Braga

No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe: ¡me pasó por caliente!

Capítulo 8: La pasión y la sorpresa que… ¿lo cambiará todo?

por Conti Constanzo

6 agosto, 2017

Capítulo 8: La pasión y la sorpresa que… ¿lo cambiará todo?

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A diferencia de todas mis otras noches cuando el cabrón me deja así, ésta la siento diferente. No por eso disminuyo mi rabia, pero, tal como mis amigas me habían dicho, yo acepté los términos, es más ¡yo misma los inventé! Así que Beatriz Andrade, no seas la reina del drama, murmuro con una copa de vino en la mano. Y como soy bien mujercita para mis cosas, enumero lo que tengo mentalmente.

Un muy buen sexo. Un muy buen sexo, en realidad, y nuevamente un muy buen sexo, o sea, folloleamos como los dioses del Olimpo, aunque claro, el sr. Costabal está lejos de ser Thor, no sólo porque no es rubio, sino porque hasta él hizo cosas por amor.

Luego de pensar un buen rato, decido irme a la cama, mañana será otro día y con la visita de Andrés seguro andaré un poquito sensible.
Dicho y hecho, pero como dice mi Fran, es preferible tener la visita que lamentarme o correr por las farmacias buscando la pastillita del día después.

Mi oficina es una taza de leche, todos trabajan tranquilos y mi querido psicopático ni me saludó, ¿será cabrón? Pero bueno, decido meterme en las interminables hojas de cálculo y así olvidar. Trabajar, trabajar que el mundo se va a acabar, hasta que de pronto esa voz ronca que sólo sabe mandar se cuela en mi cabeza, y me permito ver cómo le da órdenes a Carmen sin que él se dé cuenta. De inmediato me asalta una oleada de calor, ese maldito traje azul marino le queda a la perfección, su camisa se apega a su bíceps pidiendo a gritos ser descubiertos, de modo que en su conjunto se ve más que apetecible, hasta me lo puedo imaginar quitándose la ropa mientras me mira fijamente. ¡Dios! ¡Sí qué me pone caliente! Dejo de mirarlo y así le quito el rumbo a mis pensamientos antes de que moje mi ropa interior.

En eso estoy cuando Raúl se acerca a mi escritorio con una amplia sonrisa.

-Te invito a almorzar comida china.

-¡En serio! -aplaudo, porque de verdad me encanta y ya tengo hambre.

-Señorita Andrade, puede venir a mi oficina, creo que se equivocó en un informe -escucho que me dice el sr. Costabal.

-¿Cómo?

-¿Es sorda? Tengo un balance erróneo sobre mi escritorio, y da la casualidad de que es cliente suyo.

-Imposible -respondo defendiendo mis derechos, nunca he tenido un error, menos en un balance, de hecho es lo que más me gusta hacer.

-Ahora, señorita Andrade.

Suspiro y cuento hasta tres, y cuando miro a Raúl, él me dice:

-Te espero en el chino de abajo.

-No pierda su tiempo, la señorita Andrade no saldrá a almorzar, necesito el balance ahora.

-¡Ahora!

-¿Se lo repito?

Sin más que agregar, lo sigo fulminándolo con la mirada.

-El balance está incompleto -suelta tirándome la carpeta para que lo vea-. Y las cosas deben hacerse bien. -Me acerco para cogerlo y por más que lo hojeo, lo encuentro perfecto-. Lo quiero ahora, puede terminarlo aquí, desde mi computadora -me dice pasándome el notebook y quitándome la carpeta de las manos, cuando lo hace, siento el roce tibio de sus dedos, y él, en silencio, presiona un poco más. Pero ya va siendo hora que este… hombre sepa qué tan profesional puedo llegar a ser.

Como si nada y con una mirada gélida, empiezo a teclear y a arrastrar columnas de un lado a otro repitiendo las mismas operaciones anteriores en tanto él frunce el ceño mirándome con soberbia desde arriba y aunque tengo ganas de responderle me contengo, además de todo los ovarios me están matando. Hoy odio a Andrés.

-Está cometiendo el mismo error, nuevamente -comenta y con sólo un tecleo borra todo lo que llevo hecho desde hace quince minutos.

-No había terminado, señor Costabal.

-Eso está claro, y así jamás terminará. Su trabajo está incompleto porque le faltan datos, ¿no se dio cuenta?, ¿o es que en el instituto no se lo enseñaron?
Hiervo de rabia ante lo que está claro que intenta hacer, humillarme, pero como dicen por ahí, la venganza se come en plato frío y prefiero no responderle alteradamente.

-Entonces, usted que fue a la mejor universidad, ¿podría explicarme?
Costabal se pone detrás de mí y por sobre mi cabeza comienza a teclear, y de pronto, ante mi asombro abre una nueva ventana con datos que yo jamás había visto, copia, pega y ¡zaz!, un balance completo comienza a formarse ante mis ojos.

-Esto es un balance bien hecho, señorita Andrade -comenta con una mirada deslumbrante-. Un trabajo como corresponde, no como el que me presentó.
Ni la rabia que siento por lo que me dice, hace que me den ganas de discutirle, de verdad que los ovarios me están matando, siento que hasta la cabeza se me está partiendo, y sólo quiero salir y tomarme un ibuprofeno, o dos.

-¿No me va a decir nada? –pregunta con suficiencia.

