Capítulo 13: No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, me pasó por caliente - El Mostrador

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Historias de sábanas

Capítulo 13: No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, me pasó por caliente

por Conti Constanzo

1 octubre, 2017

Capítulo 13: No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, me pasó por caliente

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Segundos, minutos, horas, no sé cuánto tiempo ha pasado, pero ni en mi mejor sueño imaginé despertarme así. Un brazo cálido envuelve mi cintura y su respiración es tan relajada, que incluso puedo escuchar el latir de mi propio corazón.

Esto es un sueño hecho realidad.

-Mauricio… -susurro lento y despacio para no sobresaltarlo, pero apenas me muevo, él atrapa mi espalda.

-Repítelo -dice con una voz suave y aterciopelada, pero que no deja de ser una orden solapada…¡y ni siquiera ha abierto los ojos!

Suspiro desde lo más profundo de mi alma, siento la imperiosa necesidad de tocarlo y, aprovechándome de la oscuridad que me dan las cortinas, lo beso tiernamente en la barbilla y comienzo un reguero de pequeños besitos, que tienen como finalidad llegar a su oído.

Porque, como dice mi amigo Carlos Pinto, una idea ya comienza a fraguarse en mi interior, ¡y…me encanta!

-Beatriz -susurra en un tono ronco, que me indica que todo en su interior está despertando y pienso aprovecharme de la situación. Tomo su mano y comienzo a bajarla por entre medio de mis senos y, aunque sus dedos intentan detenerse en ese punto, sigo manejándola hacia el sur. Costabal niega con la cabeza, pero no habla y, cuando respiro en su oído, tiembla. Lo que siento es tan intenso, que no sé cómo definirlo con exactitud.

Nunca antes había sido tan descarada, aunque claro, con este hombre hago cosas que jamás imaginé. Mientras me voy acostumbrando a la oscuridad puedo ver la intensidad de su mirada y estoy segura de que sabe lo que quiero que haga, pero yo quiero ir más allá, quiero pedírselo en voz alta.

-Quiero acabar así.

A pesar de la poca luz, puedo ver su cara, una mezcla de sorpresa y de satisfacción. Su mandíbula se tensa y su mirada, simplemente, me quema. Como no soy capaz de verlo, cierro los ojos y espero que me diga lo que sea, incluso que me encuentre una descarada. Pero lo que hace es un movimiento digno de Tomás González, que lo deja sobre mi cuerpo.

-Mírame… -y aunque no lo hago de inmediato, doy un salto cuando siento su lengua, que quema mi estómago, ese calor y esa humedad que me anuncian lo que vendrá ahora. Me hace temblar. La combinación de su boca sobre mi cuerpo y la lentitud con que lo está haciendo es irreal y cuando llega a ese punto, separa mis piernas, que en un principio se resisten, ¡menos mal que les queda algo de cordura! Poco les dura, ahora facilitan el trabajo.

Me muevo un poco para sentarme y así resistirme en algo, pero su mano dominante sobre mi pecho me indica que la batalla está perdida. Nuestras miradas se encuentran en la entrega más grande, más pura y más verdadera que un ser humano puede darle al otro, esa que dice mucho más que un permiso, esa que indica que todo irá bien, ese “sí” lento y pausado que le da la bienvenida a su lengua húmeda y hábil.

-¡Así cualquiera quiere despertar!

Mauricio se ríe con esa maravillosa sonrisa genuina que tan poco veo y, a continuación, lame sus labios y yo, simplemente, vuelvo a temblar. Baja su mano y me abre para él y con un solo movimiento ya estoy entrando en la gloria. Estar así es increíble, nunca habíamos estado en una cama y menos en esta posición, nadie nos apresura, ni siquiera el tiempo nos apremia. Besa cada centímetro al mismo tiempo que me chupa y tira con sus dientes. ¡Dios! Siento que voy a explotar. Jadeo despacio, gimo más fuerte y su intensidad también aumenta.

-¡Mauricio! -chillo cuando siento que me succiona literalmente hasta el alma, pero es como si le gritara al viento, o a un sordo, él sigue ensimismado en lo suyo.

Durante varios segundos sigue en la misma, hasta que de pronto siento que ya no puedo más y aunque intento pensar en otra cosa, sé que en cosa de milésimas de segundos voy a caer en un limbo de sensaciones y por primera vez me siento tan expuesta, que me voy a estrellar.

