Braga

Historias de sábanas

“No fue culpa de la lluvia, ni de mi jefe… ¡me pasó por caliente!” Parte VI

por Conti Constanzo

16 julio, 2017

“No fue culpa de la lluvia, ni de mi jefe... ¡me pasó por caliente!” Parte VI

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Si el resto de la mañana se me pasó lento, la tarde fue peor. He mirado la hora más veces que en toda mi vida, y junto con eso, la entrada. No sé qué pensar del sr Costabal, tampoco sé dónde está. Bueno, ni yo, ni mis compañeros, ni su secretaria que ha dado un sinfín de disculpas a todos los clientes que lo llaman, y peor aún es con los que han venido personalmente a verlo.

De mis amigas, paso, y ellas además tienen ese noveno sentido y saben que lo estoy haciendo a propósito; el último mensaje de Fran es que no me corte las venas, en cambio, mi Clau, solo quiere saber si estoy bien, y la verdad es que yo también me lo pregunto, ya que la realidad es que no lo sé, y no lo sé porque no sé nada de nada.

Cuando el reloj marca las seis de la tarde, cuan zapatilla de clavo me levanto de mi escritorio para irme, necesito aire y un coma diabético, que sé me dará un helado de menta, una barra de chocolate, y para coronarlo, una salsa grande de chocolate, y no una cualquiera, sino la de la marca gringa que vende el supermercado.

Tras casi una hora de viaje, me doy cuenta que odio el metro, es lo primero que se me viene a la cabeza cuando apenas logro bajarme del vagón, pero ni eso me impide pasar al supermercado y ahora camino a mi casa cargada como burro, porque no sólo lo dulce me habló, sino que un paquete de papas fritas, unos nachos, una bebida y par de cervezas para ahogar las penas.

A este paso terminaré en alcohólicos anónimos y con lo loca que estoy me pongo a reír sola, pero como siempre el universo confabula en mi contra, o como dice Paula, es el karma que todo lo devuelve, aunque claro que si fuera por eso estoy segura que fui la Quintrala en la otra vida. Pero karma o universo, o todo junto mi teléfono con el ringtone de un perro empieza a sonar, o sea, me llama mi madre. Aunque hago esfuerzos por responderle se corta la llamada, y no pasan ni dos segundo cuando ahora empieza a sonar el aullido de un gato. O sea, mi madre me llama desde el teléfono de mi padre, y si son dos veces es mejor responderle.

-¡Mama! Voy con las bolsas del supermercado -respondo para que me corte, pero es ella, y primero me pregunta lo que quiere saber antes de cortar, y una vez que ya le juro y rejuro que sí voy este fin de semana a almorzar con ella, mi hermano y sus hijos, me deja colgarle.

Con tan mala suerte la mía, que justo cuando estoy guardando el maldito teléfono, este vuelve a sonar, y ahora cacarea un gallo.

-¡Ya dije que iría el domingo! -le chillo a mi hermano-, y le sonreiré a la maravillosa esposa que tienes como si fuera mi mejor amiga -me mofo, riéndome, no hay nadie que me caiga peor en el mundo que mi cuñada-, y ahora, te juro que te voy a cortar porque si no la compra del supermercado se me caerá, y estoy pobre para comprar de nuevo. Un beso para ti, para mis niños y como hoy voy en plan buena, uno para la amargada.

Mi hermano sólo me lanza un beso de vuelta y como siempre, es él quien me deja hablando sola. Ahora seguro lo llamarían bullying entre hermanos, pero en mi tiempo y en mi familia, o según él, se llama la ley del hermano mayor: la verdad es que ser la menor apesta, por último la del medio es el jamón del sándwich.

Por fin termino de hablar con toda mi familia, menos mal que no tengo más hermanos, sino no llegaría jamás y el helado se me derretiría. Apresuro el paso un poco más, y pongo mi mejor cara para el conserje levante su…humanidad y me abra la puerta, cuando de pronto escucho:

-Son las ocho y media, ¿se puede saber dónde mierda te has metido en estas más de dos horas si sales a las seis?
Me giro literalmente temblando de nervios… ¡es el sr Costabal!

¡Y ni siquiera un buenas noches!

Lentamente me vuelvo hacia él, me quedo de piedra y sin aliento al verlo sentado sobre el capó de su auto con los brazos cruzados, por supuesto con el ceño fruncido esperándome, y encima señalándome la hora en su reloj de muñeca.

