señor Costabal, debería poder elegir donde sentarme.

Con frialdad, y la máscara puesta lo miro y asiento positivamente, me giro hacia atrás, donde están mis compañeros más cercanos y con risa les digo:

-Ya saben chicos, si se portan mal, se van fuera de la sala.

Ellos no dicen nada, jamás nadie se sale de madre con Costabal, pero que se joda él y todos los que están en el salón.

Y así, con los jefes delante de nosotros comienza la charla motivacional, es María José la que habla durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, nos habla de lo importante que es el desarrollo humano, de la lealtad entre compañeros, del desarrollo personal y de un sinfín de cosas más que yo no escucho, porque mi mente divaga lejos en tanto voy dibujando pelotitas ordenadas en mi libreta. Cuando acaba de hablar todos, pero todos sin excepción la aplauden a rabiar, pero se les bajan los decibeles de inmediato apenas comienza el diablo a hablar; por supuesto, serio, cortante y directo al grano, él nos habla de las metas cumplidas y de lo que tenemos que lograr, gráfico tras gráfico pasan por la pantalla y me veo obligada a dejar de dibujar cuando se oscurece el salón para que el proyector se vea mejor.

Cuando termina también lo aplauden y el gran jefazo, con el que tengo más feeleng, ya que fue justamente el quien me entrevistó y me dio esta oportunidad de trabajo sin tener ninguna experiencia empieza a hablar, y a él, por respeto lo escucho atentamente, tanto así que se me pasa volando el tiempo, y cuando su conferencia llega a su fin lo aplaudo a rabiar, él lo único que ha hecho ha sido elogiarnos sin pedir nada a cambio.

Las luces se encienden y varios mozos ingresan con bandejas con comida y bebida, y es el momento en que aprovecho para acercarme al jefazo, felicitarle y agradecerle personalmente. Le estrecho la mano protocolarmente, y él que es como mi abuelo por la edad que tiene me estrecha en un abrazo fraterno.

-He visto tus informes, Beatriz, creo que si continuas así en pocos meses podrías llevar algunas de cuentas de clientes tu sola.

-¡En serio! -pregunto más alto y alegre de lo normal.

-Quieres quedarte sacando ivas y declaraciones de renta para siempre, ¿o quieres jugar en las ligas mayores en mi departamento y evaluar proyectos de inversión?

Ni siquiera lo pienso.

-Por supuesto las ligas mayores.

-Yo creo, Sebastián -se entromete el señor Costabal con su tono de siempre-, que Beatriz aún no está preparada. Le falta poder de análisis.

-Pero hombre -le da un golpecito en la espalda-, todos los informes que he leído de ella son correctos, además tiene muy buena llegada con los clientes, pero claro si tú lo dudas.

-Sí, lo dudo. Le falta control.

Mis ojos se van directo a los de Costabal que en menos de dos segundos se está echando mi carrera profesional a la par con que se ha echado mi vida personal.

-Eso lo podemos arreglar, de aquí a fin de año se verán los nuevo cargos -dice condescendiente, yo creo para subirme la moral-, y sí creo que estás preparada, te vienes a mi departamento, chiquilla.

-Gracias, señor Prats.

Dicho eso me retiro junto a mis compañeros y acepto el primer café, que daría cualquier cosa porque fuera algo más fuerte, pero como no lo hay, me tomo otro más.

Juro que me cuesta respirar, siento una opresión en el pecho que tiene nombre apellido y sobre nombre. Cuando el break pasa, nos volvemos a sentar y ahora entra una conocida mujer que da charlas motivacionales, incluso a escrito libros. Me encantaría que Claudia, que la admira por sobre todas las cosas estuviera aquí.

La mujer es total, realmente increíble, me hace olvidar de todo con una serie de ejemplos cotidianos de la vida, nos hace interactuar a todos y así como si no costara nada nos compenetramos completamente y conformamos un grupo unido de personas.

La primera sonrisa honesta me sale del alma escuchándola, y sí, creo que a veces uno se ahoga en un vaso de agua.

Al fin termina todo y nos vamos a almorzar, pero ahora todo está preparado en una mesa estilo “té club”  en donde nadie tiene poder sobre otro, esa es la idea, al menos así nos han dicho.

El almuerzo transcurre casi con total tranquilidad, eso porque justo en frente mío se ha sentado el señor Costabal y su rémora.

Cuando llega el postre nos dicen que está todo dispuesto para que en un rato más hagamos rafting, todos aplauden, excepto mi amigo Raúl. No le pregunto nada pero no lo veo entusiasmado.

Justo a la hora indicada todos nos reunimos en la orilla del río ya con nuestros trajes puestos en donde casi parecemos prietas y yo siento que me estoy asfixiando. Me acerco a Raúl.

