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Mi identidad natural trans

por Alessia Injoque

10 enero, 2018

Mi identidad natural trans

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Nací en 1981. Mis padres, un matrimonio religioso, de esos que sienten orgullo por no haber tenido relaciones sexuales antes del matrimonio, me llamaron Alejandro. Era lo esperable. Me trataron como niño y me educaron sobre lo que hacen los niños y lo que no deben hacer porque son cosas de niñas.

A los cinco años me ponía la ropa de mi mamá y me maquillaba a escondidas hasta que, después de algunos llamados de atención, me quedó claro que no podía seguir haciéndolo. Mis padres no le dieron importancia al tema –era una “etapa”– y me siguieron educando como niño. Yo aprendí a comportarme, jugué fútbol, me peleé, jugué videojuegos, rechacé cualquier cosa femenina porque sabía que no era aceptable. Fue un periodo en el que casi me expulsan del colegio por conducta, y sólo me salvé por mis notas. Era un niño para quienes me veían, pero en las noches rezaba a Dios para que me convirtiera en una niña. También imaginaba historias fantásticas en las que podía ser la niña que quería ser.

Así llegó la adolescencia. Tuve pololas, carretié, terminé la universidad, conseguí un buen trabajo, escalé profesionalmente y me casé con una mujer increíble. Durante todo ese periodo seguí reprimiendo quién era porque sabía el costo social que pagaría si se sabía que me travestía a escondidas y que ésa era yo, no el hombre que proyectaba. Para quienes me veían era un hombre exitoso, felizmente casado y rodeado de amigos, pero yo realmente estaba al límite, y ya no podía más porque negarme me destruía internamente.

La identidad no emana de nuestros genitales sino de nuestro cerebro. ¿Es tan revolucionaria esa idea? Está validada por psicólogos, psiquiatras, médicos, pediatras y neurocientíficos que las personas trans tenemos una identidad que se corresponde con el género opuesto al asignado al nacer y lo que recomiendan al respecto sus disciplinas, basándose en estudios, es que se nos permita vivir nuestra identidad en un ambiente que nos respete e integre.

¿Qué define lo natural en un comportamiento o identidad? Como hombre nadie cuestionó mi identidad aunque gran parte de lo que proyectaba fuera mentira, fingido para poder encajar. Por el contrario, hoy que soy Alessia, la expresión más auténtica de mí que proyecté jamás ¿no soy natural? Cualquiera que tenga interés en biología sin “ideología” –como repiten los conservadores– debería informarse y entender que la identidad no emana de nuestros genitales sino de nuestro cerebro. ¿Es tan revolucionaria esa idea? Está validada por psicólogos, psiquiatras, médicos, pediatras y neurocientíficos que las personas trans tenemos una identidad que se corresponde con el género opuesto al asignado al nacer y lo que recomiendan al respecto sus disciplinas, basándose en estudios, es que se nos permita vivir nuestra identidad en un ambiente que nos respete e integre.

Todos somos más naturales cuando somos libres de ser y amar, y esa naturalidad nos hace felices. Las personas trans no somos enfermas, tampoco nuestra identidad, lo que nos enferma es que nos obliguen a comportarnos y vivir de una forma que no nos resulta natural. Lo que nos enferma es que cuando decidimos vivir con naturalidad quienes somos realmente, nos discriminan, aíslan, cierran la puerta, expulsan de las casas, insultan y rechazan.

Si es fácil percibir el daño que se le hace a alguien al obligarlo a casarse con quien no ama, ¿por qué es tan difícil sentir el daño que nos hacen al forzarnos a un género con el que no nos identificamos? Es ahí donde los conservadores anuncian las terribles estadísticas de suicidio de la gente trans (diez veces mayores al promedio) como evidencia de que somos personas enfermas, rehusándose a aceptar los estudios que muestran que en entornos donde somos aceptados e incluidos nuestra salud mental es igual a la de cualquier otra persona, y que es la discriminación que promueven es la culpable de esas cifras.

Hoy trabajo en un área de ingeniería gestionando soluciones y equipos en proyectos de alta complejidad, estoy rodeada de amigos y familiares con quienes tengo relaciones constructivas, tengo un matrimonio sano, una vida llena de amor, soy más segura, me atrevo a hablar en público, cambié mi cara seria por una sonrisa y me relaciono mejor con la gente. ¿Qué enfermedad mental se supondría que tengo? ¿Por qué no sería natural? Hoy no siento disforia sino euforia de género y es lo mismo que cuentan todas las personas trans respecto a aceptarse y los padres trans sobre sus hijos, niños que pasan de ser tristes y deprimidos a brillar cuando los dejan expresar su identidad y género con libertad.

Mi vida tiene muchos momentos felices, uno de los mayores es el matrimonio con mi esposa, a quien amo con todo mi corazón, pero el mejor momento de mi vida fue cuando volví a nacer, ese día en el que terminé de contar en mi trabajo y a todo el mundo: yo soy Alessia y no voy negarlo nunca más.

Hoy reconocen mi identidad mi familia, amigos, compañeros de trabajo y todos los que me conocen, menos el Estado. La ley de identidad de género no impone nada a nadie, sólo implica que el Estado acepte que todas las identidades –incluidas las identidades trans– merecen el mismo reconocimiento, entendiendo que no le corresponde a la burocracia estatal definir qué identidades son aceptables o no, que esa actitud paternalista no tiene espacio en una sociedad que respeta la libertad, individualidad y proyectos de vida de sus ciudadanos.

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