-Sabe, sr. Costabal, sí, le voy a decir lo que quiere escuchar: mi balance estaba incompleto, pero no malo, me faltaba información privilegiada que usted manejaba, pero por favor, hoy dejemos este jueguito del jefe cabrón hasta aquí.

-Perdón -se exalta abriendo los ojos como plato.

-No soy tonta, esto es lo mismo que con Andrés, pero con Raúl. A usted le encanta tener el control y escuchar conversaciones ajenas, digno de su psicopatía, reconozco que en general termino siendo bipolar y no me importa, pero hoy no por favor, y le agradecería que si ya terminó la lección, me deje salir a almorzar -le digo reuniendo toda mi fuerza porque necesito imperiosamente salir al baño o ponerme a llorar aquí mismo-. Por favor.

Ahora sí que me mira raro, como si tuviera más de una cabeza sobre mis hombros, hasta que dice:

-¿Qué te pasa?

Cierro los ojos, no esperaba explicar tanto, y prefiero cuando él pone algo más de distancia entre nosotros.

-Está bien, no tuve la mejor reacción hace un rato, y no estaba…espiando tu conversación.

Gira mi silla y quedo frente a él, y ahora ya no me mira con arrogancia.

-Está bien sr. Costabal.

-No, no quiero esa respuesta, quiero saber qué es lo que te sucede -y ahora sí que me asombro, su voz es baja, incluso condescendiente, ni siquiera en la intimidad me ha hablado así.

No pensaba decirle que es lo que me pasa, pero escuchándolo hablar así, algo se mueve dentro de mí seguro son las hormonas que hablan por mí.

-Me siento mal, me duelen los ovarios y cuando no como me duele la cabeza -le explico contándole toda la verdad.

-¿Y por qué no te has ido a tu casa?

-¿A mi casa? -pregunto ahora sí que confundida.

-Por supuesto, si te sientes mal, ¿o crees que soy tan cabrón como para no autorizarte a irte?

-No creo que lo seas, lo eres –suelto, pero me arrepiento enseguida, tampoco era para que le hablara así.

-Puedes irte, o mejor aún, puedo llevarte a tu casa.

-Gracias, pero nunca he faltado a mi trabajo por algo que me va a ocurrir una vez al mes por lo menos hasta que tenga cincuenta años, pero sí me gustaría ir a comer algo.

-Únicamente necesitas eso -murmura tan bajo que hasta me tengo que esforzar para escucharlo.

Tengo ganas de decirle que sí, pero no me siento con ganas de mentirle, creo que es la primera vez que tenemos una conversación en su oficina sin gritarnos o decirnos pesadeces.

-No, también necesito un ibuprofeno.

Y en un acto que jamás esperé, pasa su mano por mi pelo y camina a la puerta de su oficina, abriéndola. Me levantó y ahora me mira con mala cara.

-Voy a comer algo y luego le redactaré de nuevo el informe y…

-No -me corta-, voy a buscar un sándwich para que comas, y esa pastilla -comenta saliendo de su propia oficina dejándome con la boca abierta y juro que no sé qué mierda pensar.

Cuando vuelve lo hace con todo lo que pedí. Me trago la pastilla y me devoro el sándwich, luego me levanto y es el momento en que él lo hace también, se acerca y como si le costara besa mi pelo y se vuelve a su asiento.

-Espero que esto no se repita todos los meses, señorita Andrade.

-No se preocupe, sr Costabal -le digo indignada cerrando la puerta, y así pasó mi tarde, si antes estaba confundida, ahora lo estoy más.

A las seis de la tarde, me voy y por fin me junto con las chicas, hoy no soy el centro de atención, ya que Paula tiene un problema con su “amigovio” y todas nos volcamos a aconsejarla. Así se nos pasa gran parte de la noche, hasta que inevitablemente me toca el turno a mí.

-¿Cómo vas en tu folloleo? -me dice Fran, aguijoneándome.

-Bien, las cosas son claras, anoche…

-¡Anoche! -chilla Clau.

-Bueno, sí, anoche después de follolear se fue y me dijo que lo hacía para que yo no me fuera a enamorar de él.

-Maldito idiota -me defiende Pau.

-No, no es un idiota, todo lo contrario, es muy inteligente -comienza Fran-, este es como el juego del gato y el ratón, y tú tienes que ser el gato.

-En español, por favor.

-Fácil, él es quien quiere tomar la iniciativa, él es quien quiere decir “yo follo cuando quiero y como quiero”. Con eso, tú, que ya sabemos que estás calentita por él, haces lo que él te dice, y si no haces las cosas al revés y no te respetas un poquito más, la cosa siempre será igual.

-¡Me respeto!

-Entonces toma tú el toro por las astas, no te cree la mujer superada ¿y no sé cuántas estupideces más? Pues bien, demuéstraselo a él ¡y demuéstratelo ti también!

-Apoyo a la #Niunamenos.

-Muy bien Paula, y así necesito que me apoyen el domingo, tenemos marcha por los niños del Sename.

-El domingo tengo almuerzo con mis padres.

-La marcha es a las 10:00 tu almuerzo es después, así que las quiero a todas temprano, y con su mejor cara, ¿entendido?

Como siempre, ya estaba todo oleado y sacramentado, y como todos los miércoles ya nos habíamos dicho las cosas a la cara, pero eso sí, “con respeto”.

