El que juega con fuego… se puede quemar! - El Mostrador

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Historias de sábanas

El que juega con fuego… se puede quemar!

por Conti Constanzo

18 junio, 2017

El que juega con fuego… se puede quemar!

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Acostada en el sillón de su querido amigo Pablo, Sofía se tapaba la cara con un cojín por lo que había hecho hace solo una hora, ¡Dios! Había jugado con fuego, pero es que con solo haberlo escuchado, su piel se había erizado. No podía negarlo, el idioma francés siempre producía el mismo efecto en ella, era escucharlo y ¡saz! Olvidarse del mundo y retroceder un par de meses a su estadía en París. Pero esta vez, sabía que se le había pasado la mano, el francés casi le doblaba la edad y había estado a punto de cometer una locura de verdad, y ya no tenía quince años, sino veinticinco.
Pero es que cuando él le susurró al oído, “ma petite”, sus pies casi por voluntad propia lo habían seguido. Menos mal que el teléfono le había sonado justo antes de terminar de sacarse el vestido, ese ringtone de gato maullando la había de vuelto a su realidad, eso, y por supuesto el grito que le habían dado por el otro lado de la línea, preguntándole dónde diablos se había metido.
-¿Con esas ojeras te presentarás mañana a clases?
-De aquí a las nueve, estaré como una lechuga.
-Sí claro -se burló su compañero de departamento-, pero lechuga mustia.
-Que feo -dijo haciéndose la ofendida-, y eso que eres mi amigo.
-Y por lo mismo te lo digo, estamos en la recta final y no puedes darte el lujo de reprobar ningún examen, solo los dos mejores de la clase podrán hacer la practica en el mejor restaurant de todo Santiago. Y uno de esos cupos ya está ocupado por este pechito que ves aquí.
-Que optimista, no cantes victoria antes de tiempo.
-No canto victoria, digo la verdad. Ahora dime, dónde estabas.
-Pasándolo bien -respondió tapándose la cara avergonzada con su cojín a estas alturas, ya favorito.
-¿Quiero saber más? -preguntó su mejor amigo, sabiendo de antemano la respuesta.
-No sucedió nada gracias a que me llamaste justo a tiempo.
-Dime que no era francés por favor… -pidió aludiendo a su conocida debilidad.
-Bueno, entonces te digo que era chino y se llamaba Chun Jo -mintió sonrojándose de solo pensar en lo que había estado a punto de hacer-.
Pero es que esa voz ronca que le susurró al oído, al tiempo que le recorría la espalda, simplemente la envolvió, ella sencillamente permaneció en silencio experimentando un dulce cosquilleo de expectación.
El francés levantó la mano y le acarició el cabello, enredando sus dedos en un par de hebras que salían en su moño, poniéndoselo detrás de su oreja. Sofía tembló ante aquella sensación que le produjeron sus dedos, es más, todo su cuerpo sintió un hormigueo de excitación, aunque le parecía extraño ser tan receptiva con un extraño. En todos sus años de fiesta, nunca se había permitido tanto, y menos con un ejemplar como ese. Pero esto era diferente, sus ideas se le turbaban y no lo podía evitar.
-No deberías estar haciendo esto, agregó muy decidido después de varios minutos en que ya se habían tocado algo más que las manos, y la tensión sexual crecía a pasos agigantados entre ellos.
-¿Perdón? ¿Quién eres tú para prohibirme algo? ¿Eres mi padre o algo por el estilo?-preguntó obligándose a sí misma a ordenar sus ideas y dejar de sentir esa extraña sensación para poder hablar de corrido y segura-. Soy una persona adulta y sé muy bien lo que hago.
-Adulta sí, que sabes lo que haces es a lo menos…cuestionable.
La rabia se dio paso por la sangre de Sofía, ¿Cómo podía él decirle algo así si no la conocía?, y peor aún, ¿cómo podía ella seguir aguantándolo?, la respuesta era demasiado simple, estaba disfrutando de su contacto, permitiéndose sentir sin siquiera pensar.
-No dejaré que arruines…, este momento, anunció ella casi ronroneando como una gata.
-Yo tampoco dejaré que me lo arruines tú a mí.
-¿Que yo qué…? -respondió en forma espontánea, sin siquiera pensarlo, pero así era ella, ¿me estás jodiendo?
El francés le dio una repasada rápida con una mirada ladina, luego se apoyó en la barra y Sofía pudo admirar que a pesar de su edad estaba más que bien conservado, los músculos de su brazo tatuado se lo demostraban.
Se quedó pegada un segundo mirando aquel dibujo negro, se parecía a algo que le encantaba, es más. Lo único que se tatuaría en su cuerpo si es que un día se lo llegaba a merecer.
-¿Quieres salir de aquí? –le dijo a punto de dar un espectáculo público que sería de lo menos decoroso-. Me hospedo en este mismo hotel.

