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Braga

Historias de Sábanas

Estrellados

por Dablín

5 noviembre, 2017

Estrellados

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No había dormido en toda la noche y no le parecía malo.

Su cama era un lío de sábanas y de cuerpos, el suyo y el del chico lindo de pecas que se le había ofrecido como corderito de sacrificio la noche recién pasada.

Le encantó como sus crespos estaban regados por la almohada. Recién se había dormido a su lado y había caído en un ronroneo profundo. Estaba medio encima de ella, destapado, con todo su arsenal descansado sobre uno de sus, muy bellos y peludos, muslos y no le molestaba el panorama.

Era guapo, era joven, era tremendo en la cama y no lo parecía.

De hecho, cuando le abrió la puerta de su camerino no tenía mayores expectativas. A lo más pensaba usarlo para un rato de besos subiditos de tono y luego lo despacharía con una sonrisa y un autógrafo en el pectoral izquierdo. Jamás creyó que era un semental de largo aliento disfrazado de angelito resfriado.

Ella, que se creía la más avezada en asuntos de alcoba, había aprendido más de una cosa en brazos de ese macho con olor a leche que combinaba muy bien con sus sábanas nuevas.

Intentó dormir pero no estaba acostumbrada a compartir la cama. Solía hacer de las suyas en el sofá ultra cómodo de su camerino y nada más. A su departamento nunca jamás llevaba hombres. Pero esa noche, con ese bomboncito, las cosas habían sido realmente diferentes.

Él entró a su camerino y se presentó formalmente. Le contó a boca de jarro que por ella abandonaría el veganismo, el celibato y la soledad, que ella con su cabellera escarlata y su voz de terciopelo, era una estrella de verdad y de eso, él sabía mucho, porque era astrónomo y las miraba, analizaba y evaluaba para vivir, pero que a ella la admiraría por el resto de su vida.

Jamás se esperó esa declaración tan sencilla, romántica y sincera y se fue entregando a la jugarreta que el destino le había plantado delante.

Él tenía un par menos de años, menos experiencia, menos fortuna y menos recorrido que ella. En fin, tenía menos de todo, excepto de ganas de aprender y experimentar. Y fue así que entre besos, carcajadas, caricias y otras cosas, llegaron a su departamento y junto al sostén, perdió las ganas de dormir sola y la soltería.

 Hizo la posición invertida cuando él se lo insinuó y descubrió que patas arriba, el orgasmo era muuucho mejor. Aprendió que los verbos lamer, morder y succionar tenían infinidad de variaciones a la hora de amar y que una naranja reemplazaba muy bien a una frutilla.

Y ahí estaba, a las diez de la mañana, pensando qué darle de comer al astrónomo de manos ardientes que conocía la teoría del Kama Sutra al revés y al derecho y que tenía unas ganas locas de ponerlo en práctica con ella.

Se dejó llevar, se dejó guiar y sorprender por ese hombre diferente que, desnudo, lucía igual a todos, pero que no lo era.

Hizo la posición invertida cuando él se lo insinuó y descubrió que patas arriba, el orgasmo era muuucho mejor. Aprendió que los verbos lamer, morder y succionar tenían infinidad de variaciones a la hora de amar y que una naranja reemplazaba muy bien a una frutilla, cuando uno quería ponerle sabor a una relación.

Ella, que amaba las luces sobre su cuerpo, entendió eso de que a oscuras se agudizan los otros sentidos y casi explota en un orgasmo desconocido cuando él apagó la lámpara y la descubrió con la lengua y las pestañas, quitándole la arrogancia sexual y la soberbia sensual.

Lo que más le gustó fue que no huyera cuando las cosas habían terminado y le encantó no tener ganas de echarlo antes del amanecer. Al contrario, quiso conservarlo como si fuera una mascota excepcional.

La embrujaron las promesas que no le hizo cuando sus manos la recorrieron por enésima vez y la embrujó que se durmiera con sus pies enrollados a los suyos, llamándola estrella de la mañana y lucero del alba.

Y al parecer, a él le fascinó lo que ella podía hacer con ese cuerpo para el pecado que la vida le había otorgado, aunque le pareció que con él, lo que hacían no era pecado, sino amor y del bueno.

Mientras lo miraba dormir, empezó a fantasear con tenerlo más de una mañana a su lado, con ese mismo respirar tranquilo, con esos abanicos de pestañas y las pecas juguetonas en su nariz, y por sobre todo, con esos labios delgados que hacían maravillas al besar su cuello, o cuando se resbalaban por su columna desperdigando mordiditas insolentes.

La conquistó cuando se agachó y la llevó a brincar sobre nubes rosadas de melcocha. Ese había sido el momento cúlmine del aprendiz de aventurero nocturno.

Él era honesto hasta la ridiculez, era divertido y tenía el aguante de un toro, porque sólo se permitió descansar cuando estuvo seguro que ella estaba satisfecha.

Traviesa, se mordió los labios y se untó un dedo en la boca. Lo llevó al oído del durmiente, una broma aprendida en su mimada niñez. Él no se sobresaltó ni se ofendió, le tomó la mano y le besó los dedos, le acarició el cabello y con sus pecas muy atentas, le pidió permiso para estar a su lado todo ese día.

Se le quedó mirando y le preguntó qué tenía planeado hacer el resto de su vida, él sonrió y ladeó la cabeza, le contestó que si ella quería, se quedaría a su lado haciéndola feliz, porque le gustaba mucho cómo se reía cuando llegaba al orgasmo y cómo se sentía él cuando la miraba.

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