En la soledad de mi departamento, las palabras de Fran cobran sentido, y si en algo tiene mucha razón, yo debo tomar el toro por las astas y eso es lo que voy a hacer desde mañana. ¿No le gusta ser un cabrón sr. Costabal? Pues bien, yo le voy a enseñar cuán cabrona puedo llegar a ser.

Con ese pensamiento me duermo, y ahora que veo los primeros rayos de sol, mi sonrisa se enancha completamente. ¿Y eso por qué? Porque ahora mis fantasías giran en torno a un cabrón un tanto… especial, pero que sabe mover su cuerpo de forma sublime. Técnicamente tal vez sólo sé la teoría, pero ahora muero por ponerla en práctica y así al fin traspasar ese límite de ficción/realidad. Y ya que tengo que tomarme el toro por las astas… voy a invertir, o mejor dicho, él va a invertir. Porque si a él le gusta el poder, a mí también, y no pienso ser una mujer débil, sino una que al menos haga lo que quiere. Voy a ser la mujer que lo deje con la boca abierta. Ni siquiera voy a correr para llegar justo a tiempo, es más, paso por un café y, como si no fuera solo diez minutos atrasada, me decido por las escaleras. Atravieso la puerta con una gran sonrisa pensando en mi súper idea, hasta que de pronto lo veo. ¡Dios! Qué guapo que es este hombre, hoy va con unos pantalones grises y una camisa a tono, varias ideas se me pasan por la cabeza, pero las descarto inmediatamente.

-¿De dónde viene, señorita Andrade? Necesito ya los balances actualizados de nuestros clientes.

Suspiro porque ya sé que mi mañana será un tanto movidita, y eso solo retrasará mis planes.

-Siento llegar tarde, pero no se preocupe, en un rato se los envío, sr. Costabal, los voy a preparar con Raúl.

-¿Otra vez con Raúl? -dice mirando a mi compañero que está en lo suyo-. En qué quedamos… ayer -ladra y veo como le tiembla el labio inferior, está conteniendo su rabia con esa postura de hombre serio y sereno, en tanto, yo tengo que hacer esfuerzos para no reírme.

-Siempre hemos trabajado en conjunto, no se preocupe -respondo y no sé porque le entrego mi café y veo en él una mirada de sorpresa, y como si eso fuera poco, su estómago ruge de pronto, ¿Qué acaso no come en su casa? –. ¿Desayunó?

Él hace un gesto de cabeza como si le molestaran mis palabras y agrega:

-Como no me tenga los informes para el mediodía y se distraiga en otra cosa, está despedida.

Ahora sí que se me escapa la risa sin poderme controlar, paso por su lado y antes de que empiece a echar humo por la nariz, me siento a trabajar. Se me pasa la mañana volando, y justo dos minutos antes de la una, mando los informes y corro a la salida, tengo una hora para hacer mi propósito, y ni el sr. Costabal me lo va a impedir.

Después de caminar varias cuadras, llego al centro de la perdición, toco el timbre, me abren la reja y luego en el segundo piso me atiende una chica de lo más amable.

-Si necesita ayuda, sólo dígamelo.

La miro con una sonrisa y mis ojos se iluminan al igual como lo hacen los de Gollum cuando encuentra su “My precios”. Yo ya he encontrado el mío, que está perfectamente dispuesto sobre una estantería. Sin perder más tiempo, tomo lo que necesito, se lo paso a la dependienta y le pido una boleta sin detalles, ella me mira extrañada, pero no dice nada. Luego, tan rápido como llegué, me voy. Y antes de llegar a la oficina paso a una paquetería y lo envuelvo en papel café, no quiero que nadie sepa qué traigo.

Así como la mañana, la tarde se me pasa volando y hoy “ni un necesita algo” me dice el señor Costabal, sólo sé que me mira, porque cada vez que voy a conversar con Raúl o con algún otro compañero, sale de su oficina, y claro, no vuela ni una mosca, y aunque me muero de ganas por entrar a su oficina, me contengo. Y así cuando llegan las seis de la tarde me marcho a mi casa, y sí, reconozco que un tanto frustrada. En la mañana, tenía todo planeado, pero ahora, nada, mi plan al traste, al final sí voy a terminar creyéndome un poco bipolar.

¡Viernes! Al fin, último día, sonrío, pero al mismo tiempo mi sonrisa desaparece: dos días sin ver al señor Costabal, y eso porque yo misma le he dicho que no. Suspiro resignada, no tengo mucho más qué hacer.

La mañana es ajetreada como siempre, hoy salimos más temprano, y es cuando mi mente calenturienta piensa en que hoy sí nos podríamos ver.
Definitivo, soy bipolar, y ahora la adrenalina comienza a correr por mis venas, lentamente me acerco hasta donde Carmen.

-¿Hoy tienes que hacerle el cuadre al señor Costabal, verdad?

-Sí, ya lo tengo listo, en unos minutos se lo llevo, ¿por qué?

-Es que tengo un gasto, y me gustaría que me lo reembolsara, toma -le digo entregándole el sobre-. Dentro está la factura.

-Entonces me apresuraré para que te lo reembolsen hoy mismo.

Le respondo gracias y me voy de vuelta a mi escritorio fingiendo que trabajo, porque lo que estoy haciendo es esperar a que ella entre en su oficina, y pagaría hasta lo que no tengo por verle la cara. Carmen sale, empiezan a pasar los minutos mientras estoy tamborileando los dedos contra una carpeta, hasta que suena su teléfono, y luego ella me mira y me avisa con una cara seria que el señor Costabal me llama.

