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OPINIÓN

Acoso sexual y el desafío de las empresas

Acoso sexual y el desafío de las empresas

por Verónica Poblete

4 de mayo de 2018

Pesos pesados del mundo del cine y la televisión han caído en desgracia. Pero esto es la punta del iceberg. Mujeres anónimas han entendido que ya no están solas, han roto el silencio y comparten abiertamente sus casos. En este escenario, no suena descabellado pensar que también podríamos ver en el corto plazo a políticos notables, gobernantes, empresarios y ejecutivos caer por razones similares. Todos en posiciones de abuso de poder.

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El pasado 5 de octubre de 2017, el New York Times hizo historia. Y cambió para siempre en Occidente la forma en que las empresas deben hacer frente y canalizar los problemas de acoso sexual en su interior. La investigación publicada ese día en contra del magnate de películas Harvey Weinstein, acusado a través de testimonios de actrices de Hollywood de terribles episodios de acoso sexual y violación, era un terremoto que originaría luego un tsunami que hacía caer no solo en EE.UU., sino también en Europa y Latinoamérica, a una serie de hombres poderosos en sus respectivas industrias.

La expansión del movimiento "#MeToo", en donde millones de mujeres comenzaron a compartir a través de distintos medios de comunicación sus historias que denunciaban el abuso sexual, se transformó en el arma más eficiente de denuncia a los hostigadores. Chile acaba de vivir también su caso local. El famoso director y productor de teleseries, Herval Abreu, recibió testimonios en su contra de actrices a través de la revista Sábado de El Mercurio, que aseguraban haber sido víctimas de horribles vejaciones, develando con ello una estela de impunidad por años ocultas en un silencio que solo ahora se atreven a romper.

Así, pesos pesados del mundo del cine y la televisión han caído en desgracia. Pero esto es la punta del iceberg. Mujeres anónimas han entendido que ya no están solas, han roto el silencio y comparten abiertamente sus casos. En este escenario, no suena descabellado pensar que también podríamos ver en el corto plazo a políticos notables, gobernantes, empresarios y ejecutivos caer por razones similares. Todos en posiciones de abuso de poder.

La pregunta cae de cajón: ¿están los gobiernos corporativos chilenos preparados para enfrentar los desafíos de esta nueva etapa?

Si una de cada 14 mujeres ha sufrido algún tipo de abuso sexual, como revela la Organización Mundial de la Salud (OMS), entonces la probabilidad de que al interior de una organización o empresa se cometan este tipo de prácticas es alta. Por lo tanto, generar los canales adecuados de denuncia y protección a las víctimas, en forma seria, amorosa y empática se hace urgente.

Para dejar las cosas claras: las mujeres durante mucho tiempo expusieron el abuso y estuvieron sujetas al ridículo y la incredulidad. Hoy en cambio una denuncia está disponible para destruir la reputación de una marca. Es válido entonces hacerse la siguiente pregunta: si usted tiene a cargo una marca, ¿está seguro que una víctima al interior de su empresa le dará la oportunidad a usted, como empresa acogedora, de resolver su problema? ¿O acudirá a instancias más implacables, como los tribunales de justicia o Inspección del Trabajo? ¿O irá directamente a los medios para convertir a esa marca en el próximo Weinstein del mercado? Hacerse cargo de esta pregunta no solo es una obligación al interior de las compañías. También hoy día se transforma en una situación de supervivencia.

La primera razón es obvia: darle un espacio seguro al interior a una trabajadora es una obligación legal y moral del empleador.

La segunda, es reputacional. La sociedad ya demostró que empezó a considerar esta práctica violentamente machista como algo intolerable. Y que luchar y visibilizar la discriminación, tanto en los medios de comunicación tradicionales como redes sociales, es la mejor herramienta para ello, si es que la “institucionalidad” no es capaz de escucharla y acogerla en forma eficiente. Una empresa que no se tome en serio el acoso y la canalización de las denuncias internamente, con la consecuente contención de la víctima y sanción del victimario, se arriesga a que ella lo canalice por estos otros medios que socialmente están siendo tremendamente efectivos.

Para dejar las cosas claras: las mujeres durante mucho tiempo expusieron el abuso y estuvieron sujetas al ridículo y la incredulidad. Hoy en cambio una denuncia está disponible para destruir la reputación de una marca. Es válido entonces hacerse la siguiente pregunta: si usted tiene a cargo una marca, ¿está seguro que una víctima al interior de su empresa le dará la oportunidad a usted, como empresa acogedora, de resolver su problema? ¿O acudirá a instancias más implacables, como los tribunales de justicia o Inspección del Trabajo? ¿O irá directamente a los medios para convertir a esa marca en el próximo Weinstein del mercado? Hacerse cargo de esta pregunta no solo es una obligación al interior de las compañías. También hoy día se transforma en una situación de supervivencia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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