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Reforma Tributaria: disminución del crecimiento y aumento de la judicialización

Reforma Tributaria: disminución del crecimiento y aumento de la judicialización

por Christian Aste

8 de mayo de 2018

Al día de hoy no ha habido responsables por las magras cifras de crecimiento y por el gasto excesivo que asumió el Estado tras las reformas impulsadas por el Gobierno de Michelle Bachelet. Urge que los políticos sean capaces de articular los intereses de quienes representan y que entiendan que la Reforma Tributaria impulsada por los personeros de Bachelet fue mala.

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Quienes han detentado poder saben, o debieran saber, que gobernar es un arte cuya particularidad radica en que el gobernante expresa o comunica ideas o emociones que representan al colectivo social y por las que –a diferencia del artista que se hace responsable de ellas, como es el caso, entre otros, de Salman Rushdie, por los Versos satánicos, o de Alexander Solzhenitsyn, por su libro Archipiélago Gulag–, el político no asume otra responsabilidad que la de no ser elegido o designado para el cargo.

Esto es precisamente lo que ocurrió en Chile tras las reformas impulsadas por el Gobierno de Michelle Bachelet. No hubo responsables por las magras cifras de crecimiento y por el gasto excesivo que asumió el Estado. Tampoco los hubo por el aumento de la burocracia y el efecto de las inmigraciones. El único costo fue que su coalición perdió el Gobierno.

Pero ahora que lo perdieron, parece que están empeñados en seguir generando costos que no pagan. Lo hacen con una indolencia que me parece en extremo grave. Lo digo y lo afirmo a propósito de la Reforma Tributaria. Resulta que, aunque todos saben que es mala, pues solo generó una disminución del crecimiento y la inversión, y un aumento en la judicialización, se niegan, por una cuestión estrictamente política, a modificarla, poniendo como ejemplo de su argumentación las utilidades obtenidas por la banca, las que no representan ni por lejos la realidad del resto de las empresas que operan en el país.

Se supone, y aquí solo me baso en la ficción, que piensan y asumen que el pueblo que vota por ellos está por la tesis de no acceder a ningún cambio. Se supone que la reforma en cuestión permitiría una mayor recaudación y haría que los ricos pagaran más impuestos.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. No hubo mayor recaudación. Un año antes de la Reforma los ingresos fiscales alcanzaban a un 17.65% del PIB; después de esta disminuyeron un 0.23%. El gasto público, por el contrario, aumentó y lo hizo varias veces más que la recaudación. Ergo, o raya para la suma, se recaudó menos y se gastó más.

Urge que los políticos sean capaces de articular los intereses de quienes representan, los que la mayoría de las veces, por distintas razones, carecen de la preparación suficiente como para enterarse de los efectos que para ellos mismos tiene el aumento de un tributo. Es necesario que se despojen de su ideología y de su posición contraria a quien gobierna, y asuman que los impuestos constituyen un imperativo país y, por lo tanto, un problema no del Gobierno sino del Estado. Apremia que sean capaces de entender o darse cuenta de que la Reforma Tributaria impulsada por los personeros de Michelle Bachelet fue mala. No fue culpa de ella. Confió en quienes la diseñaron e implementaron. Supuso que sería buena para el país y que generaría los recursos que se requerirían para mejorar la educación.

Tampoco se cumplió aquello de que a los pobres no les afectaría la reforma. Desde ya, porque sabemos que los impuestos son trasladables. Por ejemplo, pensemos en una persona que vende pan con un margen de contribución de 10. Si le suben los impuestos para disminuir dicho margen –que ya está comprometido con terceros o con gastos propios–, lo que ocurrirá es que: o lo llevará a precio y subirá el valor del pan (por lo tanto, el costo de vida de la gente aumentará); o, si no le es posible hacerlo porque tiene competencia o porque si lo hace la demanda disminuirá, se verá obligado a terminar la relación laboral con los que menos valor agregado entregan a la operación. Precisamente, los más pobres y menos preparados.

Pero no se conformó con eso el Legislador. No le bastó subir los impuestos y reducir el margen de ganancia de los dueños del capital, sino que además hizo que dichos impuestos fueran distintos según la estructura jurídica de cada empresa, generando una distorsión que vulnera el más elemental principio de igualdad. Como si fuera poco, estableció IVA para la venta de inmuebles, cuando dicha venta es habitual, lo que nuevamente provoca una distorsión y una traba en la comercialización de los bienes. Amén de una nueva desigualdad.

Urge que los políticos sean capaces de articular los intereses de quienes representan, los que la mayoría de las veces, por distintas razones, carecen de la preparación suficiente como para enterarse de los efectos que para ellos mismos tiene el aumento de un tributo. Es necesario que se despojen de su ideología y de su posición contraria a quien gobierna, y asuman que los impuestos constituyen un imperativo país y, por lo tanto, un problema no del Gobierno sino del Estado. Apremia que sean capaces de entender o darse cuenta de que la Reforma Tributaria impulsada por los personeros de Michelle Bachelet fue mala. No fue culpa de ella. Confió en quienes la diseñaron e implementaron. Supuso que sería buena para el país y que generaría los recursos que se requerirían para mejorar la educación.

Sin embargo, quedó demostrado que fue una reforma ineficiente, enredada, y que debe ser revisada, pero no desde la trinchera política. Lo que se requiere es que el Parlamento la revise pensando en lo mejor para el país, y teniendo presente la realidad fáctica y no la ficta que solo existe en la mente de algunos y, menos, argumentando a partir de negocios cuyas utilidades se explican y justifican por las barreras de entrada que existen para competir en su mercado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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