Eres una niña caprichosa, pero niña al fin, y creo que lo mejor será que te marches a tu casa. ¿No te regañarán tus padres por la hora? dijo mirando su precioso reloj de pulsera, haciendo que la sangre le hirviera aún más.
-Imbécil -murmuró entre dientes-, debí haberme imaginado que no te la podrías con una femme como yo

Sofía dio gracias al cielo que él no pudiera ver los colores de su cara, debían ser tan rojos como la guinda que el francés se estaba metiendo a la boca, y de modo demasiado seductor para su gusto. En tanto él por su lado se debatía en sus propios pensamientos, ese halo aireado de mujer resuelta cuando según él aún era una niña, lo había hipnotizado desde que la vio moverse al son de la música en la pista de baile, y haber tenido hace segundos una pequeña discusión sobre si debía o no quedarse lo había excitado aún más.

Él ya le había besado el cuello muy consciente de que la niña que él se empeñaba en decirle que era, no lo era, Sofía era toda una mujer. Sabía que estaba llegando demasiado lejos con su propuesta, y aunque esperaba que ella lo rechazara, no imaginó jamás que Sofía diera un saltito del taburete poniéndose de pie, lista y dispuesta para lo que viniera a continuación.
-Vamos -contestó resuelta, aunque de pronto ya no lo miraba a los ojos, la vergüenza la invadía-. No vaya a ser que después te de sueño.
¿Sofía le había dicho viejo? Sí, ¡y con todas sus letras!
-O que tú te arrepientas, ma petite, la aguijoneó guiándola hacia la salida.
El pulso de Sofía se aceleró visiblemente y enojada se giró con las aletas de la nariz ligeramente dilatadas. Lo miró a los ojos y con la elegancia de una gata le acarició la mejilla mientras se relamía los labios.
Él se quedó paralizado ante ese gesto que no esperaba.
-Eres una niña caprichosa, pero niña al fin, y creo que lo mejor será que te marches a tu casa. ¿No te regañarán tus padres por la hora? dijo mirando su precioso reloj de pulsera, haciendo que la sangre le hirviera aún más.
-Imbécil -murmuró entre dientes-, debí haberme imaginado que no te la podrías con una femme como yo.
-No soy imbécil, ni tú una mujer ma petite, le aclaró tomándola por el brazo, dirigiéndose a la salida.
-Suéltame -espetó con rabia, y con cero convicción-.
-No creo que quieras que te suelte.
Sofía levantó la cara, el orgullo la rabia y la conciencia se abrieron paso.
-No te tengo miedo.
En ese momento, él quería demostrarle que sí debía temer, no de él, pero sí de la situación en general, tiró de ella atrayéndola hacia su cuerpo y Sofía sintió su erección. Lo miró ahora si un poco asustada ya que la estaba viendo con pura y desenfrenada lujuria.
Ella esperó nerviosa lo que vendría a continuación. Él agacho la cabeza, hasta que prácticamente sus bocas se rozaron, estaban solo a centímetros de tocarse.
-Me estás poniendo a prueba, ma petite. Estás suplicando con tu cuerpo algo que no eres capaz de decir con palabras, y no sabes cuánto me gustaría darte una lección…así sabrías lo que necesitas en realidad -En ese momento él vio la expresión en sus ojos y sonrió con soberbia, ¿ya no estás tan segura de ir a mi habitación verdad?
¡Maldición! Algo había en esa voz que la atraía como abeja hacia la miel, esa voz ronca y segura estaba haciendo estragos en su interior, la adrenalina corría por sus venas, pero por sobre todo, deseaba más que nada poder probar ese néctar. Odiaba sentirse así, que él incluso la leyera mejor que ella misma, pero que haría…
-Suéltame.