-Estoy esperando una respuesta señorita Andrade. No es tan difícil la pregunta.

Me quedo un par de segundos literalmente sin decirle nada, es más, ya siento como mis manos tienen un leve temblor. Muevo la cabeza para ambos lados para salir del letargo en que me encuentro y contestarle a este imbécil como Dios manda, ¿Quién se cree que es?

-Lo que yo haga después de las seis de la tarde es mi problema, y usted… - le apunto acercándome con una fuerza que no sabía que poseía. Pero justo cuando estoy por tocarlo, una de las malditas bolsas celestes se abre, y la bebida se estrella contra el suelo, reventándose, manchándole completamente los pantalones y parte de la camisa.

-¡Mierda! -exclamo soltando ahora todas las bolsas, para a continuación sacarme la bufanda que llevo y comenzar a limpiarle el pantalón, que dicho sea de paso, está empapado. Sin querer lo paso por esa parte, y él con unos reflejos que jamás imaginé que tuviera, detiene mi mano justo ahí, ejerciendo la presión justa para no hacerle daño.
Roja, fucsia, y ahora sí que muy avergonzada, levanto la vista para mirarlo: está realmente furioso.

-Subamos.

-¿Qué? ¡No! -una cosa es la oficina y otra muy diferente la intimidad de mi departamento, niego con la cabeza. Pero claramente al sr Costabal parece no importarle, coge las bolsas pasando por mi lado sin siquiera mirarme, y por increíble que parezca, antes de que llegue a la puerta, el conserje le abre, y…¡lo saluda!

Sin podérmelo creer lo sigo, cuando se para frente al ascensor me hace un gesto para que apriete el número, yo ni siquiera lo miro, no puedo.

Al llegar a mi piso, como todo un caballero que no es, me deja salir primero, claro, porque no tiene las llaves, sino seguro hasta me abriría y entraría primero.

Con mis manos temblorosas pongo la llave en la puerta, entro y enciendo la luz, él se queda en el portal esperando a que lo invite, y cuando lo hago, se queda mirando pasmado todo alrededor.

-Bueno, ya había venido, claro, no está tan ordenado como esa vez, pero… -comienzo a justificarme no sé por qué, pero antes de seguir hablando él me corta.

-Es muy tú, tal y como está -sonríe de medio lado.

-¿Perdón? -pregunto de verdad sin comprender ni una sola palabra.

-Simple, este espacio -dice apuntando-, te representa completamente -suspira dejando las bolsas sobre mi mesa, y como si fuera una pantera elegante, comienza a acercarse luego de cerrar mi puerta.

El silencio cae sobre nosotros, únicamente nos miramos por un par de minutos que se me hacen interminables.

-Ahora, dime, ¿de dónde vienes?

Solo abro la boca, ¿no ve las bolsas del supermercado? ¡Qué él mismo cargó!

-Estoy esperando una respuesta -un paso más y ya casi nos tocamos.

Furiosa por lo que me pregunta, juro que mi instinto animal hace que me den ganas de tirarle las bolsas a la cara, pero me contengo.

-Lo que yo haga después de las seis es mi problema. ¿O le pregunto yo dónde estuvo todo el día de hoy sr Costabal?

-Eso es asunto mío y no le incumbe.

¡Basta! ¡Mi paciencia se acabó! ¡O sea yo tengo que dar explicaciones y él no!

-Aclaremos una cosita -comienzo a decir mientras sé que me estoy sulfurando-, lo que yo haga, así como lo que usted haga, no “nos incumbe” a ninguno de los dos. Por lo tanto, haga el favor de dar media vuelta y marcharse, la salida ya la conoce.

Decidida paso por su lado para ser yo quien le abra la puerta. ¿Quién mierda se cree que es?

-Estabas con el imbécil de turno que tus brujas te están buscando -me acusa con superioridad para que recuerde que lee mis correos.

No me quita la vista de encima y por supuesto no avanza. ¡Será idiota! O la idiota soy yo que lleva dos minutos con la puerta abierta. Decido quedarme aunque sé que no se moverá, así que me giro para enfrentarlo.

Su ceño sigue fruncido y ahora el mío también, ambos nos retamos con la mirada, sin dar el brazo a torcer. Tiene una actitud que me intimida mientras por obra y gracia del espíritu santo avanza hacia la puerta, y cuando creo que está a punto de salir, la cierra dando un portazo que mueve el ventanal y eso sí que me pone nerviosa.