-No aguanto más -es mi más sincera confesión y en respuesta a eso recibo un par de embestidas más fuertes. Sus manos se aferran aún más a mis caderas y así, sin más, me estrello en mi propio placer, en un cúmulo de espasmos que me recorren sin darme tregua y, cuando al fin creo que voy a respirar en paz al detener su lengua, Mauricio me abraza y ahora son sus dedos los que continúan con mi placer. Me dice palabras de grueso contenido erótico, “que si quiero más fuerte”, “que le gusta mi sabor”, “que lo disfrute”, “que le gusta ver mi cara”, pero cuando me dice que me quiere más que la cresta, quiebra la última barrera que tengo en mi corazón y sé que, después de esto, ya nada volverá a ser como antes.

Con un beso apasionado termino de caer, esperando que mi respiración se normalice para poder hablar. Mauricio me mira atentamente y susurra:

-Te quiero -repite acariciándome el pelo y comienza a bajarse el pantalón y esta vez soy yo la que lo detengo.

Tomo aire, cierro los ojos y murmuro:

-Aunque créeme que quiero más, tengo que irme, está amaneciendo y qué va a pensar Carmen.

-¿De verdad te vas?.......   -pregunta incrédulo, -quiero estar contigo

-Mauricio, no puedo quedarme, está amaneciendo -le recuerdo, apuntando hacia las cortinas, pero no le importa, me agarra del brazo y me tira de nuevo a la cama. Atrapa mi cara y me da el primer beso de los buenos días, y como si eso fuera poco, su mano comienza a bajar por mi cintura, y como ya sé a dónde va, con decisión aparto su mano-. De verdad que no puedo y antes de que digas algo -porque ya lo veo venir-, no te enojes ni arruines esto tan bonito que ha pasado. Sé un buen niño, pórtate bien y te daré un premio -sonrío levantándome rápidamente.

Camino directamente a la puerta sin siquiera mirarlo, porque sé que está enojado, incluso siento su respiración agitada y, justo cuando estoy a punto de salir, escucho:

-Señorita Andrade, está de más decirle que queda eximida de cualquier actividad extrema que tengamos hoy, si no…

-¿De verdad hay una advertencia, Mauricio? -pregunto asombrada por el cambio de humor en sus palabras en cosa de segundos.

-De la puerta hacia afuera, señor Costabal para usted, señorita Andrade.

-Oh… -me mofo girándome-, muy maduro de tu parte. Creo, Mauricio -recalco su nombre-, que debes decirle a Carmen que te pida una hora al oftalmólogo, sufres de “presbicie”.

-¿De qué sufro, según tú? -ladra enojado, sentándose como indio sobre la cama, y así con el torso desnudo se ve adorable.

-Ah, bueno, ir a un colegio particular no te enseñó tanto -respondo poniendo la mano en el pomo-, “presbicie” es una enfermedad a la vista que le da generalmente a los mayores, creo que es lo que tienes tú, porque como ves, aún estoy dentro de tu habitación.

-Y claramente a ti -responde defendiéndose con una sonrisa de suficiencia-, el colegio con letra tampoco, se dice: Presbicia y es una anomalía al cristalino que impide ver bien de cerca.

Achino los ojos con rabia sin importarme nada.

-Bueno, presbicia o como sea que se llame dudo que tenga Pablo, porque como es más joven que tú –suelto y salgo de la habitación imaginándome las mil y una cosas que debe estar pensando, pero que se joda, una E o una A da exactamente igual, porque está claro que entendió el concepto.

Mientras me voy riendo por el pasillo choco de frente con calienta Jose.

-Tu habitación no queda hacia el otro lado, ¿y en otro piso?

-Sí…sí. -¡Mierda!-. Es que me perdí -miento patéticamente, lo sé y lo sabe, pero sin darle más tiempo a esta conversación, apresuro el paso y me voy directo a dormir. Menos mal Carmen ni se da cuenta, me acuesto y espero a que amanezca.

A la hora del desayuno le cuento a todos mis compañeros lo ocurrido ayer en el río, soy el florero de la mesa, pero sin mala intención. Estoy tan metida en la conversación, que ni cuenta me doy cuando entra el ahora señor Costabal, acompañado por supuesto de calienta Jose, quien, apenas él se levanta a la mesa del buffet, lo sigue. Me bebo rápidamente el café para poder acercarme, pero es imposible, Raúl, que ahora parece esclavo por la culpa que siente, se levanta y va por él. Con eso se desvanece mi oportunidad de un buenos días, ¡y tantas ganas que tenía!