-¿Por qué esa cara?

-Por nada -me responde nervioso.

-Vamos, Raúl, sé que algo sucede, dime que es, somos amigos.

Tras unos segundos de silencio suspira y me explica:

-No sé nadar.

-¡Qué! -chillo, no porque no sepa, sino que porque se va a lanzar al río a hacer rafting y hay una alta probabilidad de que esas cosas de goma se den vuelta.

-No grites -me regaña-, no quiero que nadie se entere.

-No te preocupes, pero no puedes hacer la actividad.

-Claro que la haré.

-Pero es…

-Nada, ¿tú sabes nadar?

-Nadar así tipo Michael Fhelps no, pero se nadar mejor que a lo perrito.

-Perfecto, entonces serás mi salvavidas si pasa algo -me dice serio, demasiado nervioso para mi gusto, y para distenderlo me hago la chistosa.

-Para ser la Pamela Anderson me falta de aquí -rio haciéndole un gesto con las manos, y justo cuando sé que se va a reír aparece a mi lado mi peor pesadilla, y doble.

Mis manos automáticamente se bajan, pero me queda claro por su cara que ha visto todo el gesto, claro, aunque no debería importarle tanto, la pechugona que lo está acompañando lleva el traje abierto hasta la cintura dejando ver todo y más, en cambio yo lo tengo cerrado hasta el cuello, ¿para algo existe la imaginación no?

-¿Qué estás haciendo? -susurra bajito en mi oreja.

-Nada que le interese, señor Costabal.

-Me interesa si se está exhibiendo como un trozo de carne que se vende en el supermercado.

Como estamos solos y sé que nadie nos puede escuchar, ya que Raúl fue a ayudar a Carmen con no sé qué, me acerco y le digo:

-El trozo de carne se lo regalo a quien yo quiero, usted vaya a comer filete, aunque claro, seguro será más plástico que otra cosa -dicho eso me doy la vuelta y me marcho dejándolo con la palabra en la boca. Sé que se me pasó la mano, pero juro que lo necesitaba, el ahogo me iba a matar si me lo guardaba.

Arreglándome el pelo en una cola alta estoy cuando ante todos nosotros aparece un hombre, ¡pero qué hombre! Con el traje hasta la cintura y todo un six-pack ante nosotros, no hace falta que se presente para saber quién es, el monumento que tengo en frente es nada más y nada menos que un ex chico de realitys extremos que además es oriundo de esta zona y un experto instructor de deportes aventuras. ¡Si fuera un monito animado estaría babeando!

-Buenas tardes -se presenta-, mi nombre es Pablo y seré su instructor. ¿Algún voluntario para enseñarles a ponerse esto? -pregunta levantando el salvavidas. Y antes de que termine doy un paso adelante sin siquiera levantar la mano.

Él sonríe y me alienta como voluntaria, en tanto sin verlo se quién me está fulminando con la mirada. Y así con ese simple acto me convierto en la “modelo extrema” Pablo nos da instrucciones de cómo usar el chaleco, de cómo remar y los conocimientos básicas para lo que vamos a realizar. Veinte minutos después estoy asfixiándome con el chaleco, y ya estamos preparados para subirnos a los botes. Me acerco a Raúl que ya no está tan compungido, pero tranquilo tampoco está.

-Escuchaste bien las instrucciones, ¿tienes alguna duda?

-Las entendí todas, pero no quiero ir ni atrás ni adelante.

-No hay problema –lo tranquilizo desabrochándome al fin el chaleco-, iremos al medio.

-Gracias.

Nos dividimos en dos botes de siete plazas cada uno, y obvio elijo en la que no irá el odioso de Costabal. Y justo, para mi mala suerte me toca con el chico reality, incluso estoy tentada en pedirle una foto solo para presumirle a mis amigas.

-Pensé que irías adelante -me dice con una sonrisa que en otro minuto me derretiría. Como dicen las españolas, ¡para bajar bragas! Pero las mías están pegadas con cola, porque ni se despegan, en cambio por otro, uf, se caen solas al suelo. ¿Qué injusta es la vida, verdad?

-No, le prometí a Raúl que iríamos al medio.

-Está bien -dice con un movimiento de hombros que le mueve hasta los oblicuos y mis ojos se van directo a ellos-. Eso sí, abróchate el chaleco.

Con la mano le hago un gesto y me pongo al lado de Raúl, me abrocho el casco y me preocupo de todas las reglas de seguridad en mi amigo, que ahora está como decimos con las chicas, “con un palo en el culo”, ¡ni se mueve!

-Chicos no se preocupen, el rafting que practicaremos hoy será sin caídas, pero como uno nunca sabe que nos depara el destino, sigan todo lo que ya les he dicho y estará todo bien.