-Beatriz…

-¿Perdón?, señorita Andrade para usted.

-Ya no son las seis -sonríe con su típica sonrisa de #AquíTePilloAquíTeMato.

Se acerca…demasiado.

-Váyase de mi casa -le exijo en un tono que hasta a mí me cuesta creérmelo.

-No me voy a ir y lo sabes -da otro paso y yo retrocedo.

Achino los ojos para que vea que no estoy jugando ¿y él qué hace?, se acerca un poco más.

-Si no se va, mañana presentaré una queja en la inspección del trabajo.

Al fin se quita esa maldita sonrisa de la cara, pero ahora da un último paso y quedo acorralada contra la pared. Toma mis brazos y tira de mí hacia su cuerpo. Un segundo después, pone su mano en mi nuca y me besa como solo él sabe hacerlo, con posesión, y yo, ni siquiera le detengo, me gusta y sería mentirosa negarlo. ¿Pero siempre será así

-No he podido dejar de pensar en lo que sucedió esta mañana.

Asombrada por lo que escucho lo miro alucinada.

-Y si fueras tan amable, podrías decirme de dónde vienes a las ocho y media de la noche si….

-Del supermercado -lo interrumpo antes que vuelva con la cantaleta que ya me ha repetido anteriormente y aprovecho para poner aunque sea unos centímetros de distancia-, y si ya está conforme con la respuesta, podrías irte de mi casa o…

-¿Otra amenaza? ¿A quién llamaras, al conserje?, ¿a tus amigas?

-No es una amenaza y aunque esté acostumbrado a mandar a todo el mundo y ordenarles que salten, y que ellos le respondan '¿Cuánto?¿ Yo no pienso hacerlo.

Mueve la cabeza y claro, no entiende mi metáfora, pero así y todo susurra muy cerca de mis labios.

-Sé que quieres esto, igual que yo -me dice con altanería, esa que le da el saberse ganador de antemano, en tanto yo no le respondo, no puedo, porque no puedo ser tan cara de raja y mentirle en la cara, esta situación, su cercanía, me gusta, pero tampoco lo voy a reconocer.

-Yo no quiero esto…

-Lo sé, quieres algo que solo pasa en los cuentos de hadas -recuerda apegando su frente a la mía.-Te escucho Beatriz, no soy sordo y mucho menos idiota.

Me dice y vuelve a desconcertarme. ¿Cómo me puede recordar algo que le dije hace tanto? Pero sin darme un solo segundo más me eleva poniendo sus manos en mi trasero, ahora quedamos frente a frente, y eso, baja mi rabia en al menos un grado y camina conmigo hasta sentarme sobre la mesa.

-Estamos en sintonías diferente -murmura en mi oído-, y no sé porque una mujer como tú, que tiene todo, quiere otra cosa.

-¿To…todo? -tartamudeo confusa-, ¿qué es todo?

-Un trabajo, solvencia, amigas, una vida completa. -Con una delicadeza que antes jamás había tenido conmigo pone un mechón de mi pelo detrás mi oreja y besa mi nariz-. Lo tienes todo y quieres algo tan fácil de quebrar.

-Me estás diciendo que tu concepto de “todo” es lo que me acabas de decir, ¿que ese todo es sinónimo de una vida feliz? Por Dios Mauricio -lo tuteo soltándome incrédula de sus palabras-, ¿qué clase de persona eres, qué…qué tranca tienes para ser así?

Ahora una risotada invade todo mi departamento, descolocándome cuando me vuelve a besar. ¿Pero qué me pasa? Ni siquiera me niego y sé que esto de verdad es un juego para él, y yo nunca he sido un juguete de nadie, pero este hombre consigue cosas conmigo que jamás imaginé que haría y eso… me asusta. No, me aterra, porque como la masoquista que siempre me he jactado de no ser, ahora siento que me estoy calentando y lo deseo, sí, lo deseo y no me basta solo con este beso, quiero más, y no sé si es “ese más” pero al menos sé que lo quiero desnudo, en mi cama y sobre mí. Abro los ojos y noto que los de él siguen cerrados, ¡me encanta! ¡Me trastorna! Por primera vez en mis titantos, creo que me estoy empoderando de mi sexualidad y de lo que me hace sentir.