Cuando acabamos todos nos levantamos y caminamos a una nueva charla motivacional o como quiera que se llamen.

La sala de reuniones es la misma del día anterior, con la diferencia que ahora están nuestros jefes en la puerta dándonos la bienvenida. Don Agustín comienza entregando unas carpetas, luego la jefa de recursos humanos saluda afectuosamente a todos, hasta que cuando llega el turno de Costabal, él solo estira su mano, ¡y además como si le costara! Cuando es el turno de Raúl, ni siquiera lo mira, y eso sí que me molesta. Avanzo lentamente, abrazo al súper jefe, le doy la mano a la mala jefa y quedo frente a Mauricio, que me da una mirada gélida que me hace estremecer.

-Buenos días, señorita Andrade -pronuncia lentamente y muy protocolar, como si no hubiera pasado nada nunca entre nosotros-. ¿Tiene sirviente personal?

Arrugo la frente y niego con la cabeza porque no entiendo a qué se refiere.

-No.

-Entonces -dice acercándose muchísimo a mí, produciéndome un sinfín de sensaciones, cual de todas menos decorosas-, ¿por qué Raúl le lleva café y tostadas? ¡Si usted tiene manos y pies!-gruñe esto último creo que un poco fuerte porque ahora la calienta Jose nos mira con demasiada atención.

-Porque…

-Luego me darás las explicaciones -me corta, suelta mi mano y me veo obligada a avanzar porque estoy haciendo taco. Pensé en sentarme adelante, como ayer, pero me niego a darle en el gusto al muy cabrón, así que me voy directo hacia atrás donde me esperan mis compañeros, entre esos Raúl.

Comienza la charla y no vuela una mosca, y la verdad es que es tan interesante que me quedo atenta escuchándola y así se me pasan las dos horas como si hubieran sido sólo cinco segundos. Mauricio no me mira ni una sola vez, en cambio sí lo hace muy seguido nuestra jefa.

Justo cuando estamos en el break y me estoy tomando el primer café, se acerca Carmen y me dice:

-Beatriz, María José y don Agustín quieren hablar contigo.

Raúl me mira sin entender nada, y cuando da un paso junto a mí, con la mano le pido que se detenga, no es necesario que se siga inmolando por el asunto del bote.

-No sé qué quiere decirte don Agustín -sigue diciendo Carmen-, pero todos sabemos que el incidente de ayer no fue tu culpa.

Yo asiento con la cabeza, porque lo que en realidad me está comiendo los sesos es otra cosa, ¿no será que calienta José sospecha algo entre Mauricio y yo y se ha ido de “tarro” con don Agustín? Niego con la cabeza para no pensar en eso y no ser una mina “pasada a rollo” y me repito a mí misma como un mantra mientras camino y Carmen habla no sé qué a mi lado.

Beatriz Andrade, esto es la vida real, no una novela. Beatriz Andrade…

Oh, oh…, cuando levanto la cabeza, veo a la jefatura completa reunida, y a María José con una sonrisa de oreja a oreja. Mauricio al verme da un paso, pero es la mano de esa yegua que lo detiene, y el gran jefe es el primero en acogerme.

-Beatriz -me dice con amabilidad-, ¿cómo te encuentras hoy?

-Muy bien, señor, ayer fue sólo el susto.

-Y un accidente -concluye por mí el señor Costabal, sorprendiéndome gratamente.

-Lo sabemos, Mauri. -¡Mauri! ¡Le dice la muy yegua! Tomándole el brazo-, y por eso creo que lo que necesita es descansar.

-He descansado -suelto de improviso- aunque no sea verdad, ya que si fuera Pinocho mi nariz mediría dos metros.

-Pero no lo suficiente -habla con arrojo-, por eso hemos decidido que vuelvas a la ciudad, Beatriz. Agustín está de acuerdo, creemos que será lo mejor.

-Pero…

-Oh, no te preocupes, hija, lo que queda de jornada será solo de actividades al aire libre, y María José ha pensado que lo mejor es que regreses a Santiago y el lunes te reincorpores a la oficina.

-¿Y cuándo pensabas informármelo, María José? -comenta el señor Costabal mirándola furioso-. Porque su jefe directo soy yo.