Dicho eso empuja el bote al agua y de un salto se pone en la parte trasera y comienza llevarnos. Ambos botes van al mismo tiempo e inevitablemente mis ojos se van para el lado y veo como “esa” está agarrada del brazo del Sr Costabal y ni siquiera nos hemos separado un metro, así que decido no volver a mirar y centrarme en esta aventura.

A medida que nos adentramos más el bote se bambolea, a la primera caída todos saltamos y coreamos ¡wow! Aunque fue poco siento que volamos.

Los instructores, que además son primos sonríen y hacen un gesto levantando los remos, luego de eso nos chocamos moviéndonos todavía más. La adrenalina se siente, se respira ¡y se vive! Los primeros rápidos que enfrentamos nos ladean de un lado a otro, Raúl va totalmente afirmado de las cuerdas, a penas rema, así que yo lo hago con él. De pronto algo sucede y frente a nosotros aparecen unos remolinos, sé por el tono de Pablo que no se lo esperaban.

-¡Afírmense y no suelten el remo!

Los primeros en enfrentarlos son los chicos que van adelante y con expectación y porque no decirlo también un poco de miedo vemos como bajan y la corriente los envuelve, incluso los perdemos de vista con el salto y Pablo se pasa raudo por sobre nosotros para ver que tal salieron de la caída, segundos después el primo grita “¡sin novedad!” Y como si fuera una especie de código levanta el remo tres veces, con ese simple gesto Pablo se relaja un poco y dice:

-¡Vamos por la acción! Recuerden no soltar el remo y afirmarse bien, ¿estamos listos?

Todos gritamos ¡sí! Excepto Raúl que se ha quedado paralizado a mi lado y eso me preocupa.

-Raúl, Raúl, ¿estás bien?

-No puedo, Bea, no puedo -tartamudea y me toma la mano libre fuertemente. No alcanzo a reaccionar cuando siento el limbo de la caída y es como si todo pasara ahora en cámara lenta. Creo que vuelo y que mis pies no se afirman de nada, Raúl al sentirlo me suelta para afirmarse y yo quedo literalmente en el aire, cuando el bote toca el agua se balancea hacia el lado y yo al no estar afirmada de nada pierdo el equilibrio yéndome en dirección contraria. Sé que estoy cayendo cuando veo la cara de espanto de Raúl, lo siguiente que siento es como el agua me traga y la fuerza centrífuga de la corriente me arrastra hacia el fondo en forma de remolino, suelto el remo para bracear a la superficie, y cuando muevo el brazo el chaleco que no tengo abrochado se sale de mi cuerpo y no hay nada que haga que flote.

Pataleo desesperada pero sigo en la misma posición, intento tranquilizarme, pero me está costando horrores, abro la boca y creo que me tomo la mitad del río, hecho la cabeza hacia atrás y me doy de lleno con una roca en la cabeza, ya no estoy tranquila y mi corazón está a punto de reventarse. Justo cuando aprieto los ojos y rezo después de no sé cuántos años siento que me algo me jala de un brazo y me tironea hacia la superficie, cuando lo logro doy la primera bocanada de aire para inflar mis pulmones, pero no pasan ni dos segundos cuando de nuevo y ahora ambos somos arrastrados hacia abajo, Pablo me rodea con ambos brazos y siento la presión de todos sus músculos, hasta que no sé cómo en un nuevo impulso salimos expedidos hacia arriba, y esta vez casi la mitad de nuestros cuerpos flotan ya en aguas más calmas.

Pablo me quita el pelo de la frente y pone su mano en mi nuca, al sacarla veo una arruguita en su cara que me indica que no todo está bien.

-No te quedes callado -le apremio, y antes de que me pueda responder siento nuevamente que una fuerza extraña me gira y como estoy sin fuerzas me vuelvo a hundir, pero esta vez mi pelo es el que sufre las consecuencias, ya que ahora me jalan de ahí, pero esta vez lo primero que veo son los ojos de Mauricio, que me miran como nunca antes lo habían hecho, y esta vez temo de verdad.

-No ha sido mi culpa -gimoteo intentando zafarme, de su mirada y de su odio, pero lo único que consigo es que me agarre más fuerte del brazo, haciéndome daño.

-¿¡Dónde mierda está el maldito chaleco!?

-Yo, eh…

-Tranquila -me dice Pablo, también tratando de separarme, pero es imposible, y lo más increíble es que todo esto es mientras flotamos en el agua y yo lo único que quiero es volver a subirme al bote.

Mis compañeros al ver que estoy bien aplauden y yo solo escucho la voz de Raúl que me pide disculpas, pero entre estos dos titanes que además les sobresalen la mitad de los hombros yo no puedo ver nada.

