Deberían prohibirte por ser demasiado sexy - El Mostrador

Braga

Historias de Sábanas

Deberían prohibirte por ser demasiado sexy

por Dablín

20 agosto, 2017

Deberían prohibirte por ser demasiado sexy

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Su cabellera escarlata onduló espalda abajo al ritmo de la melodía. Sus caderas apenas se movieron en diferentes direcciones pero lo suficiente para que el vegano, célibe, soltero e inocente se acomodara en la silla, la boca se le hiciera ganas y abriera en exceso los ojos.

Ella y su vestido, insolentemente rojo, descaradamente escotado, siguieron el ritmo de la música con una cadencia ardiente, haciendo que la concurrencia agradeciera a Dios por ese milagro y el célibe pensara seriamente en dejar de serlo.

Acomodó su micrófono y el pecado se hizo canción. La virtud abandonó funciones y el más inocente del público le entregó su alma como ofrenda.

La pelirroja se quitó uno de sus guantes con la lentitud que da saberse bella y la ferocidad de quien sabe lo que quiere. Él tragó grueso y se mordió los labios sin disimulo, sus manos sudaban, su cuerpo hervía y la parte de su mente dedicada al deseo, andaba envalentonada. Su amigo puso atención, no a la chica despampanante que hacía de las suyas en el escenario, sí a sus parpadeos inconclusos de nerd virginal.

La canción siguió reptando entre el deseo y las buenas costumbres, y la colorina de tacones encumbró su voz ronca y femenina tan alto que el vegano casi llora.

Era linda…

Era sexy…

Cantaba bien…

Era real…

Era de deliciosa carne y admirables huesos…

Sus caderas volvieron a ondular, esta vez sin pudor y ningún recato. Dio un paso elegante hacia su público y una de sus piernas se rebeló perfecta cuando el vestido cómplice se abrió en sincronía a las palpitaciones del pantalón del vegano.

Ella se giró y él por poco se infarta. Su espalda sólo se vestía con su cabello rojo y dejaba que la imaginación no tuviera que esforzarse. Su amigo, amable, le dio la patada de su vida para que soltara el mantel.

La cantante de ojos casi verdes, casi azules, deslizó suavemente su guante izquierdo y con un gesto obscenamente sensual, armónicamente perfecto, lo mordió y apenas sonrió, la segunda patada le llegó al inocente para que cerrara la boca. Su amigo estaba apestado y profundamente enojado.

Cuando la pelirroja decidió bajar hacia las mesas, él por poco se levanta al igual que las partes adorables de su anatomía, pero su amigo alcanzó a frenarlo y le aceró las cejas para que se comportara.

Ella, dueña de la inmortalidad en una canción, movió la cabeza y le guiñó uno de sus preciosos ojos. El vegano sucumbió al apetito carnal desatado y abandonó su macro-dieta herbívora, prometiéndose que la próxima carne que su boca degustaría sería la suya, blanca hasta el descaro y, al parecer, tan suave que se hacían agua los helados y las represiones religiosas.

Sus labios casi castos agarraron independencia y le envió un beso volador con tal efusivo ardor, que se conectaron las imposibilidades y llamó su atención, ganándose una sonrisa de dientes blancos y otro guiño acompañado de un movimiento prohibido por la constitución del 25.

Cuando la cantante ronca y seductora, expuso su cuello de cisne aristocrático, le robó el corazón y el recato al chico de ojitos amables y pelvis inquieta. Su amigo decidió marcharse para no ver cómo la femme fatale daba cuenta del tarado inocente y simplón.

Al nunca más vegano, poco le importó que lo abandonara su amigo de toda la vida, siguió perdiéndose en las volutas que hacía la voz perfecta de la mujer más bella que sus ojos hubiesen admirado en sus incipientes veintipocos añitos.

El lugar donde has sido feliz se redujo a ese escenario mal iluminado, donde sus fantasías de hombrecito tímido habían tomado forma y le cantaban enfundadas en poca tela roja. Tenía en modo zafarrancho los alrededores del ombligo, le palpitaba el corazón y el pantalón, y ya sacaba cuentas para invitar a ese ángel noctívago a la mejor noche de su vida y tal vez, a compartir para siempre su lecho de algodón reciclado y su vida de bicho raro bien portado.

Ella, azafata en vuelo regular al desacato, se dio cuenta que tenía a otro inocente feligrés atrapado y procesado en sus redes libidinosas y fue perversamente feliz. Otro había caído y ésta vez, era bello como angelito resfriado.

La canción terminó demasiado pronto para su gusto naturista y remilgado, que ya se la imaginaba rodeada de trufas en su cama de sábanas blancas y aroma a lavanda. La diosa de voz y cuerpo inclemente, decidió cazar a ese bello ratoncito de pecas en la nariz y sin avisarle algo a nadie, detuvo sus bamboleos y esgrimió su perfección sólo para él, usando artillería de la más pesada.

Respiró profundo haciendo que su vestido pasara apuros conteniendo a las gemelas más traviesas de la historia. Le dedicó una mirada fulminante que lo hizo sentir desnudo y deliciosamente sacramentado. Lo habían condenado y ni enterado estaba, pero feliz seria el cordero de Pascuas.

Y ella…

Poderosa…

Sacerdotisa de las fechorías candentes…

Poseedora de talentos inconfesables…

Habitante de un cuerpo para el pecado…

Encantadora como bruja buena del sur…

Y por sobre todo magnífica anhelante con la libido berreando en contralto, se inmoló para él, para tenerlo muy pronto en su cama de sábanas negras y almohadas alcahuetes, excesivamente deseada pero jamás visitada, rogando clemencia y entregando todo lo entregable que podía tener.

Hizo surgir de la nada su gran final y sin que él estuviera preparado, se quedó detenida en medio de la inmensidad, la luz la envolvió como la capa de de Venus y su voz aterciopelada fue interpretando una canción a capela como si estuvieran en una cama de sábanas revueltas después de bailar el tango horizontal.

No necesitaba más para ser ella, para cantarle a él, para seducirlo, erotizarlo y dejarlo a punto de merengue como le gustaban sus víctimas.

Él casi termina antes que ella empezara.

Tenía fiebre…

Tenía alucinaciones…

Tenía miedo…

Y por sobretodo, tenía ganas…

Muchas ganas…

Ya no respiraba normalmente…

La admiraba y no podía parpadear, ni gemir, ni aplaudir y menos pensar. Si eso era el amor, quería más y más. Quería sentirse así por siempre, escuchando esa voz que se le había metido bajo la piel y se le enroscaba en las durezas, modelándole el alma a martillazos.

Ahora entendía a su abuelo cuando decía que había mujeres que deberían estar prohibidas porque a uno le volaban la cabeza y lo dejaban jodido. Él no sentía la cabeza, pero nunca antes se había sentido así de embelesado, enamorado y feliz. Si hasta su entrepierna andaba emancipada y sus hormonas saltaban como conejitos inquietos.

Ella se irguió aún más, abrió sus alas imaginarías de ángel caído y volvió a devorarlo con la mirada, anticipándole una vueltita por el paraíso. Y sacando lo mejor de su voz, terminó su canción admirándolo tan lascivamente que él ni se aguantó ni quiso.

Cuando desapareció tras los aplausos, el pobre “futura ofrenda de sacrificio carnal” ya buscaba la salida de artistas para otorgarle su vida a cambio de algo y antes de que alguien lo rescatara del peor/mejor momento de su historia, ella abrió la puerta de su paraíso personal y lo dejó entrar con las peores intenciones rescatadas de Sodoma y Gomorra.

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