-Exacto, su jefe, Mauri -responde y creo que hay algo subliminal en sus palabras. Maldita sea esta mujer, ¿Qué es lo que se propone?-, y como le mande un correo a don Agustín y él está de acuerdo…

-¿Y no pudiste mandarlo con copia? ¿O enviarme un mensaje al celular?

-Fui anoche a tu habitación, pero no estabas -dice sin cortarse ni un pelo y yo parpadeo anonadada.

-Señores -pone freno don Agustín-, no perdamos el tiempo discutiendo una decisión ya tomada -, y mirándome a mí con esa sonrisa amable que posee, continúa-, ve a alistar tus cosas, el transfer ya debe estar por llegar.

-¿Transfer? -interroga ahora con una mezcla de asombro y cabreo el señor Costabal.

-No pretenderás que la dejemos en un bus en el pueblo y se vaya sola -se mofa la yegua.

-Puedo llevarla yo, soy su jefe directo, y, en un par de horas, volver.

-¡Mauri! -vuelve a chillar “esa”-, ¡es una excelente idea! Voy a arreglarme y te acompaño.

-¡No! -chillo un poco más fuerte de lo debido-, no es necesario que se tomen ninguna molestia. Voy por mis cosas y me iré en el transfer.

-Señorita Andrade –Cierra los ojos un segundo-, quiero hablar con usted un momento.

-Lo siento, Mauricio, ahora te toca exponer -explica don Agustín, y con eso sé que será imposible despedirnos, así que hago lo más sensato en esta situación, le doy la mano a cada uno de ellos y le agradezco la estadía, luego de eso me voy a las habitaciones acordándome de cada uno de los familiares de la yegua peliteñida.

Veinte minutos después estoy en la recepción del hotel esperando como la niña buena que no soy, hasta que de pronto siento como alguien se abalanza por mi espalda y me hace girar.

-¡Para! -chillo muerta de la risa al saber que no puede ser otro que Pablo.

-¡Para! Pero que mal recibimiento, si hubiera sido el estirado de tu jefe hasta te pones de rodillas, o… -se queda callado un segundo cavilando si seguir o no-, ¿lo hiciste ayer?

-¡Pablo! -lo reto enérgica-, que comentario más desubicado.

-Vamos, pero es que después de tan bonita declaración era lo menos que se merecía el hombre, al menos yo lo hubiera exigido así.

Respiro un segundo para calmarme, sé que no lo hace de mala intención, pero prefiero mantener mi vida sexual solo para mí.

-Escúchame -me acerco a su oído-, aquí nadie sabe lo del señor Costabal y yo, y así debe quedarse.

-Tranquila, eso me lo imaginaba, hay una extraña política en las empresas de no confraternización entre empleados.

-Exacto, y la mía la posee.

Asiento con la cabeza hasta que él se da cuenta que mi maleta está en el suelo.

-¿Qué pasa?

-Me devuelvo a Santiago. El paseo se ha acabado para mí.

-¿Y eso? -pregunta sentándose y me hace un gesto para que salgamos de la recepción y así podamos conversar tranquilos.

-Bueno, según la jefa de recursos humanos lo mejor será que descanse en mi casa.

-¿La pechugona es tu jefa?

Vuelvo a asentir con la cabeza.

-Madre mía, Beatriz, si esa hasta tiene cara de caliente y creo que a tu señor Costabal lo persigue como perra en celos. –Se queda un momento en silencio hasta que agrega-. Que lástima que se haya acabado el reality de parejas, aquí tenemos el trío completo, hasta con jote incluido.

Justo cuando le voy a responder llega mi transfer a buscarme.

-Bueno, me tengo que ir.

-Te acompaño, así me dejan en el pueblo y seguimos conversando un poco más. Me encantan las mujeres que no me dan bola.

-¿Te recojo el ego? —digo agachándome en forma de pantomima y le entrego algo, y él me sigue el juego poniéndoselo por la cabeza en forma de temblor.

-Listo, vuelvo a ser yo -responde dándome un beso en la mejilla que me hace sonreír. Es tan fácil jugar con Pablo, y sin esperar a que me suba, ya está arriba abriendo la ventana.

Cuando estoy dando el ultimo vistazo a este lugar que me ha traído tan buenos momentos, y malos también, de pronto lo veo a lo lejos, acercándose apresuradamente.