En un movimiento diferente siento que empezamos a avanzar hacia la orilla, cuando mis pies tocan la tierra se me doblan las rodillas y me voy de sopetón al suelo, si no es por la rápida maniobra de Pablo que además pasa mi brazo por su cuellos no podría moverme.

Me sienta en una roca, y yo empiezo a toser expulsando toneladas de agua, ¡y turbia!

-¡Sigan río abajo! -grita Pablo a su primo-, señor, ¿quiere que le acerque el bote para que vaya con ellos? –le pregunta a Mauricio.

-No, quédate -pido, ruego o no sé qué, pero cuando lo miro me arrepiento al instante.

Mi súper héroe, mira al río, le hace un gesto al otro instructor y los de mi bote se pasan al otro, y siguen avanzando.

Pablo se agacha para ver cómo estoy, “si mareada”, “si respiro o que se yo”, en cambio el señor Costabal se queda de pie y de brazos cruzados, demostrando lo gran cabrón que es. No hace nada, e inevitablemente pienso en las palabras de Fran, “siempre ha sido un cabrón, incluso con su mujer lo fue”

Dejo de mirarlo, aunque eso me tranquilizaba, pero prefiero centrarme en Pablo y en lo que me está pidiendo. Lentamente me baja el cierre del traje y ya siento que puedo respirar mejor, me lo deja a la altura de los hombros y mira la parte de atrás de mi cabeza.

-Es un corte pequeño, ni siquiera necesitarás puntos, solo te quedará un poco hinchado.

-Lamento mucho que la actividad se haya arruinado por el poco tino de la señorita Andrade, y que tú te hayas vito en la obligación de ayudarla -le habla serio y molesto Mauricio a Pablo-, pero no te preocupes, será sancionada como corresponde.

Mi primer intento es levantar la cabeza, pero al hacerlo tan rápido siento que me mareo y vuelvo a la posición original y ahora sí que el cabrón se digna a hincarse y es él con su propia mano el que levanta mi barbilla.

-Realmente no sé qué tienes en la cabeza, ¡nada! Esa es la respuesta, solo a una loca como tú se le ocurre no abrocharse el único medio de seguridad -gruñe tan fuerte que hasta siento como Pablo se pone a mi lado en forma de protección-. Inconsciente, pendeja de mierda, eso es lo que eres.

-Mauricio… -susurro asombrada.

-Cero sentido de la responsabilidad, y ni si quiera se te ocurra llorar porque yo mimo me voy a encargar que sean lágrimas de verdad, y sí lo dudas, es que no me conoces Beatriz Andrade.

-Eh hombre -lo para Pablo, pero para Mauricio como si no existiera y continúa:

-Dime en qué mierda estabas pensando, ¿querías llamar la atención? ¡Respóndeme!

-Mauricio, estoy bien -le digo intentando bajar sus revoluciones, no porque quiera ser condescendiente, sino porque de verdad está alterado.

-Me importa una mierda lo que me digas y…

-¡Alto! —lo detiene el chico reality poniéndose ahora frente a mí. Veo como Mauricio aprieta los puños, los suelta y estira los dedos un par de veces, luego, se da media vuelta y se va.

La primera lágrima, no sé si de impotencia, o de pena caen al suelo, Pablo se agacha y en un acto amable me abraza, intento no llorar pero un sollozo se me escapa de igual modo, y él amoroso acaricia mi espalda como si nos conociéramos de toda la vida.

Capaz y cuando uno sufre una experiencia extrema crea este vínculo con su salvador, no sé si esa es la razón, pero la agradezco, necesito reconfortarme y él lo está logrando.

-No porque sea tu jefe tiene que tratarte así. No puede decirte cosas como esas -me dice acariciando mis brazos para que entren en calor, estoy helada.

-Lo sé, el problema es que no me lo dijo como mi jefe, él…

-¡Entonces menos derecho tiene! -exclama-, no puedes aguantarle una cosa así. ¿Sabes cómo se llama eso?

-Lo sé, es que estaba nervioso, de verdad no es así.

-Mira, escucha, sé que no te conozco de nada, pero en mi puedes confiar, si él te agrede…

-¡No! -lo corto porque se está haciendo una idea totalmente errada-, Mauricio jamás me ha puesto una mano encima -«al menos no como crees»-, estaba nervioso, solo eso.

-Nervioso, permíteme dudarlo.

Niego con la cabeza, pero tampoco puedo revelar su secreto, al menos no completamente.

-Hace poco sufrió un accidente, por eso su reacción, te lo juro -prometo agarrándole las manos, él me mira y sonríe.

-Tendré que confiar en ti entonces, ¿verdad?

-No te queda de otra -le devuelvo la sonrisa y me pongo de pie ya mucho más reestablecida.

