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Opinión sobre el rodeo como deporte nacional

¡A favor de los Novillos!

por Nicolás Montalva Barría

2 octubre, 2017

¡A favor de los Novillos!

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Un debate recurrente por estas fechas (y con razón) se refiere al status del rodeo como deporte nacional, y el reclamo de su prohibición. Al respecto se han levantado una serie de afirmaciones que pretenden justificarlo, al mismo tiempo que organizaciones de la sociedad civil se han movilizado para exigir su prohibición. En este contexto la defensa de los novillos no ha sido a ratos, afortunada en sus pretensiones. Sin entrar en detalles, pareciera ser que se ha extendido la idea (equivocada) de que, estar en contra del rodeo, supone una especie de afinidad por los animales no humanos. Dicho de otro modo, la demanda contra el rodeo estaría reservada a hombres de buen corazón y mujeres que chiflan por los gatos, y no una causa animada por principios de justicia que debería convocar adhesión incluso, en aquellos a quienes les resulta indiferente la suerte de los novillos.

Es por lo anterior que propongo una defensa a la prohibición del rodeo desde la argumentación racional, con total distancia de la simpatía que pueda generar la situación de los animales no humanos. Me he servido del libro titulado ‘’A favor de los toros’’ (Pamplona, Laetoli, 2010), del destacado filósofo español, Jesús Mosterín, en el cual se aborda la cuestión de la tauromaquia. Disciplina que si bien, es una salvajada de mayores proporciones que el  rodeo, funciona en la misma lógica: utilización de un animal para la satisfacción del ocio humano por medio de provocarle sufrimiento. Por tanto, los argumentos propuestos resultan pertinentes para el objetivo planteado.

  1. Los novillos no sufren. La respuesta, en este caso, es que tal afirmación carece de toda base. Mosterín sentencia: «los neurólogos no sólo saben perfectamente que el toro es capaz de sufrir, puesto que las estructuras neurales de su diencéfalo y de su sistema límbico son semejantes a las nuestras, sino que a veces lo usan como modelo en estudios sobre el dolor». Y existe suficiente documentación, en distintos registros, que confirma los daños provocados en esta actividad. En esta línea la ONG Animal Libre da cuenta del maltrato producido, principalmente en el denominado ‘’colero’’, práctica que consiste en levantar al animal para que continúe el camino hacia la quincha para ser ‘’atajado’’; para ello se emplean golpes, que van desde patadas, bofetadas, golpes eléctricos con picana y tirón o contorsión de la cola de los animales[1]. Ahora bien, los daños físicos que sufren los becerros no son lo único a considerar; el estrés al cual se les somete también es un hecho preocupante, el cual se evidencia con los altos niveles de cortisol (hormona ligada al estrés) presentes en la sangre de los animales con posterioridad a esta actividad. Lo que es bastante lógico si se tiene en consideración que el novillo, dado su limitado conocimiento de la realidad, no distingue una persecución lúdica no mortal, de una cacería que busque quitarle la vida; para un animal de presa, toda persecución supone una lucha por su supervivencia. Si somos consistentes con el principio de las sociedades modernas de que no es correcto causar daño a otros por razones triviales, y está demostrado que los novillos son individuos capaces de padecer sufrimiento, entonces deberíamos estar de acuerdo en que no es correcto infringirles dolor a los novillos, y menos aún por razones lúdicas.
  2. El rodeo es cruel, pero también hay muchas otras salvajadas en el mundo. Mosterín responde que la existencia de otras prácticas moralmente injustificables en el mundo no justifica la existencia de otras como el rodeo, sino al contrario, son varias las «formas de crueldad» con las que acabar. El deseo de disfrutar de un espectáculo no es equivalente al deseo de otro a no ser maltratado.
  3. El rodeo es tradicional (o parte de la cultura) y eso lo justifica. Primero es menester determinar qué significado cabe atribuir a un término tan vago y ambiguo como lo es la palabra cultura. Según Mosterín, «cultura es toda la información transmitida por aprendizaje social, y esto incluye ideas y costumbres de todo tipo». Ahora bien, que algo forme parte de nuestro acervo cultural, como ocurre con el rodeo, no significa que sea moralmente aceptable. Es más, históricamente hemos ido abandonando ciertas costumbres, adoptando otras y, depurando algunas que conservamos del pasado pero adaptadas de mejor manera a los cánones morales actuales. En efecto, como afirma Mosterín «aceptar ciegamente todos los componentes de la tradición es negar la posibilidad misma del progreso de la cultura». Esto resulta más claro si, por ejemplo, recordamos las festividades celebradas en el coliseo romano, donde se batían gladiadores hasta la muerte mientras el pueblo romano vitoreaba desde las graderías. Y así otras tantas prácticas tradicionales cuyas víctimas eran humanas, y que en su momento fueron aceptadas por costumbres, pero que en la actualidad, en virtud de la evolución moral que hemos experimentado, afortunadamente no toleraríamos como sociedad. En suma, el carácter tradicional de una práctica no implica que esta sea moralmente aceptable.

Sin perjuicio de lo anterior, también hay buenas razones para afirmar que ni siquiera es parte de la cultura popular chilena. Así el Premio Nacional de Historia 2006, Gabriel Salazar afirma que «el pueblo mestizo no tenía acceso a la propiedad porque no tenía derechos. En consecuencia, difícilmente los mestizos pudieron haber manejado un ganado propio para cultivarlo, desarrollarlo (…) El rodeo exige que exista un ganado y un propietario, y que haya además una medialuna donde se practique el rodeo. Y eso no es del pueblo chileno, sino de los hacendados. La hacienda es de la oligarquía terrateniente, no del pueblo. Es falso que sea una costumbre del campo chileno en el sentido del pueblo, claramente no»[2].

  1. No hay que prohibir el rodeo porque no hay que prohibir nada: prohibido prohibir. La libertad, según el filósofo, no es «una patente de corso para cometer crueldades y salvajadas contra víctimas inocentes», sino «la capacidad de dos seres humanos adultos y cuerdos de interactuar entre ellos como quieran, siempre que sea de un modo voluntario para ambas partes (consenting adults) y su derecho a hacerlo sin interferencia de terceros». Por tanto la libertad, nos dice Mosterín, «exige y va siempre acompañada de la prohibición de violencias y crueldades de todo tipo».

Así las cosas, como nos recuerda Aristóteles, una de las características definitorias del ser humano es la capacidad de auto-gobernarse por medio de la razón; actuar y creer en aquello que a través de nuestro juicio racional estimamos correcto, más allá de lo que pueda aceptar nuestra comunidad, o incluso, de la satisfacción personal que nos pueda generar. Así, pues, me he servido de la argumentación racional a lo largo de este artículo, de modo que, a menos que se pueda echar abajo los argumentos que aquí he propuesto, debemos aceptar que el rodeo está mal y que debemos oponernos a él. De lo contrario, quedaremos sin base para criticar -sin caer en la hipocresía- otras situaciones injustas como la violencia ilegitima o el abuso hacia otros seres capaces de sufrir, sea cual fuere su especie.

[1] http://animallibre.org/animal-libre-revela-maltrato-animal-en-rodeos-chilenos/. Consultado el 14-09-2017.

[2] http://www.elmostrador.cl/cultura/2017/08/29/historiadores-ponen-la-lapida-del-rodeo-ya-no-responde-a-la-cultura-del-chile-del-presente/. Consultado el 13-09-2017.

Nicolás Montalva Barría. Asesor legislativo. Centro Democracia y Comunidad

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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