Por un par de segundo en que nos miramos nos invade un silencio incómodo. Hasta que ambos al mismo tiempo tomamos mi maleta y cuando nuestras manos se juntan esa corriente nos recorre a los dos.

¡Dios! Esa mirada que siempre tiene cuando quiere expresar algo y no lo dice hace que mi alma se vaya al suelo porque no tengo ni la más mínima idea de lo que piensa hasta que lo entiendo todo.

-Y yo que pensaba que viajarías sola -me recrimina achinando los ojos-. La van está pedida sólo para un pasajero, señorita Andrade.

Juro por todo el universo que en este momento unas ganas locas de partirle la cara me están invadiendo.

-Ten cuidado, Beatriz.

-No me amenace, señor Costabal. Y no diga algo de lo que después se pueda arrepentir.

-¡Mujer! Sólo te estoy diciendo que te cuides en el viaje, no te estoy amenazando, ¿pero quién crees que soy?

-Bueno, yo… -titubeo y sé que estoy poniéndome colorada como un tomate.

Él sonríe con arrogancia y cuando termina de meter mis maletas bajo la atenta mirada de Pablo agrega:

-¿Por qué siempre crees que soy un cabrón?

-Porque la mayoría del tiempo lo eres.

Otra risotada y con eso apoya su mano en el vidrio muy cerca de mí solo para que yo lo escuche. Mi corazón comienza a latir desbocado con su proximidad, su olor, su cuerpo, todo nubla mi razón, mierda, Beatriz, ¡compórtate! ¡Es sólo un hombre!

Carraspea sacándome de mis pensamientos más lujuriosos y me da la mano para ayudarme a subir. ¡Sí,es un caballero!

Cuando estoy sentada, y ya se ha asegurado de ponerme el cinturón de seguridad,murmura muy cerca de mis labios:

-Llámame cuando llegues, nos vemos el lunes.

Asiento igual que las figuritas de los taxis, de arriba abajo.

-Y si no fuera mucho pedir, ¿te puedes cuidar?

-Sí…sí.

Dicho eso cierra la puerta, le da dos golpecitos a la ventana del transfer y este comienza a avanzar. Yo me quedo mirándolo hasta que al dar la vuelta nos perdemos de vista, el tiempo que compartimos juntos sirvió para aumentar, al menos, mis sentimientos.

-Cambia esa cara, mujer, ¡que lo veras el lunes!

Con esas simples palabras, Pablo hizo que me olvidara de todo, al menos hasta que llegamos al pueblo.

Una vez en mi casa me doy cuenta de que no tengo el número de Mauricio, resoplo un par de veces porque ya imagino la que se me va a armar el lunes y en vez de tirarme en la cama, cosa que tengo muchas ganas de hacer, le mando un whatasapp a las chicas. Necesito desahogarme y qué mejor que hacerlo con ellas.

*Estoy de vuelta, hoy cena en mi casa!!!

                                                           14:30

La primera en responder es Paula.

*¿Todo bien?

         14:31

*Qué haces en Santiago?

                               14:32

Leo que dice Claudia, y el silencio de Fran me asusta.

*Si estás en Santiago levanta el culo y nos juntamos en la plaza Italia, hay marcha de NO + AFP

                                                                                                                                                            14:34

Me agarro la cabeza a dos manos, no porque no me parezca la consigna de la marcha, sino que por primera vez no tengo ganas de ir a marchar, por alguna razón quiero estar en mi casa, literalmente encuevada.

Como me demoro un poco en contestar, el whatsapp vuelve a sonar poniendo un signo de interrogación y aparece escribiendo…

Sé que todas estamos atentas al papiro que pondrá Fran, y estoy segura que los dardos serán para mí, hasta que leo.

*A qué hora en tu casa? No pusiste horario.

                                                               14:37

Mi boca se abre en una perfecta “O” porque no creo lo que leo, y es Paula la primera en responder.

*Fran, ¿tú estás bien o te golpeaste la cabeza?

                                                                  14:38

Dios, Fran escribiendo de nuevo, y este sí que va para largo, hasta que pasado unos minutos se lee.