Sube mi falda y con su mano experta llega hasta mis braguitas.

-Estás tan lista –ronronea cuan gato.

Diosss, yo hubiera dicho caliente, pero ahí está la diferencia de ir a un colegio con número, sonrío para mis adentros, regañándome mentalmente por mi pensamiento social, pero a quien le voy a mentir ¿a mí? Dejo de pensar cuando introduce uno de sus dedos y con su otra mano me obliga a mirarlo haciendo verdaderos estragos en mi sexo.

-No te resistas -no sé si me pide o me ordena moviendo su pulgar en círculo sobre mi clítoris, ejerciendo la presión justa para que yo explote en cualquier momento…¡y en la mesa de comedor que me regaló mi mamá!

Con su boca sobre la mía sé que estoy perdida y mi cuerpo se rinde a su merced y esa maldita sonrisa termina de volverme loca y me hace desear sentirlo dentro, pero a él, ya no me es suficiente solo sus dedos. Quiero ese más, ese más que involucra verlo desnudo con su pene dentro, pero antes de racionalizar, su voz ronca me vuelve loca al oírlo murmurar:

-Esto es solo para ti, siéntelo, disfrútalo y acaba para mí.

Y ahí, tal cual fuera un Tony Kamo cualquiera, arqueo la espalda mientras me dejo llevar por un temblor que comienza en la punta de mis pies y no tarda nada en subir haciéndome explotar, y cuando voy a gemir extasiada, su boca ahoga cada uno de sus jadeos en tanto mis músculos se contraen alrededor de su mano, y cuando pasa el temblor tal como dice la canción, sin dejar de mirarme retira su mano y besa sus dedos. Yo quedo simplemente pasmada, no por asco ni mucho menos, sino que es lo más erotizador que he visto en mi vida, y sí, me gusta.

-Ni se te ocurra irte ahora -le digo aclarándome la garganta.

-Por supuesto que no, me debes un orgasmo -sonríe sin esa petulancia y… ¡por primera vez!

Niego con la cabeza.

-¿No?

-No, tenemos que hablar -le digo saltando de la mesa, llevándome las bolsas a la cocina para al fin poner el helado derretido en el refrigerador, y cuando dejo el chocolate sobre el estante escucho:

-Si hubiera sabido que tenías chocolate… -gruñe.

-¿Quieres helado? -le pregunto nerviosa, sé que la pregunta es estúpida, pero su respuesta me sorprende.

-Necesito un baño.

-Al fondo a la derecha.

Y sin más se va, cuando regresa lo hace solo con su camisa y una toalla enrollada en la cintura… ¡mi toalla!

-Lo siento, mojaste mis pantalones -dice sin atisbo de culpa.

-Ya…, pero…

-Nada, cuando se sequen, me los pongo.

-¿Te vas a quedar?

-¿No querías conversar?

Asiento con la cabeza, y en vez de sentarme a su lado en mi sillón morado, me siento en la silla, con la mesa de comedor de por medio.

-¿De verdad ese es tu escudo?

Trago saliva, él sonríe… y con esa sonrisa.

-Debo confesar que tu escudo juega a mi favor.

-No hay escudo si al fin vamos a conversar sr Costabal.

-Mauricio -me corrige cruzándose de piernas y luego habla-, ante todo quiero que sepas que por lo general los hombres no tenemos trancas que nos hagan así.

-Hijos de puta -suelto sin querer queriendo.

-No. Sinceros y consecuentes, no personajes literarios creados en la fantasía de una escritora que…

-Ni se te ocurra insultar la literatura, ya te lo aguanté con los gatos, pero con libro, no.

-¿Y no me vas a decir que no me estás comparando con algún desequilibrado? -levantó una ceja, pero ¿cómo mierda sabe…?-. Tengo dos hermanas y hasta mi madre ha hablado de ese tipo de cosas con mi padre.

-¿Tienes familia? -pregunto y sé que me estoy desviando, pero esto es nuevo.

-Por supuesto, no vengo de la cigüeña, y ante tu curiosidad, sí, somos todos normales y no les pongo sonidos de animales en mi celular.

-Eso tiene una explicación -me defiendo avergonzada.

-Me lo imagino, como todo en tu vida.

-Mi vida completa -le recuerdo con ponzoña.

-Así es.