Mi corazón empieza a latir frenéticamente, y estoy segura que hasta los colores de mi cara delatan mi ansiedad.

-Señorita Andrade -dice apenas cierro la puerta-, ¿qué mierda cree que es esto? -anuncia sacando la boleta, enrostrándomela, está enojado, muy cabreado.

-Uf, para ser tan inteligente y haber estudiado en una gran universidad, a veces me pregunto si entró por el llamado a viva voz, y no a la primera. Pero tranquilo —le digo cuando veo que su cabreo ahora es un tanto descomunal. De alguna manera, debo devolverle lo del instituto, aunque no me avergüence de ello-, es una boleta.

-No soy idiota -brama dejando el papel perfectamente doblado sobre su escritorio mientras veo como sus pupilas se dilatan-, ¿por qué tendría que pagarlo yo?

-Porque todo lo que compré en el Sex Shop pienso utilizarlo en usted, entonces creo que es injusto que lo pague de mi bolsillo si el que va a disfrutar es usted, señor Costabal.

Inspira hondo y vuelve a tomar el papel, con la diferencia que ahora se acerca y quedamos totalmente pegados, incluso puedo sentir su erección contra mi estómago. Y a continuación me toma de mi moño, ese que él tanto odia y me obliga a mirarlo. Sé que lo hace para intimidarme, pero extrañamente hoy me siento como la mujer maravilla, ni siquiera me amilano y lo miro decidida. Siento como pasa sus labios por la comisura de míos, y como es un cabrón, en vez de besarme me huele y vuelve a echarse hacia atrás.

-¿A qué quieres jugar, Beatriz?

-Ya lo verá.

-Quiero verlo ahora -ronronea pasando por mi lado en dirección a la puerta para ponerle pestillo-. Tenemos pocos minutos, quítate la ropa interior.
Mis cejas se levantan solas, y este imbécil ¿qué cree que soy?

-Lo siento, este juego no va así.

-Pero es el juego que yo quiero jugar. No se lo voy a repetir.

-Creo que no está entendiendo nada, señor Costabal, mi juego, mis reglas -me mira enfadado, sé que estoy jugando con fuego y en su territorio, pero esta es mi partida, y bajo mis reglas.

-Tiene suerte de que no la tome de ese maldito moño y la ponga contra la pared.

-Oh -me mofo-, me siento alagada entonces, pero resulta que el moñito de vieja, como dice usted, me encanta, y si quiere ver que es lo que tendrá que pagar, lo espero el lunes en la noche.

-No.

Y sin apartar esa mirada que me calienta hasta el alma repite:

-Quítate la ropa interior.

Ahora resoplo, la enojada soy yo y niego con la cabeza. Él suspira y me mira cabreado tirando la boleta al suelo.

-Perfecto, señorita Andrade.

¿Así de fácil he ganado?, me pregunto cuando lo veo sentarse.

-¿Qué sería su perfecto, señor Costabal?

Con ese gesto que yo odio tanto, suelta:

-Cuando decida crecer y hacer las cosas como mujer grande y no jugar a la sorpresa como si fuera una niña de cinco años, vuelva.
¿Pero quién se cree?, pienso enojada. ¿Una niña idiota que babea por él, o que tiene que hacer lo él quiera cuando quiera? Soy una mina adulta, resuelta, y recordando mi propuesta y mis términos respondo:

-Como quiera.

-Cómo quiera qué, señorita Andrade. -Gruñe entrecerrando los ojos, en tanto yo le hago frente intentando parecer fuerte.

-Cuando entiendas -lo tuteo-, que mientras folloleemos somos iguales, y que no eres mi jefe, ni el cabrón pedante que siempre eres, ahí, tal vez, yo decida volver.

Nos miramos retándonos y una tensión cae sobre nosotros, estamos en una batalla que ninguno de los dos quiere perder.

-Me voy -soy la primera en claudicar-, pero jamás pensé que fuera un cobarde.

-No soy un cobarde -murmura.

-Entonces por qué simplemente no puede aceptar lo que estoy proponiendo, debería sentirse honrado, todo será para su propio placer personal, ¿o es que acaso no confía en mí?

-¿Debería hacerlo?

-¡Por Dios, Mauricio! –exclamo, perdiendo totalmente la paciencia-, ¡hemos follado como conejos las últimas semanas y todavía no sabes si puedes confiar! Déjame decirte que para decir que no eres un hombre con trancas emocionales tienes muchas rarezas, no te estoy pidiendo plata prestada, sólo te estoy diciendo la hora y el día para…

-Para que tú juegues conmigo a ser dominatriz -agrega como si fuera un vidente.

-Para que lo pasemos bien -aclaro.

-Perfecto, si no tuviera cosas que hacer hoy, te diría que te veo más tarde en tu casa.

-Dije el lunes, después del trabajo.

Él sonríe y niega con la cabeza, se acerca a mí nuevamente, pone sus labios sobre los míos y cuando voy a quitarme mete su lengua dándome un beso que me deja tonta, así, tal cual, luego retrocede y me dice:

-Creciste en un tiempo record, pasaste de ser una niña a ser toda una mujer, y una que además quiere jugar, estaré en tu departamento a las seis el domingo.
Abro la boca para reclamarle, pero al ver su maldita sonrisa, quiero matarlo.