*No me he pegado en la cabeza, es más, creo que ustedes sí, o no se dan cuenta que es sábado y que Beatriz ha llegado un día entero antes, y que en vez de pedirnos que vayamos a un bar nos está invitando a cenar ¡¡¡a su casa!!! Eso sólo puede significar dos cosas, la primera es que el HDP le hizo algo y por eso se ha devuelto, cosa que no sería rara en un cabrón como él. Y segundo, que ha pasado algo más grave y que la señorita no nos ha contado por teléfono, por eso nos quiere a todas reunidas. Esta vez, de corazón espero equivocarme y escuchar que todo es culpa de Costabal. Y por último, habrán más marchas a las que asistir, pero las amigas estamos cuando nos necesitamos mutuamente, y si Beatriz nos necesita, ahí tenemos que estar… ¡¡¡qué se creen que soy!!!

                                                                                                        14:40

Madre del amor hermoso, juro por el universo que mi corazón está latiendo desbocado dentro de mi pecho. La Fran es la raja, no sólo como amiga, ¡sino que como mujer también!

*Te quiero, mil.

               14:41

*Y yo mil de millones.

                      14:42

Pone Paula y a continuación es el turno de Claudia.

*¡¡¡También te quiero muchísimo!!!

                                                 14:43

*Dejen de decir idioteces que suena a que somos un grupo de lelas, y como si eso fuera poco, solteras, y yo ya llevo mucho así.

                                             14:44

Ahora me aprieto la guata riéndome de Fran, sé que la sensiblería no es lo suyo, lo de ella es ir por el mundo como una auténtica guerrera, aunque por dentro sea un corazón de abuelita.

Nos despedimos y quedamos de juntarnos a las siete de la tarde, así que me pongo a cocinar cositas ricas para picar.

Cuando llegan las chicas todas nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en meses, y así como hacemos siempre nos ponemos a conversar de todo y de nada mientras estamos todas sentadas en el suelo alrededor de la mesa del living comiendo.

Cuando me preguntan por qué he llegado antes, les suelto de golpe y sin pensarlo al igual como se toma el tequila, todo lo que pasó.

En un principio, me dicen de todo menos bonita hasta que las aguas se van calmando cuando llego a la declaración del señor Costabal.

-¡Wow! -exclama Paula-, jamás me lo hubiera imaginado de ese cabrón.

-Ni yo -prosigue Fran-, creo que esta vez me tendré que morder la lengua.

-Yo sí -afirma Claudia-. Pero esto sólo confirma algo que no me gusta nada.

-Dime -la apremio, cuando Claudia se sienta en el sillón y pone esa expresión seria. Me da pavor.

-Costabal es un cabrón y eso no va a cambiar.

-¿Pero que no escuchaste la declaración tan bonita que hizo? -le discute Paula.

-¿Y tú la escuchaste bien?

-Todas la oímos, Claudia, cuál es tu punto -pregunta ahora Fran, sentándose también en el sillón, cosa que me gusta todavía menos.

-Mi punto es que Costabal quiere cambiar a Beatriz, quiere amoldarla a algo que no es para presentársela a su hija y eso no me gusta, cuando uno quiere a alguien lo hace con sus virtudes y defectos, y lo que él quiere es mostrarle otra Beatriz a su hija, una mujer diferente, quiere que cambie, y eso no me parece ni me gusta.

-No lo había pensado -comenta Fran mascando un apio-, y está claro que celoso será siempre, eso tampoco lo va a cambiar, él es un hombre que no aprende lecciones, si no la aprendió cuando se murió su mujer, ¿por qué lo va a hacer ahora contigo?

-Bueno -empiezo a decir un tanto incomoda por enfrentarme al pelotón de fusilamiento en pleno-, estamos recién comenzando, hay que ver qué pasa con el tiempo, puede que esto resulte, o que no, ¡démosle una oportunidad!

-¿El beneficio de la duda? -pregunta Paula que ahora también está sobre el sillón.

-Llámenlo como quieran, pero yo confío en el señor Costabal…

-¿Señor Costabal? -me corta Fran-, ¿qué? Esto es una relación de amo y sumisa, porque si no es así empieza a decirle por su nombre, no es tu señor, ¿estamos claras?

-Confió en Mauricio -me corrijo yo misma-, y quiero ver qué es lo que va a suceder entre nosotros.

-Y en la oficina, ¿qué va a pasar?

-Bueno, ahí nadie se puede enterar.

-De mal en peor -suspira Claudia-, y con eso sé que ninguna de las chicas está de acuerdo con esta seudo relación, o lo que sea, así que decido cambiar el tema y como siempre hacemos empezamos a arreglar el mundo. Claro, con un par de cervezas todas somos expertas economistas mundiales.