-Mauricio, no entiendo, o sea, no te entiendo. Me desconciertas por decirlo menos, estas últimas semanas han sido a lo menos, extrañas, tú… yo.

-Basadas en sexo Beatriz -dispara como si estuviéramos hablando de algún balance-, las cosas como son.

-Sí, bueno, eso mismo -trago saliva-, vas a la playa, vienes a mi casa…

-Todo por culpa de tus amigas.

-¡¿De las chicas?!

-Por supuesto, si ellas no te estuvieran buscando a un imbécil, ni te metieran ideas en la cabeza, todo sería diferente.

-Alto ahí -le pongo la mano-, a las chicas las conozco de toda la vida y siempre hemos sido iguales.

Niega con la cabeza y con su dedo, ni que fuera Lagos.

-¡Cómo que no!

-Eso, antes no se empeñaban en buscarte a nadie.

-Porque lo hacía sola -me defiendo y el vuelve a negar con la cabeza.

-Llevas mucho tiempo sola Beatriz, o al menos sin nadie importante en tu vida, te conozco hace años, y te… veo -reconoce apesadumbrado dejándome otra vez sin saber que pensar.

-Estás mal, esto está mal, y tú tienes una tendencia psicópata que a veces me asusta.

-¿O te gusta?

-Que invadas mi espacio cuando yo no lo espero, no, no es correcto.

-En cambio a mí me encanta ver tu cara de sorpresa y tus estados de ánimo, porque permíteme decirte que si yo tengo tendencia sicopática, tú eres un tanto bipolar, primero me odias y luego gozas del placer tanto como yo.

-Eso no es verdad -me defiendo, molesta.

-Mentirosa.

-No lo soy.

-¿Segura? Entonces por qué me follaste en la oficina la primera vez, luego en el estacionamiento, en la discoteca, aquí mismo y dos veces, si siempre me dijiste que no primero.

-Antes que nada te diré una cosa ¿follar? Qué palabra es esa, ni que vivieras en España.

-Viví cinco años en Madrid, y los españoles follan.

-Pero en acá Chile culiamos –respondo y me tapo la boca, esto sí que se me salió desde lo más profundo del corazón, el maldito de Costabal se da cuenta del error y comienza reír, abrumándome aún más, es que este hombre me va a matar.

-No sabía que tenías una lengua tan…

-Ya lo sé, soez -aclaro buscando una palabra rebuscada para enmendar mi error.

-No, tu lengua me encanta, y a mi…

-¡Ya! Ni lo digas -me levanto parándome frente a él, así no llegaremos a ningún lado, esta conversación no tiene ni pies ni cabeza.

-Me parece bien que lo lleves claro -y hace un gesto para que me siente a su lado, y yo, con lo bipolar que dice que soy, me siento, pero eso sí, al otro extremo. Ni nos tocamos, él solo pone los ojos en blanco como diciéndome que es una soberana estupidez mi reacción, y sí, lo es pero no me importa.

-No te voy a morder.

-Ya lo sé.

-¿Entonces? -vuelve a señalarme y como no me muevo, es él quien se acerca dejándome atrapada entre el apoya brazos y su cuerpo. ¿Y qué hace? Me besa como tanto me gusta y sin ser consiente, ya estoy sentada a horcajadas sobre Mauricio, ¡y eso que pensé que conversaríamos!

-No sabes lo que estás haciendo, Beatriz.

-Bueno, supongo que lo mismo que tú.

-No me estás entendiendo, yo no soy el prototipo de hombre que tienes metido en la cabeza, soy frío, calculador y un egoísta, me interesa mi placer ante todo.

-Hace un rato no parecía que te interesara precisamente tu propio placer -digo en un hilo de voz tratando de digerir sus palabras. ¿Será realmente un hijo de puta? ¿Un cabrón? Me acerco con cautela, dibujo sus facciones igual como lo hacía mi abuela antes de que me durmiera y pegadita a sus labios murmuro:

-Si eres o no un hijo de la gran puta debería decidirlo yo.

-Te voy a destruir, lo sé.

-No eres tan poderoso como crees y tu herramienta es bastante normalita -respondo quitándole el hierro a la conversación, nunca lo había visto tan serio.

-Beatriz- me regaña.