-No necesitas decirme que tienes planes con tus padres, pero a las seis es más que suficiente, ahora puedes retírate, le diré a Carmen que te transfiera a tu cuenta -me dice volviéndose a ver su computadora, ignorándome-, ah, y si me extrañas el sábado después de juntarte con tus amigas, puedes usar el vibrador que te regalé. Y que no te cobré.

Dicho eso, dejándome con una rabia enorme, se centra completamente en su computador y olímpicamente pasa de mí.

Pero eso no hará que mi viernes se arruine, así que llamo a la única persona que sé está un viernes por la noche y que su panorama será ver un programa de televisión de farándula, un súper panorama para esta noche. Mi Clau. Tras conversar de nada y todo, siento que ya me he mentido demasiado, y estoy a punto de ahogarme, ¿pero… podré decírselo sólo a ella? Debo admitir que estoy aterrada por lo que me pueda decir, pero peor que eso, estoy cagada de susto por tener que contárselo a alguien.

-Beatriz, te conozco hace más de diez años, y esa cara que traes no es de gratis, sin contar con que sé que este programa no te gusta -habla tomándome la mano-, así que o me dices qué te está pasando, o llamo a las chicas.

No me siento preparada en este momento para contarle, así que le hago un gesto con la cabeza y seguimos mirando la tv. Pero media hora después, media botella de champan y la presión estallándome en la cabeza cierro los ojos y antes de que la modelo que está hablando cuente con que futbolista está saliendo le suelto:

-Me gusta más de lo que quiero admitir y no me importa que sea un cabrón porque lo que siento por él no lo entiendo ni yo misma. Lo que sí sé es que lo odio.

Suspira, levanta la copa y se bebe de un trago lo último que le queda.

-Déjame entender algo, lo odias, pero te gusta -asiento con la cabeza-, ya sé que están follando porque nos lo contaste -vuelvo a asentir-. ¿Y no sabes lo que te pasa? -ahora niego y ella respira-. Fácil, Bea, te enamoraste de ese cabrón.

-¡No…! –Murmuro-, te estoy diciendo que lo odio.

-Deja de mentirte, no puedes estar lejos de él y estás perdonándole todo porque te enamoraste, y sabes que te va a cagar porque te lo dijo, pero tampoco te importa porque lo poco que te da, te gusta y lo vas a aceptar.

-Suena a masoquismo puro -reconozco escondiendo mi cara entre mis piernas.

-Increíble lo que puede hacer un buen polvo.

-Más que eso, es intenso, morboso, lujurioso, y…

-No me saques pica que ya entendí -sonríe haciéndome callar.

-¡No te burles!

-No me burlo, es que acabas de sonar como una mujer enamorada, y esto no suena a folloleo de novela, y no de esas que nos gustan a nosotras porque esas terminan todas felices, ésta va a terminar mal.

-Te estás pareciendo al señor Costabal.

-No, Bea, te estoy diciendo la verdad, él no quiere nada serio, disfruta del sexo, ¡claro! Pero de ahí a algo más, lo dudo, es más, hasta se está aprovechando de ti, ¡es tu jefe! ¿Qué va a pasar después?

-No sé.

-Ojo, no te estoy diciendo que tener una relación sólo basada en sexo esté mal, para nada, pero aquí el temita es que es tu jefe, tienes que alejarte antes de que sea demasiado tarde.

-Ya lo es, no quiero.

-Hay chanchita… -susurra acercándose para abrazarme-, vas a sufrir.

-No le cuentes nada a nadie, por favor.

-No lo haré, pero las chicas no son tontas, y te conocen tanto como yo. Lo único que tienes que tener claro que como esto se sepa tu reputación, tu trabajo y tu credibilidad se irá a la mierda, y a él no le va a pasar nada de nada porque es hombre. Y si tú puedes entender todo esto y seguir falloleándotelo, está bien, sólo debes tener claro que tan malas son las consecuencias.

Me encojo de hombros incapaz de hablar, visto así no suena malo… suena aterrador.

-Voy a ver hasta dónde se estira el elástico.

-Entonces cambia esa carita, brindemos por la vida, y luego nos vamos a acostar, así como estás ni de joda te dejo subirte a un Uber.

Con mi Clau, siempre siento que las cosas son claras, pero esta vez, en la soledad de la habitación, siento que a pesar de estar aliviada por contarle a alguien, también sé que el “orgasmeable” tiene fecha de vencimiento. Así, pensando, me duermo profundamente gracias al alcohol.

El sábado comienza con un desayuno de campeones, claro, al estilo de Grez, porque Claudia está haciendo esa maldita dieta y sólo comemos huevos revueltos ¡con mantequilla! Ni medio pancito me deja comer. Al mediodía, vamos juntas a mi departamento, me cambio de ropa y nos juntamos a almorzar con las chicas. Es nuestro sábado, y además uno muy especial, ¡sábado de libros! Por la tarde, vamos al lanzamiento de una novela y nos juntamos con las otras locas lindas que aman tanto la literatura como nosotras. Ahí no importa de dónde venimos, qué edad tenemos o en qué trabajamos, todas somos iguales y gozamos de la misma forma con el mundo de los libros, ¡si hasta las escritoras participan con nosotras!