El domingo se me pasa volando, y como hace mucho tiempo que no hago me voy a la peluquería a hacerme un cariñito en el pelo, y a eso lo sumo la compra de una blusa nueva que voy a estrenar precisamente mañana para ir a trabajar.

Suena el despertador y me levanto feliz, ni siquiera tomo desayuno, sólo quiero verlo, porque la verdad es que anoche tenía la secreta esperanza de que tocara mi puerta, pero claro, eso no sucedió y me imagino que tenía que llegar a su casa junto a su hija, aunque una desviadita no le hubiera hecho ni tan mal a él ni a mí, pero bueno, eso no sucedió.

Apenas entro a la oficina, Carmen me indica que el señor Costabal está esperándome en su despacho y eso me llena el alma. Saludo a Raúl, recibo el queque que su señora me ha enviado y, dejo mis cosas en mi puesto. Justo cuando voy caminando a su encuentro, lo veo con el ceño fruncido parado al lado de Carmen, y cuando me ve, dice:

-No me pases llamadas -Me hace pasar a su despacho sin siquiera saludarme, me molesta, pero a pesar de eso no puedo evitar darme cuenta de lo bien vestido que viene esta mañana.

-Aún espero tu llamado, Beatriz.

-No tengo tu número de celular -me disculpo, pero parece no importarle mucho, pasa por mi lado y se sienta es su sillón de cuero negro.

-Siéntate -me ordena en modo cabrón.

-Tengo un millón de cosas que resolver, señor Costabal.

-Y yo tengo una junta en quince minutos -ladra de vuelta-, pero debemos resolver un par de puntos.

-Entonces usted dirá -le digo y cruzo las piernas. En ese momento se levanta de la silla y se sienta en su escritorio frente a mí, incluso nos rozamos con las piernas sin llegar a tocarnos.

-Sólo quiero que cuando te pida algo seas capaz de cumplirlo, pero visto que no tienes mi número de teléfono creo que debo disculpar tu falta.

-¿Disculpar mi falta? -boqueo como un pez un par de veces.

-Sí, y ahora quiero que me saludes como corresponde.

-Pues a eso esperarás sentado -digo echándome hacia atrás al momento que me bajo la falda, porque sé dónde está mirando-. Estás siendo un redomado cabrón.

-Puede que no te guste la forma, pero estoy siendo totalmente sincero con lo que quiero como persona adulta.

-Yo también soy una persona adulta, pero no por eso quiero que me trates como si fueras mi dueño.

El señor Costabal levanta las cejas.

-Ya está, déjalo que no lo entenderás…

-¿Terminaste? –me pregunta tomándome de la muñeca justo en el momento en que me estoy levantando.

-No dejaré que te vayas sin mi beso de buenos días, y tampoco voy a disimular ni mi excitación ni las ganas que tengo de ti porque desde hace dos días que estoy imaginando este maldito saludo de buenos días, y créeme que estoy siendo paciente, porque ni siquiera te he recriminado los cinco minutos tarde que has llegado.

Lo miro con anhelo, amo a este hombre a la vez que lo odio a partes iguales, y sí, también me tienta completamente al pecado, porque sentirlo así tan cerca me fascina, pero la parte cuerda le gana a mi calentura y es la que responde.

-Ni los saludos ni las relaciones se planifican como si fueran un balance o una transacción bancaria, señor Costabal.

-Puedo cambiar en cosa de segundos eso e incluir en tu contrato una visita diaria a primera hora de la mañana para planificar el día, no me tientes, Beatriz.

-¿Es una broma, verdad? -hablo tratando de apartarme, eso sí, no con mucha convicción-, ¿tú te estás escuchando? Suena casi como que tengo el deber de besarte y hacer lo que tú me digas por las mañanas, ¿qué te crees que soy?

Ahora sí que estoy molesta, pero cuando se pone a reír y ese sonido retumba por toda la oficina me pongo furiosa. Esa maldita risa de arrogancia al menos lo hace el de siempre y me permite no sentirme tan vulnerable, a este Costabal sí puedo dominar.

-Te voy a saludar de otra forma cuando me nazca, no cuando me lo ordenes, esa es una regla básica del respeto mutuo.

Al acercarse más a mí ya ha perdido hasta la curva de su sonrisa.

-Tu cara, tu cuerpo, y todo tu ser me envían señales completamente diferentes a las que me estás diciendo. Por qué no cambias de actitud y dejas fluir lo que realmente quieres -levanta una ceja.