Luego de ser inspeccionada completamente, y cuando digo completamente es en forma literal lentamente comenzamos a caminar, a los pocos minutos ya estoy y me siento bien. Hablar con Pablo me resulta demasiado fácil, es como si lo conociera de toda la vida, y bueno tanto verlo en la tv hace eso.

Cuando llegamos al recinto mis compañeros me aplauden y el primero en llegar a abrazarme y pedirme cien veces perdón es Raúl, que realmente esta apenado, en cambio cuando el señor Costabal me ve, se va, y con eso su rémora personal también.

¡Vaya jefa de recursos humanos que tenemos!

Enseguida aparece don Agustín que me pregunta un par de veces si me lleva a la clínica, tras negarme las mismas veces se queda tranquilo, y me exime de todas las actividades hasta mañana. Lo que sí quiero hacer es irme a descansar un rato, y soy escoltada por Pablo y Raúl.

Cuando llegamos a la habitación les digo:

-Se vería feo si los hago entrar a los dos a mi habitación, ¡imagínense que podrían pensar! Mínimo que estaríamos haciendo una orgia.

-¡Bea! -chilla Raúl asombrado, en cambio Pablo solo sonríe de medio lado.

-Estoy de acuerdo, una orgia no sería conveniente -afirma-, pero si me gustaría invitarte a cenar, después de todo eras mi responsabilidad.

-Pero no me abroché el chaleco.

-Eso por mi culpa -se apena Raúl-, así que me parece genial que cenen.

-¡Raúl!

-Sí, vea, y cuenta con queques en la mañana por el resto del año, cuando le conté a mi señora lo que había pasado casi me mata y a ti te apuesto en un altar.

-Bueno, siendo así, me sacrificaré por ti -le digo sacándole la lengua-, pero por favor déjame descansar un ratito.

-Por supuesto, a las nueve vengo por ti. Te aconsejo que te des una ducha.

-No… -bromeo, y juro que no es coqueteo-, ¡me encuentras hedionda!

-Estás loca, hueles a barro, mi olor favorito -se carcajea-, pero con eso tus músculos se relajaran.

Cuando se van, en vez de irme a mi cama, me voy a la ducha, mi cuerpo se reconforta con el agua caliente, cuando me jabono noto que tengo en varios lugares hematomas rojizas tirando para morados, conclusión, voy a quedar moreteada entera.

Después de secarme el pelo y con lo abuelita que estoy me duermo de inmediato.

Como si tuviera un reloj biológico veinte para las nueve despierto, me pongo un jeans, un polerón y una chaqueta encima, estoy terminando de maquillarme un poquito para verme presentable y tocan a la puerta. Por un momento mi corazón se acelera y estoy esperanzada en que sea Mauricio…y no, no lo es.

-Nunca me habían mirado con cara de decepción, acabas de herir mi ego.

-Perdón -digo la verdad, no quiero mentirle.

-Esperabas al atinado de tu jefe, verdad.

-Mmm

-Bueno, pero como no es él tendrás que conformarte con este pechito que está aquí.

-No te hagas el modesto, es que estás acostumbrado a que todas te besen los pies.

-¿La verdad?

-Sí.

-Casi siempre.

-Te lo dije, pero aquí llegaste tarde solo un par de meses.

Confesándonos cosas con y sin importancia empezamos a caminar por un sendero que para mi asombro no nos lleva al comedor, sino que directo al río.

-Dime que no me tengo que subir a un bote, por favor.

-No, hace mucho frío para tirarme al agua, no estoy en plan rescata doncellas.

-¡Me bajaste de categoría!

-Claro, ¿qué esperabas?, si yo no causo ningún efecto en ti, es justo que tú tampoco en mí.

-Estamos a pate -le comunico dándole la mano, y así como si nada y sin ningún drama cerramos un trato.

Seguimos caminando hasta que cuando damos la vuelta me detengo pasmada, frente a mis ojos una mesa de madera típica de picnic, y en cada esquina una especie de poste que sostiene una guirnalda de luces, y un par de velas encendidas.

-Esto es…esto es…

-Esa era la impresión que quería causar, justa esa expresión que tienes en la cara.

-No es una cena romántica -le corto el rollos antes de que piense mal.

-Por Dios, ¿no que a todas las mujeres les gustan las cosas románticas?

-Sí, pero del hombre adecuado.

-Bueno, yo no soy tu jefe, pero soy un caballero, y aunque no lo creas, esto siempre resulta, aunque -me mira justo cuando voy a reprochar-, solo será una cena entre amigos. Hicimos un trato.

-Visto así, sí quiero cenar, tengo hambre.

-Y yo.

Nos sentamos uno frente al otro y así de la nada comenzamos a conversar.