Al terminar, en vez de irnos por ahí a algún karaoke como nos gusta tanto, cada una se va a su casa, mañana madrugamos todas por los niños del Sename, ellos se merecen todo nuestro apoyo por su causa, no están solos. Y así comienza nuestro domingo, todas marchando con poleras alusivas por la Plaza Italia, familias completas con niños caminamos por la misma causa.
Riendo felices estamos todas sentadas en el pasto, porque una cosa hay que admitir, ya no tenemos veinte años y tanta caminata cansa. De pronto mi celular comienza a sonar con el típico “ñau” y sé que es la hora de irme. Me despido de todas y sin siquiera cambiarme me voy a la casa de mis padres.

Un aperitivo, un picadillo, luego el almuerzo, la sobremesa y así transcurre el almuerzo. Mi madre sigue cocinando como los dioses, mi padre tan lindo como siempre y mi hermano, bueno, él es cuento aparte, siempre con esa cara mirándome en menos por ser soltera y alocada, pero que se joda él y su mujer, que odio con todo mi ser, ella parece siempre tener un palo en el culo, palo que por supuesto le impide ayudar a mi madre cada vez que viene. Y si fuera invierno se va a dormir y deja a sus hijos al cuidado de sus abuelos, pero supongo que algo muy bueno debe tener para que el pelotas de mi hermano siga casado con ella. Cuando veo el reloj, ya son la cuatro. Con la excusa de que tengo que trabajar adelantando algunos informes para mañana me voy. No sé si me creen, pero mi papá me deja en la parada del bus, y una hora después, ya estoy en mi departamento.

 Sin dilatar más la tortura, obedezco aún sentada sobre él, Mauricio me mira un momento, acomoda mi pelo detrás de mi oreja y con un cuidado que antes jamás había tenido, me pone a un costado. Luego como si todo sucediera en cámara lenta se levanta, coge su camiseta, se pone su pantalón y aún sin decir nada sale por la puerta de mi habitación, segundos después el cerrar de mi puerta me indica que se ha marchado.

Mi corazón está acelerado, tanto como porque estoy ordenando, como porque estoy preparando todo para esta tarde, quiero cumplir una fantasía, y qué mejor que hacerla con el señor Costabal.

En la ducha me paso la máquina de afeitar y quedo suavecita como potito de guagua, me encremo, me perfumo y solo me quedo con la bata de razo roja, me falta una boa de plumas rojas, y me convierto en Kristal del Cielo, ¿y quién es ella? Bueno, la heroína del libro que yo quiero imitar, con la diferencia que ella tiene experiencia y yo sólo la he leído.

Antes de que den las seis de la tarde, toca el citófono y no necesito contestar para saber quién es.

Cinco minutos después tomo aire un par de veces y camino a la puerta, le abro y lo primero que veo es su cara de asombro, de estupefacción y de no saber qué hacer, tanto que ni siquiera ha avanzado un solo paso.

-Si no pasas, voy a ser el hazmerreír de mis vecinos, así que por favor -digo haciéndole el gesto con la mano-. Puedes entrar.

-¿Esa bata la compré yo?

-No, es mía, ya verá por lo que pagó, señor Costabal.

-Mauricio -me corrige como siempre, pero a estas alturas decirle señor hasta me gusta, he soñado con esto desde que se me ocurrió la idea. Lo único que necesito es que él se deje seducir por mí y quiera cederme el control… casi nada.

Pero antes tengo que romper algunos muros y darme valor a mí misma. Quiero llegar a un punto arriesgado en donde todo se puede ir a la mierda, sólo espero que este hombre confíe lo suficiente.

Sonrío con gracia y le entrego una copa de champaña.

-Te divierte esta situación.

-Mucho, y tú, ¿ves algo que te guste que me miras tanto?

-Podría ver mejor si te quitas esa cosa.

-Esto -digo desabrochándome el cinturón-, se llama bata -suspiro bebiéndome un trago para infundirme valor.

Su sonrisa se amplía y sé que está satisfecho con lo que ve, porque su erección responde incluso antes de que él hable.

-Ven, sígueme -le digo haciéndolo pasar a mi habitación que tengo adornada con algunas velitas, dándole más intimidad. Además así me sirve para que no vea lo colorada que me voy a poner.

-Esto es… increíble.

-Eso es lo que voy a intentar -tomo otro sorbo, pero Mauricio sigue observando todo, parece estatua-, sé que te gusta llevar el control en todo, siempre.

-No le veo el problema a eso -responde mirándome fijamente, la bata la llevo abierta por la mitad, solo se me ve la braga negra de encaje que llevo puesta.

-Yo tampoco lo veo complicado, supongo que un cabrón como tú necesita de ese control para sentirse fuerte y superior en el sexo, si no sería imposible, pero lo que yo quiero proponerte es un juego, una fantasía. Me gustaría que ahora tú me cedieras el control en la cama.

Juro que lo escucho jadear, aunque está también a punto de tirarse sobre mí y echarme a perder mi plan.

-¿Por qué? Quieres jugar a la dominatriz -dice tratando de controlar su voz en tanto solo se empieza a desabrochar el botón de su pantalón-. ¿Quieres hacer realidad tus fantasías? ¿Quieres hacer lo que lees en esos libros? Si es así te advierto que a mí no me vas a azotar, a mi esas estupideces al estilo Grey no me van, además creo que en ese libro la cosa es al revés.

Trago saliva cuando veo como baja su pantalón, este hombre me va a matar antes de empezar.