-Lo que yo quiero es que me sueltes y que me dejes salir ahora -digo caminando hacia la puerta con decisión y energía, y justo cuando pongo la mano sobre el pomo lo siento ponerse en mi espalda, atrapándome. Y al tenerlo así, tan cerca se me empieza a nublar la cordura.

La energía que proyecta sobre mí el señor Costabal es tanta, que siempre me termina absorbiendo. Lentamente me giro para mirarlo a los ojos y expresarle con la mirada lo que no soy capaz con palabras, porque aunque no lo quiera reconocer este hombre me convierte en una mujer caliente que quiere que le planten un buen beso de buenos días en la boca, y que si viene acompañado de un te quiero, es tanto mejor. Así de bipolar soy.

-Gírate, Beatriz -me ordena con esa voz cargada de lujuria y morbo.

Cierro los ojos, controlando la oleada de placer que me está recorriendo justo ahora y al suspirar huelo ese olor que me vuelve loca. Cuando su cuerpo se pega al mío y siento el primer contacto, la parte salvaje que está dormida me invade porque lo deseo, aquí y ahora, y lo peor de todo, ¡a las nueve de la mañana!

Apoyo la frente en la puerta, y él con cuidado me acerca a su torso todavía más.

-Por qué eres tan complicada -susurra en mi oído-, sólo quería un beso, sólo quería verte, era una broma al igual que tú me la hiciste con Pablo -ahora su mano sube por mi estómago y yo siento su virilidad lista y dispuesta en mi espalda-, ahora sin pensar cosas que no son ni corresponden, gírate y dime hasta luego.

Decepcionada porque me estoy quedando con ganas de mucho más, ese “más” que yo solita me he cargado por pendeja, me giro entre sus brazos, poniéndome en puntillas para quedar a su altura. Él se encorva un poco para quedar a mi altura y la mano que antes subía por mi estómago ahora baja hasta la curva de mis glúteos y pido en silencio que me apriete, porque esta suavidad realmente me está torturando, volviéndome más loca de lo que estoy.

Y su mirada, uf, esa mirada me está quemando y cuando ya no aguanto más suelto:

-Dame un beso de buenos días, Mauricio, dame ese beso que tanto querías recibir.

Por fin me aprieta y me abraza un poco más, me mojo los labios y cierro los ojos preparada para recibir lo que vendrá. Costabal jadea y pega sus labios a los míos con suavidad ejerciendo la presión justa para querer más. Pero cuando siento su lengua, a la mierda la compostura, soy yo la que lo sujeta por el pelo y, con agresividad, comienzo a darle un buen beso, salvaje y excitante a parte iguales. Es tanto lo que ambos sentimos que puedo notar el latir de su corazón. Da dos pasos apartándome de la puerta para que estemos más cómodos.

-Te quiero, y te deseo ahora, no como la señorita Andrade, sino que como Beatriz, mi niña grande y no puedo ni quiero evitarlo.

Un dos tres, listo, derretida completamente y a su merced. Mi cuerpo obedece al suyo y responde sin siquiera tener que escucharlo de nuevo. Siento la piel de gallina y fuegos artificiales comienzan a salir de mi entrepierna,  reclamando frenéticamente unas manos que se tardan en tocarme y llevarme al séptimo cielo.

Apenas soy consciente cuando se mueve conmigo hasta el escritorio y me sienta delante de su silla. Mauricio está besándome tan magnánimamente que ni siquiera me importa la lucha interna que lleva con mi falda que, por la posición, aún no termina de subirse a pesar de la firmeza de sus manos.

Lo oigo maldecir contra mis pantis porque están más arriba de mi cintura.

-Dios, Beatriz, estas pantis son eternas -maldice con la respiración agitada-, menos mal que ya viene el veranos, y antes que todo, te prohíbo que uses short, nada que me dificulte esta tarea -ronronea en mi oído haciéndome reír.

En este limbo de emociones, levanto un poco el trasero para ayudarle en su cometido. Y en premio a esta pequeña ayuda vuelve a bajar la cabeza y de nuevo ataca mi boca con violencia, justo en un punto que está en el límite de lastimarme, excitante, morboso.

Hasta que de repente, se aparta, irguiéndose con dificultad. Me quedo un segundo desorientada, algo está mirando...

¡Cresta…alguien ha entrado en su oficina…!

 

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