-¿De cuándo que estás enamorada?

-Y quién te dijo eso.

-Se te nota, y dijimos que nos hablaríamos con la verdad.

-Bueno, aquí va. Enamorada desde hace poco, o en realidad desde hace mucho, pero las cosas son demasiado complicadas.

-No me digas: es casado, eres su amante. Si es así por favor no le creas que duerme en el sillón, eso lo decimos todos los hombres para que nos tengan lástima y así, bueno, así se entreguen más rápido, ¿qué mujer no se apiada de un hombre que su mujer trata mal?

-No, es viudo.

Se produce un silencio entre los dos.

-Vaya, sí que es complicado, ¿hijos?

Tomo aire un par de veces y cuando me doy cuenta ya le he contado casi la mitad de la historia y ya nos estamos comiendo el postre.

Metiéndome la última almendra a la boca estoy cuando de entre medio de las ramas aparece Mauricio Costabal agitado.

-¿Qué haces aquí? Y con él -bufa de mala manera.

-Escucha, amigo -comienza Pablo poniéndose de pie-, en la tarde te la aguanté, y ya fue suficiente.

-Beatriz, nos vamos -me ordena como si solo yo existiera, muy a su estilo.

-No, estoy cenando.

-Tenemos que hablar.

-Hablar, hablar -empiezo a desesperarme, la verdad es que mi nivel de tolerancia está muy bajo últimamente-, lo único que nosotros no hacemos en esta vida es hablar, así que por favor…te lo pido, devuélvete por donde viniste o pídeselo a María José, ¡o a tu mano! Lo que quieres conseguir conmigo -digo sin querer queriendo.

-Te debo una disculpa.

-Tú, Mauricio Costabal me debe una disculpa a mí -vocifero teatralmente-, bueno, ponte de rodillas y lo pensaré -le digo girándose para que se vaya y me deje tranquila, pero lo que veo en la cara de Pablo me alerta, con un movimiento de cabeza me dice que mire.

Me giro y ahora sí que la boca se me abre en una perfecta “O” no está de rodillas, pero si en cuclillas.

-¡Wow! -chifla Pablo y yo lo miro feo.

-Discúlpame –comienza-. Pero es que me vuelves loco, no piensas las cosas, eres impredecible, y ni siquiera te preocupas por tu seguridad.

-Amigo, si esta es tu disculpa es que vas a perdedor.

-Cállate -le ordeno, pero es verdad.

-¿Te das cuenta que actúas sin razón?, ¿qué haces aquí con un completo desconocido?, esto es lo mismo que con los tipos de la camioneta, ¡tú no te cuidas! A ellos ni los conocías.

-Si los conocía -me defiendo.

-¿Sí?, ¿de dónde?, ¿de un bar?, ¿viendo un partido de futbol?, eso no es conocerlos, podría haberte pasado cualquier cosa, ¿es que no lo entiendes?

-Punto para el amigo, ¿de verdad te fuiste con unos tipos que conociste en un bar?

-¡No!, bueno sí, pero…

-Y yo que te salvé la vida no tengo ni media posibilidad -espeta medio en broma medio en serio y ya me estoy desesperando.

-Tu no entiendes, contigo es todo surrealista, esta situación es extraña, constantemente haces lo contrario a lo que creo, contigo no sé qué esperar, eres como una pulga que siempre está saltando de un lado a otro. Siempre se dónde estás, pueden haber veinte personas pero siempre sé dónde estás tú. Te haces notar, irrumpes mi paz y no me dejas pensar, me haces parecer un puto psicópata siguiéndote, esperándote afuera de tu departamento por horas. Te di el trabajo para que te fueras a tu casa, ¡¿no quizás quién sabe dónde?!

-Fui a la Plaza Italia.

-¡En serio! Definitivamente debí haberte conocido antes -se vuelve a entrometer Pablo, y sí, por un momento esta escena me arece surreal.

-Tú -digo mirándolo-, te quieres callar, y tú -hablo mirando ahora a Mauricio-, te puedes levantar de una vez por todas y dejar de hacer el ridículo.

-Tú me lo pediste.

-Ahora no te vengas a hacer el santo, te has paseado con María José por días delante de mis narices y ni una sola vez pensaste en cómo me pude sentir.

-Lo hice para que veas que se siente, tú lo haces todo el tiempo con Raúl.

-¡Estás de mente! Es mi amigo, ¡casado y con hijos!

-¿El que te pidió perdón mil veces?

-¡Sí! -gritamos los dos al unísono y él silva, me da la impresión que apoyando a su nuevo amigo.

-Esa no es una razón, y lo que hiciste anoche, ¿acaso también me dirás que tiene una justificación?

-Si te decía que me caía bien María José, solo ibas a pensar en eso.

