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La comunidad científica versus la Tecnocracia Neoliberal

por Ricardo Segovia y Felipe Villanelo

6 octubre, 2017

La comunidad científica versus la Tecnocracia Neoliberal

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La mayoría de las opiniones respecto al debate presidencial del 14 de septiembre sobre Ciencia y Tecnología fueron críticas. Dicen que fue pobre y que los candidatos fueron incapaces de procesar las visiones y propuestas que estarían planteadas desde las comunidades interesadas. Hay una sensación razonable y justificada de diálogo interrumpido entre los investigadores e investigadoras y “la política”. Sin embargo, esto no es una particularidad del sector, sino que es parte de un proceso amplio en la Sociedad chilena. Nuestro objetivo en esta columna es intentar develar las razones de la desconexión entre Política y Sociedad para poner en su contexto la tensión que se está produciendo entre la comunidad científica y las candidaturas presidenciales.

Durante la última década se han formado una serie organizaciones de investigadores e investigadoras en torno al debate sobre ciencia y tecnología. Este proceso de movilización social y discusión ha logrado instalar elementos de gran alcance político como, por ejemplo, que Chile debe contar con un plan nacional de desarrollo científico, y que la investigación se debe realizar bajo condiciones laborales reguladas por el Código del Trabajo. Por su parte, y muy contrastante con la heterogeneidad de posiciones en el debate de la comunidad científica, “la política” ha mostrado no tener diferencias ideológicas o de intereses respecto a la ciencia y tecnología. En la comisión parlamentaria “Desafíos del Futuro”, liderada por Guido Girardi (PPD), se alinean sin grandes dificultades representantes de prácticamente todos los partidos políticos de la Transición, desde el PS hasta la UDI.

Pese a su aparente transversalidad, “la política” es incapaz de incorporar la amplitud del debate de la comunidad científica y, por consiguiente, lo margina completamente, incluso a sus propuestas más concretas. Sin embargo, esto parece no ser una situación totalmente consciente. De hecho, solo la mitad de los candidatos pertenecen, o son apoyados, por partidos alineados, es decir, presentes en la comisión Futuro. Los otros, Artés, Enriquez-Ominami, Navarro y Sánchez, están por fuera, y, si bien es cierto se presentan como una alternativa política, en el debate no lograron diferenciarse de los candidatos que representan la política de la Transición, ni tomar las banderas de la comunidad científica. El problema es que en el Chile de la Transición no existen los canales necesarios para que la Sociedad pueda ejercer influencia efectiva sobre “la política”.

Actualmente la comunidad científica está totalmente ausente de la elaboración política-estratégica para el desarrollo de la Ciencia, y lleva más de 40 años marginada de esta labor. Los representantes en el Poder Legislativo y los candidatos al Ejecutivo, por su parte, no están siendo capaces de terminar con esta marginación e incorporar en su elaboración las nuevas visiones y propuestas de los investigadores e investigadoras. Quienes debieran ser los representantes de nuestros intereses se limitan a replicar la voz de una Tecnocracia Neoliberal que suplantó la participación democrática de la Sociedad en la Política durante la Dictadura, y que se enquistó en el Estado durante la Transición.

De hecho, la característica distintiva del periodo de la Transición en Chile es que la política pública se define sobre la base del conocimiento tecnocrático, suplantando procesos democráticos de decisión. Esta tecnocracia margina los conflictos de interés, o la diversidad de posiciones, que existen en la Sociedad, y avanza con un horizonte predefinido bajo los códigos del neoliberalismo. Así, ignorando el debate, la Tecnocracia Neoliberal se muestra como neutra, como si todo el pensamiento que vive en la Sociedad fuera ideología trasnochada, y como si nuestras posiciones políticas fueran un lastre que no están dispuestos a cargar.

En el área de la Ciencia, esta tecnocracia opera desde el Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo (CNID), que es el resultado de una serie de instancias levantadas en el Ministerio de Economía durante los ‘90 para elaborar el pensamiento estratégico en materia de desarrollo científico, alineado con la renovación de organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Este consejo no está compuesto por representantes de la Sociedad, sino por tecnócratas y consultores y si hay algún sector bien representado, es el empresariado extractivista. De hecho, uno de los consejeros es el presidente de Fundación Chile, que es una alianza fundada en Dictadura entre el Estado chileno y la industria privada norteamericana, actualmente encarnada en el gigante extractivista BHP Billiton.

Desde CNID se imponen los énfasis y se establecen los límites de lo posible en materia de política científica: Innovación como eje del desarrollo y Mercado como único modo de funcionamiento. Su nivel de influencia es tal que además de alinear a los partidos de la Transición, influye también sobre los candidatos alternativos y el resto de la Sociedad. Quienes hemos sido parte del debate y la construcción de organización sabemos lo difícil que es elaborar un pensamiento alternativo al desarrollado por CNID. Sabemos que para leer ideas diferentes a las que actualmente norman nuestro quehacer hay que retrotraerse algunas décadas, a los inicios de Corfo, y que en esta búsqueda atemporal es fácil confundirse y perderse en la nostalgia desarrollista.

Sin embargo, podemos reconocer también que las nuevas visiones y propuestas instaladas dentro de la comunidad científica, sin ser radicales, generan una tensión insalvable con la Tecnocracia y, que, tarde o temprano, este conflicto tendrá que ser resuelto políticamente, es decir, democráticamente. Un espacio tecnocrático como el CNID no está diseñado para lidiar con las incompatibilidades que se generan, por ejemplo, entre la posibilidad de un plan nacional de desarrollo y los mecanismos de Mercado que organizan actualmente la actividad de investigación. El discurso de la Innovación y el Emprendimiento, cuestionado ampliamente por su irrenunciable orientación hacia la producción de Mercado, sigue y seguirá siendo la bandera de los tecnócratas, pero ya no hace ningún sentido en comunidades que pretenden aportar solidariamente con sus capacidades y formación al conjunto de la Sociedad.

El sistema científico en Chile está ante un problema político que lo supera, definido por un cambio de ciclo en el país: el fin de la Transición y su reemplazo por una nueva etapa en que las demandas sociales irrumpen como un conflicto de interés que las tecnocracias por su naturaleza son incapaces de resolver. Lograr que las ideas de los investigadores e investigadoras participen democráticamente de los espacios de definición estratégica de la política científica es determinante para avanzar hacia una nueva etapa en la política científica. Nuestro debate está cargado de ideas positivas tanto para el futuro como para el presente de la investigación. Por lo tanto, no podemos seguir permitiendo que se nos margine, es decir, que la Tecnocracia Neoliberal siga ocupando el lugar que le corresponde a la participación democrática.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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