-Está bien, está bien ¿pero sabes? Creo que no te conoces a ti mismo y siento que eres un cobarde por no atreverte a sentir más, es como cuando quisiste que no cerrara los ojos en el baño esta mañana, y lo hiciste tú, ¿y luego qué hiciste?

-Me fui porque tenía cosas que hacer.
-Si claro, Mauricio, créetelo, y yo me creo que soy culombiana -respondo moviendo mi trasero.

-¿Culom qué?

-Nada -eso sí que no se lo voy a explicar a él.

-Bueno, qué haremos entonces.

-¿Cómo que qué haremos? No entiendo.

-No dijiste que querías intentarlo -Me quedo pensando, ¿cuándo dije yo eso?-, ¿qué tu decidirías si yo era o no un mal tipo?

-No dije eso, dije que eras un hijo de puta.

-Deja de insultar a mi madre.

-Bueno, eres un cabrón ¿mejor así?

-Supongo, y este cabrón quiere intentarlo.

Alucinada lo miro, si no fuera porque estoy seguro moriría de vergüenza luego, me pondría a dar saltitos como cuan loca que soy, pero me contengo.

-¿Bajo qué términos?

-Por Dios, ¡esto no es un contrato!

-Oh no -me río-, eso sería para otra cosa -suelto pensando en sado, y aunque nunca lo he probado, un par de azotes bien dados al sr Costabal no me desagradaría darle.

-Quiero poder verte después de la oficina, cenar, y que por supuesto no salgas con tus amigas a hacer estupideces.

-No hacemos estupideces, pero pongamos días.

-Para qué, ¡cuando quiera!

-Error sr Costabal, los miércoles cenamos todas juntas, y los sábados es día de chicas, y de literatura, voy a los lanzamientos de alguna que otra amiga escritora.

-Ah, de esas que escriben porno para madres.

-No pensé que fueras tan prejuicioso, pero aún peor, ignorante. No sabes la diferencia entre una novela erótica y el porno.

-Ilumíname.

Niego con la cabeza y me pongo de pie, camino al baño y vuelvo con su pantalón en la mano.

-Póntelo, es tarde, tienes que irte.

Me mira por unos segundos, molesto, enrabiado y muy, muy enojado. Se pone de pie, y como si nada suelta la toalla al suelo e inevitablemente mis ojos se van directo a su erección, porque eso es lo que tiene entre medio de sus piernas. Con parsimonia se pone su ropa y camina hacia la puerta.

-No pensaba terminar así la noche.

-O claro que no -me mofo-, seguro pensabas terminarla con el orgasmo que te debo.

-Me lo debes -dice abriendo la puerta para irse, y antes se voltea y agrega-, está de más decirte que esto es solo entre nosotros dos, debemos mantener las distancias en la oficina y nadie debe enterarse de esto jamás.

-¿No? Y yo que pensaba publicarlo en Facebook.

-Esto es serio.

-La verdad -suspiro un tanto abatida-, no he procesado aún todo lo que me has dicho -él levanta una ceja-, eso de soy una mierda, soy un cabrón, voy a destruirte y una sarta de estupideces más, ah, pero sobre todo esto que se supone que tenemos, ¿cómo le llamaste? Follar, sí eso. Así que tranquilo y si mañana no aparezco por la oficina es porque simplemente si me cagaste la vida con todo ese discursito, que por cierto debiste decírmelo antes, no cuando ya hemos culi… tenido sexo en más de una ocasión.

-Solo he sido sincero.

-Por favor sr Costabal…

-Mauricio –me corrige por enésima vez en la noche, pero es que para mí siempre ha sido el sr Costabal.

-Vete por favor, sin tener que echarte ni ponerme a gritar como una loca, necesito descansar.

-Y yo.

-Pensé que lo habías hecho durante la tarde.

-Sabes lo que hice en la tarde.

-Ni la menor idea.

-Mentirosa -me dice y ahora sí que se da la vuelta y camina hacia el ascensor.

-Adiós Mauricio -me despido con el corazón latiendo a mil, no sé por qué.

-Hasta mañana señorita Andrade.

Cuando cierro la puerta me agarro la cabeza a dos manos, y como autómata camino a la cocina, saco la salsa y me tiro un chorrito directo a la boca, necesito azúcar, pero lo más importante entender. Camino a mi pieza y me lanzo a la cama, ni siquiera prendo la luz y por primera en muchos, muchos años siento arder mis ojos y me pregunto ¿voy a poder?

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