-¡Estábamos culeando! -chillo y ni me atrevo a mirar a Pablo que se le acaba de caer algo por el ruido que he sentido.

-Quería castigarte con algo.

-¡Mauricio! Tú no eres mi padre para castigarme, y menos con una cosa así.

-No quería que acabaras -suelta así como quien habla de la fruta que corta en el árbol.

-¡Cállate!

-Por mí ni te cortes, que a estas alturas no sé si eres mi ídolo o un verdadero weón.

-¡El rey de los weones!

-Alto ahí, conozco a Boris -me corta Pablo en esta situación demasiado hilarante-, y me cae la raja, así que no le puedes robar el título.

Me siento agobiada y me agarro la cabeza a dos manos, esto se salió de control, me supera de verdad.

-Escucha -se acerca solicito Mauricio y aunque está muy pegado no me toca-. Sé que quererte no es lo mejor, lo sé -otro silbido de mi espectador-, hay personas más fáciles para querer, menos complicadas, quizás estoy siendo un loco y tú una masoquista, pero me gustas. En vez de distraerme con el futbol, o con otras cosas como lo hace la gente normal, me gusta quererte a ti. No es lo mejor, pero es perfecto. Contigo le encuentro sentido a los días de nuevo, contigo no me siento uno más en esta vida que me ha quitado tanto, me siento especial. Quererte me hace sufrir pero eso me hace saber que estoy vivo, que existo. Tú me das motivos para pensar en el día, en la noche a toda hora, es que no lo entiendes, eres esa luz que quiero apagar y que a la vez quiero que me ilumine, quererte es lo mejor y lo peor que me ha pasado, eres como la ruleta rusa, no se cual tiro me va a matar y estoy siempre esperando el disparo final. Desde que te vi supe que eras un error, pero eres el error más perfecto que podía encontrar. Te he odiado con la misma intensidad que te he querido, que estemos justos es absurdo y ambos lo sabemos, y eso siempre será así, pero si no lo intentamos no sabremos cuanto nos va a durar.

Ahora la muda soy yo.

-¡Wow!, no sé si es la declaración más bonita o más espantosa que he oído, y mira que he escuchado varias.

-Cállate -le dice Mauricio y toma mi mano.

-Dime algo, lo que sea, necesito escucharte, porque por primera vez estoy intentando explicarte lo que siento aquí –se pega en el pecho y me muerdo el labio para no llorar-, no es la primera vez que te pido que lo intentemos, Beatriz.

-¡Tú sí que no entiendes nada!

-Entonces explícamelo, porque no eres fácil de entender.

-Yo no hago las cosas porque sí, sin pensar, y tú jamás me entiendes, me haces daño -me quejo-, me haces sentir mal, buscas siempre un motivo para ofenderme, lo hiciste ayer, lo hiciste esta mañana, lo hiciste en la tarde, y lo peor es que lo seguirás haciendo. ¿Es que acaso tu no piensas en mí?, ¿en lo que yo siento? -cierra los ojo un momento y veo como su labio tiembla-, no lo haces, no lo sabes y es porque tu no sientes lo que siento yo.

-Claro que siento lo que sientes tú pero es distinto, eso es lo que tú no entiendes, tú estás aquí -dice tocándose la sien-, y no puedo sacarte ni de día ni de noche. No sé qué me hiciste, esto, esto es nuevo para mí, no me cuadra, ¿dime cómo hago yo con esto que siento? Si siempre pensé que amor era lo que sentía por Soledad. Yo a ti te necesito para respirar, ¡y hoy te metiste al río sin abrocharte el chaleco salvavidas! Y como si eso no fuera suficiente eres una pendeja a la que yo quiero entregarle una responsabilidad, ¿dime como encajo todo eso en mi vida?, explícamelo porque yo no entiendo -dice frotándose los ojos enrojecidos.

-Así cualquier cosa parece imposible, Mauricio.

-Te das cuenta que no entiendes nada.

-Claro que entiendo

-¿Si? ¿Y entiendes que te estoy diciendo que estoy enamorado de ti como nunca antes lo había estado? ¿Y que quiero encerrarte y que ojalá no salgas de ahí hasta que no seas responsable de tus actos?

-¿E- na- mo- ra- do?

-Uffff, Bea, es que si no lo entendiste desde un principio es que no entiendes nada -argumenta Pablo casi aplaudiendo-. Si el Naka te conociera estoy seguro que te haría un contrato para un reality.- Y mirando ahora a Costabal pregunta-: ¿Quieres que te de un consejo?

Mauricio lo mira casi con desprecio, sé y sabe que no lo soporta, así que niega con la cabeza, pero a él ni le importa y  habla igual.