-Menos mal que no sabes de novelas eróticas -me burlo y pone mala cara como recordándome que tiene hermanas-. No, tranquilo que a mí tampoco me gusta el dolor, pero quiero ser yo la que controle la situación.

Entrecierra sus ojos y ahora lentamente y muy obediente sin tener que decírselo se quita la polera y la lanza al mismo lugar en que ha caído su pantalón. Inevitablemente mis ojos se van a su bóxer, o concretamente a su pene que grita por ser liberado.

-Quiero que te rindas al placer -digo aclarándome la voz, redirigiendo la mirada.

-Siento placer cada vez que llego al clímax, y créeme que ahí no ejerzo ningún control -ronronea con esa voz sexy y arrogante-. Pero parece que tú tienes ganas de ser una chica muy mala.

-No sé si muy mala -reconozco y le tomo la mano para que se acerque, y ahí surge esa maldita corriente eléctrica que me vuelve loca-, acuéstate en medio.

Él levanta una ceja.

-¿Confías en mí, Mauricio? Y piensa bien tu respuesta o te juro que todo esto se va a la mierda -le advierto.

-¿Para qué?

-Sí o no.

Duda un par de segundos, resopla y al fin contesta.

-Estoy aquí, eso debería ser una respuesta a tu pregunta.

Como sé que no voy a conseguir más, asiento.

-Gracias, y ya que confías en mí, quiero que me dejes hacer algo -pido sacando de mi velador un par de esposas que yo misma escogí, no son las típicas de policía, estas son recubiertas con una especie de piel de peluche negras-. Quiero esposarte.

Una risa un tanto nerviosa brota desde sus adentros, pero no es una burla, es más parecida al nerviosismo.

-Me estás webiando. ¿No podemos simplemente tener sexo duro y sin control?

-Wow, no pensaba que sabías decir garabatos, y no, no quiero el sexo que tenemos siempre, quiero follolear de esta manera para que explotes sin tener que preocuparte por nada. Estoy pidiéndote humildemente que me dejes a mí darte placer, que me entregues a mí el control, sólo… por esta noche, y si en algún momento te sientes incómodo, dímelo y esto se acabará. ¿Pero de verdad quiero intentar esto contigo?

-¿Lo has hecho antes? -me interroga con fuerza en sus palabras, con ese maldito autocontrol que tiene siempre sobre mí.

-Nunca -decido ser lo más sincera posible, después de todo la que le está pidiendo confianza soy yo y tiene que ser recíproco para los dos-, es la primera vez que lo hago, y hasta hace unos días jamás había sido siquiera una fantasía en mi vida. Y si la luz estuviera encendida verías lo avergonzada que estoy. Pero por favor… hazlo por mí.

-Nunca he cedido el control, no sé si puedo -reconoce mirando las esposas, sentándose en medio de la cama.

-Yo creo que si lo intentamos podrás -digo en tanto me pasa una mano para que lo espose, y yo jamás en mi vida pensé que la cama de bronce de mis abuelos me serviría para una cosa como ésta, pero me quito esa idea o voy a terminar rezando y pidiendo perdón-, piensa que es sólo un juego para que lo pasemos bien. Y así tengas una experiencia diferente para recordar. Y de paso me concedes esta fantasía de novela.

Espero unos segundos su reacción mientras mi mente ya se lo imagina, mis emociones en cualquier momento me van a delatar, y cuando creo que todo está perdido habla.

-Espósame -dice casi con expresión de cansancio-, pero únicamente porque quiero que seas una mujer satisfecha sexualmente con sus fantasías, y para que también te des cuenta de cuanta estupidez genera leer esa clase de cosas que te gustan tanto.

Me río para liberar mi tención, esposo sus muñecas por separado, él tira apenas escucha el click, pero con eso además me aseguro que queda bien sujeto, y cuando lo nota, no sé por qué su excitación crece todavía más.

-¿Contenta?

Me muerdo el labio ante su mal humor, y me quedo a horcajadas sobre sus piernas mirándolo, realmente este hombre es guapo. Cada uno de sus músculos es sincerado a mano, inclusos son elegantes sin llegar a ser excesivos. Lentamente me inclino hacia adelante y mi pelo es lo primero en tocarlo, para a continuación besarlo con la lengua incluida de inmediato como si con esto estuviera mostrándole lo que vendrá en un momento. Cuando me retiro un centímetro, él respira alterado y sus ojos me miran con verdadera pasión.

Me tomo mi tiempo, mordisqueo y chupo sus pezones tal cual como me lo hizo él a mí, luego con una mano comienzo a bajar, hasta que me topo con el elástico de su bóxer, lo bajo lentamente y ¡zaz! Toda su hombría en total extensión, y juro que mi boca se hace agua, pero son mis dedos los primeros en deleitarse. Mi mano comienza a danzar sobre su pene que poco a poco se va lubricando, facilitándome el trabajo. Mauricio gime de placer tirando de sus manos que reciben de inmediato el enganche, recordándole que no puede moverlas más. Me aprovecho de su mirada en las esposas para apresurar mi vaivén mientras se retuerce en la cama.

-Se acabó, ¡quítame esta cosa ahora! Quiero tocarte.

-Aguanta un poquito más, es mi fantasía ¿recuerdas?

