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“Intensamente” o del valor de los sentimientos

por Cristóbal Aguilera Medina

28 abril, 2017

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*Spoilers por todos lados.

El sábado vi por segunda vez Intensamente. La había visto hace casi dos años, en la pantalla grande, acompañando a mi hermana chica. Ahora me atrevo a confesarle que, cuando me lo propuso, no me entusiasmó mucho la idea de ver una película para niños; no quería enfrentarme a la típica trama llena de sensiblería barata, a una ficción que se escapa absurdamente de la realidad. Volví a ver Intensamente porque en aquella oportunidad rompió con todos mis prejuicios. Podría decir que la película no solo es divertida, sino que la trama es tremendamente interesante, y alude a un mensaje filosófico a la vez profundo y actual. La premisa es la siguiente: tomarse en serio la realidad de los sentimientos implica muchas más cosas que negarse a jugar, como adolescentes, con los afectos de los demás. Sin exagerar, ellos son parte fundamental de aquello que llamamos persona, y conocer los riesgos que los rodean es una exigencia primordial. De eso se trata, en gran medida, la película.

Entre estos riesgos, hay dos que ocupan un lugar especial. Son dos extremos que toda persona debe evitar a propósito del despliegue de sus sentimientos si no quiere sufrir una deshumanización similar a la que estuvo a punto de padecer Riley Andersen: primero, exagerarlos; segundo, ignorarlos.

Dejarse llevar por los sentimientos, sin que medie la voluntad, es una actitud muy típica de los tiempos que corren. Vivimos en un mundo que nos hace enfrentarnos desde muy chicos cara a cara con una propaganda cultural que invita a disfrutar sin medida, a satisfacer nuestras necesidades sin límites. Y dentro de ese disfrute y de ese satisfacer, un elemento importante es no ponerle ninguna barrera al sentir; hay que, simplemente, dejarse llevar. La película no tiene mucho de esto, salvo una discusión entre Riley y su padre, que termina provocando una situación que se da muy a menudo en las relaciones entre adolescentes y adultos. Con todo, este diálogo puede servirnos como punto de partida; si alguien ante ese primer impulso de ira, no hace los menores esfuerzos por dominarse, luego pasará lo mismo con la alegría, la tristeza y con los futuros y más complejos sentimiento que, conforme pasa el tiempo, las personas van experimentando.

El peligro de esta exageración o, más, bien, de esta falta de control de los sentimientos, es la pérdida del sentido de realidades y de experiencias tan valiosas como necesarias. La amistad, el matrimonio o la relación con Dios, se vuelven irrelevantes si no van acompañadas, si no se fundan, en una voluntad (compromiso) decidida que los oriente (lo que muchas veces significa someterlos a criterios más elevados). Dicho de otro modo: no es posible que el mero sentimiento subsista luego de una crisis matrimonial o una sequía espiritual; requiere de algo más fuerte que ese primer impulso, necesario, pero insuficiente. Si no media el corazón, la voluntad, lo que en un principio se apreció –se sintió- como noble, deja de tener sentido.

El segundo extremo, es la indiferencia ante los sentimientos. Es valorarlos como impulsos irracionales que no tienen cabida en seres racionales. Este peligro, como ocurre con todos los vicios, limita muy de cerca con su extremo opuesto, y puede que el primero sea, en muchas ocasiones, la causa del segundo; extremar los sentimientos es quizá la mejor forma de provocar la insensibilidad, dado la vacuidad que genera un sentir sin vacío y sin soporte.

El riesgo de menospreciar los sentimientos, de una aparente racionalidad seca y descuidada, es abordado en la película con mucha lucidez. Cuando Riley deja su casa, luego de que todos sus soportes se derrumbaran, Ira y Miedo comienza a caer en la cuenta sobre lo que está sucediendo: Chicos, ya no podemos hacer que sienta nada. Llegados a este punto, es necesario comprender de qué estamos hablando. C. S. Lewis, al contar su experiencia como profesor, decía que la tarea de los educadores no es talar selvas, sino regar desiertos. Que, al contrario de lo que se cree hoy día, el peligro de los jóvenes no es la sensiblería, sino la ausencia de sentimiento: “por cada alumno que proteger de un leve exceso de sensibilidad, hay tres que despertar del estupor de la fría vulgaridad.” El autor de las Crónicas de Narnia personifica este peligro en los llamados “hombres sin pecho”, aquellas personas que son incapaces de experimentar sentimiento y de comprender el mar como algo más que toneladas de agua salada o el matrimonio como donación desinteresada y no como un mero acuerdo de convivencia sexual y económica.

¿Cómo enfrentar estos riesgos?

La respuesta es la educación (no, por cierto, la técnica, sino la moral). Lewis insiste –parafraseando a Aristóteles– en que el fin de la educación es que los jóvenes tengan sentimientos de predilección y aversión por lo que corresponde. En otras palabras –en la lógica de la película-: que hacer el bien les provoque alegría y el mal tristeza. En definitiva, la defensa adecuada contra los sentimientos superfluos y la exageración de los mismos, es inculcar sentimientos justos. Y esto es precisamente lo que le salva la vida y la relación con su familia a Riley. Fue la tristeza encaminada hacia el bien, lo que la hizo reflexionar y tomar la decisión de volver a casa. En fin, fue Tristeza quien logró que recobrara, paradójicamente, la alegría (aunque una alegría no meramente sentimental).

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