-Mi abuelo dice que el amor es como una planta, si se riega crece, si no le hechas agua se muere, y si le hechas demasiada, la ahogas.

-Eso sí que no lo entiendo -comento de inmediato, porque si para algo no estoy, es para metáforas.

-Pero lo entendí yo, y de una vez por todas ¿te quieres ir? ¿No tienes algo mejor que hacer?

-¿Quieres que me vaya, Bea?

Asiento con la cabeza, tres son multitud.

-Esto de verdad que es mejor que cualquier reality show, y se los digo con conocimiento de causa -dice levantándose-, pero como todo, el programa se acabó, nos vemos mañana en el mismo canal, en el mismo lugar.

-Olvídalo, Beatriz no se vuelve a subir a un bote mientras yo sea su jefe.

Voy a reprochar, pero de verdad que no es el momento y le hago una seña con la mano a Pablo para que se marche.

-Voy a tratar de pensar antes de hacer las cosas.

-Lo sé, y si no juro que te voy a castigar.

-No eres mi padre, pobre de tu hija -refuto levantando las cejas.

-Estoy hablando en serio, Beatriz, necesito que seas adulta, sé que tienes veinticinco años, pero quiero presentarle a Sofía a una mujer grande, no a una hermana mayor, ¿me entiendes?

-¿Quieres presentarme a tu hija?

-¿Y qué es lo que entiendes tú por una relación normal?

Y así con esas palabras el huracán Costabal aterriza exigiendo una respuesta en mi vida.

-No quiero que tomes una decisión sin pensar en todo lo que significa tener una relación conmigo, ¿lo comprendes?

-¿No me darás trabajo extra?

-De todo lo que te he dicho solo te importa el trabajo -me pregunta a la par de asombrado intrigado.

-Cuando te dije que quería pensar era justamente porque sabía lo que se venía y aunque se la respuesta de antemano, quiero y necesito sopearlo. El sexo contigo es alucinante, tú me nublas la razón y aunque creas y yo quiera proyectar que soy una mujer experimentada…

-Beatriz -me corta con esa sonrisa diabla-, puedes ser muchas cosas, pero estás lejos de ser una mujer experimentada, y eso no sabes cuánto me agrada, eres mi niña grande.

-¿Y no que querías que fuera una mujer?

-No quiero hacerte daño.

-Y no lo harás.

-¿Me vas ayudar?

-Siempre que me lo permitas -dice acercando su mano a mi nuca y con eso nuestros labios se juntan en un beso tierno y lleno de promesas por cumplir. Cuando me separo le digo:

-Aún estoy enojada.

-¿Qué te gustan, las flores, los chocolates?

-Me gustas tú -confieso.

-Vamos adentro, hace frío.

-Perdóname por haberte preocupado esta tarde.

-Lo olvidaremos juntos en un par de días -dice muy serio y caminamos en dirección a las habitaciones en silencio, y cuando creo que me dejará como un caballero en la puerta de la mía pasamos de largo hasta llegar a la suya.

-¿Es correcto?

-Solo entra -murmura resignado-, nos podemos simplemente regalonear.

-¿En serio?

-¿Qué crees que soy?

-Bueno, tres años sin sexo te hacen un insaciable, aunque… -me callo de golpe y la imagen de María José se cruza por mi cabeza y como si me leyera el pensamiento levanta mi barbilla y me mira a los ojos.

-Anoche estuvimos con Agustín en la habitación de María José, conversando de como iría la reunión de hoy, entre ella y yo no hay absolutamente nada.

-Pero…

-Pero nada de nada, a mí me gustas tú.

-¿Y?

-Te quiero a ti, aunque tú no me lo digas a mí.

Me abraza con cariño. Apenas nos sentamos en su cama comenzamos a besarnos en un acto de perdón mutuo, él a mí por ser tan imprudente, y yo a él por ser un verdadero cabrón, mientras me acaricia recuerdo cada palabra bonita que pronunció para mí, y aunque estoy tentada en confesarle mi verdad, me contengo por inseguridad.

-Te quiero tanto -suspira.

Le acaricio la cara, paso las manos por todo el contorno de su rostro dibujando cada facción, memorizándola en mi mente, beso su cuello y dejo que sus manos acaricien mi espalda envolviéndonos en cariño, uno que pronto se convierte en deseo y mis manos solitas se van hacia su cinturón, y son sus propias mano las que me detienen.

-¿No quieres?

-Más que nada en la vida.

-¿Entonces?

-Quiero que te sientas amada, segura y tranquila, yo velaré tus sueños esta noche. Ya mañana será otro día.

Y así, con besos, mimos celestiales me acurruco a su lado, mi respiración se empieza a ralentizar hasta que se convierte en un profundo estado de paz en un universo paralelo en el que solo existimos  él y yo.

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