Costabal maldice recitando un rosario de palabras, incluso algunas que yo ni conozco, pero como deseo más, bajo mis labios directo a su erección hasta que al fin la pruebo como si fuera el mejor de los manjares para mí.

Uno, dos, tres y siento como está a punto de entregarse, los primeros temblores incontrolables han comenzado a llegar y es el momento en que aprovecho para tomar su pene y dejarme caer sobre él, lentamente sintiendo cómo llena cada rincón de mi interior.

Mauricio aprieta sus dientes tratando de tomar el control, pero es imposible, mis pliegues se acoplan tan perfectamente que sé que lo está disfrutando tanto como yo. Hasta que de pronto, sin contenerse más, explota dentro de mí arrasando todo lo que se pueda llevar, y una de esas cosa es a mí, que apenas lo siento lo presiono más, tomando su cara para besarlo y gemir junto a él.

-Beatriz… -susurra mirándome con sus ojos acuosos sintiendo pánico de lo que vendrá a continuación-, no sigas por favor.

La súplica de sus palabras me hace dudar.

-Sólo mírame, Mauricio, siénteme y ve lo que soy.

Su mirada se centra en mis ojos, sus pupilas se dilatan mientras sus músculos se relajan permitiéndome entrar un poco más. Cierra sus ojos como si ya no pudiera más. Lo beso con ternura agradeciéndole todo lo que acaba de hacer.

-Gracias, Mauricio -le digo conmocionada por el momento tan bonito que me acaba de dar-, gracias por permitirme llegar hasta ti -agradezco moviéndome lentamente mientras siento como de pronto se derriba una barrera y es él quien se empieza a mover sin control, con premura, con ganas, clavándose cada vez más dentro de mí. El placer insoportable que siento ahora no tiene nada que ver con algún otro que haya tenido, es un tormenta acabando con todo lo que hace un momento arrasó, y es en este momento en que siento que yo misma acabo de traspasar mi propia barreara de un juego a una realidad.
Una aterradora que no quiero ni siquiera imaginar.

Y no quiero hacerlo, vuelvo a tomar su cabeza en tanto él deja de luchar con las esposas y flexiona sus piernas para darme mayor comodidad, simplemente nos estamos besando mientras nuestras lenguas hacen mucho más, porque yo siento que ahora le estoy haciendo el amor, cursi, anticuado o sobrevalorado, son esa tres palabras las que están haciendo de esto algo sólido y real que está pasando en este momento, en mi aquí y en mi ahora. Porque siento que de alguna manera Mauricio Costabal me acaba de regalar su autocontrol.

-Gracias por este regalo que me acabas de dar. Ojalá en algún momento pueda retribuirte todo lo que me acabas de hacer sentir.

Mis palabras le calan hondo, y veo como nuevamente mueve sus manos, no con violencia, pero sí con decisión.

-Necesito que me sueltes ahora mismo.

Sin dilatar más la tortura, obedezco aún sentada sobre él, Mauricio me mira un momento, acomoda mi pelo detrás de mi oreja y con un cuidado que antes jamás había tenido, me pone a un costado. Luego como si todo sucediera en cámara lenta se levanta, coge su camiseta, se pone su pantalón y aún sin decir nada sale por la puerta de mi habitación, segundos después el cerrar de mi puerta me indica que se ha marchado.

-¿Mierda, qué he hecho? -susurro en voz alta, abrazando mis piernas. Sin entender qué es lo que acaba de suceder me levanto para ir al baño, y cuando lo hago, veo un objeto negro tirado en el suelo. La gata curiosa que llevo dentro me lleva directo a lo que es… su billetera, y sin pensármelo dos veces la abro, esperando buscar algo, lo que sea, y lo que aparece delante de mis ojos es su licencia de conducir con dirección y todo.

-Sí, le debo una disculpa -hablo sola.

En tiempo record me visto con la idea fija de ir a su casa y preguntarle qué es lo que sucedió, después de todo creo que me merezco una explicación.
Cuando llego a la dirección, un moderno edificio se levanta frente a mí, el conserje me ve y rápidamente me abre la puerta.

-Buenas noches, voy al departamento de Mauricio Costabal.

-Déjeme anunciarla -me dice, pero en ese preciso momento aparece una señora un tanto desesperada diciéndole que por favor le ayude a controlar una fuga de agua en su departamento, que se le está inundando el baño. No sabrá cerrar la llave de paso digo yo.

-Disculpe señorita, podría subir usted. Piso dieciséis a mano derecha.

-Gracias -respondo feliz y tomo el ascensor. Cuando llego a la planta que corresponde no es muy difícil adivinar cuál es, sólo tengo un par de departamentos. Toco el timbre, espero un par de segundos y de pronto la puerta se abre. Mi vista se dirige hacia abajo y una pequeña niña idéntica a Mauricio me sonríe mostrándome así que le faltan los dos dientes delanteros.

-Hola -me saluda sacándome de mi propia ensoñación.

-Está… está, el señor Costabal -tartamudeo con todo el formalismo que puedo encontrar.

-No, mi papá no está, pero le puedo avisar a mi mamá…

-¡Dios mío! -exclamo en un murmullo ahogado, tapándome la boca al mismo tiempo que doy dos paso hacia atrás como si la diminuta enana que tengo enfrente me fuera a devorar, y sin perder más tiempo camino hacia las escaleras que se transforman en un espacio sepulcral en donde sólo puedo escuchar el quebrazón de mi corazón.

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