Cuando lo hizo, ella casi trastabilló, no esperaba que fuera tan obediente. Algo le había pasado cuando el francés le había hablado de esa forma, era como si una puerta en su interior se estuviera abriendo.
Las palabras “darte una lección”, retumbaron en su cabeza. Y sí, la excitaron aunque la avergonzaron al mismo tiempo.
Caminó decidida hasta la puerta, y por pura rebeldía digna de ella, le lanzó una mirada furiosa que despertó al hombre primitivo y endemoniado que vivía dentro del francés, que ahora la seguía a paso fuerte y seguro.
Ella sí necesitaba una lección, y él estaba más que dispuesto a enseñarla.
-¿Bajarás? -afirmó más que preguntó el francés cuando ambos, agitados llegaron al ascensor-. ¿Me acompañaras a mi habitación?
-En eso quedamos ¿no? –respondió.
Más que un encuentro furtivo parecía un duelo entre titanes, un duelo que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder: uno porque quería enseñar, y otro porque quería aprender.
Ya estaba, había llegado el momento. ¿Qué iban a hacer? Una parte de ella quería lanzare a sus brazos sin importar el mañana, pero la otra parte, en la que aún le quedaba cordura, le decía que fuera con cuidado, pero era escucharlo y olvidarse. A su lado el francés parecía imponente. Su rostro se le hacía bastante familiar, sin llegar a saber el por qué.
Cuando entró a la habitación sintió como si de mutuo propio caminaba hacia su ejecución. Dio un respingo cuando sintió el clic de la puerta tras de sí. Caminó un poco más en la habitación mirando nerviosa la lujosa cama. Otro sonido la sacó de su ensoñación, eso la hizo voltearse alarmada.
-¿Cerraste con llave? -preguntó con el pulso acelerado.
Al francés se le dilataron las pupilas de los ojos, ahora la tenía en su terreno, y no podía negar que le gustaba.
-Supongo que prefieres la puerta esté cerrada con pestillo.
-Nadie entra a una habitación que no sea la suya…a no ser que no estés solo aquí, se defendió nerviosa.
-Estoy completamente solo -comentó quitándose los zapatos, avanzando hasta su cama-. Ven, siéntate.
Sofía caminó lentamente mirándolo con duda mientras él se desabrochaba con elegancia los botones de la camisa. Tenía unos marcados pectorales y el vello canoso en el pecho le secaron la boca. Sintió una repentina necesidad de verlo desnudo y sus pies como teniendo vida propia se apresuraron. Parpadeó sorprendida ante ese pensamiento. La habitación estaba llena de pura tensión sexual por resolver.
-Sofía…
Obediente lo miró a la cara mientras el silencio caía a su alrededor durante varios segundos, a ella se le aceleró un poco la respiración, y él, con esa calma espeluznante la arrinconó con la mirada. De pronto y sin darse cuenta, Sofía estaba entre sus brazos sin oportunidad siquiera de protestar. En cosa de milésimas de segundos la lengua del francés invadió su boca de forma posesiva y segura, probando su sabor. Sofía se derritió en sus brazos sintiéndose como una pluma.
Sus lenguas se deslizaban de tal forma que incluso la hizo olvidarse de donde estaba. Aquel beso que era una clara señal de lo que vendría a continuación. Ella gimió cuando la cogió por el pelo, sujetándola para que no se moviera.
En esa burbuja de pasión y emoción estaba cuando el sonido de un gato interrumpió en la habitación. El francés se detuvo sorprendido por aquel sonido, en cambio para Sofía, fue el cable a tierra que la devolvió a la realidad.
Rápidamente se puso de pie acomodándose el vestido.
-Tengo…tengo que irme, fue lo último que el francés le escuchó decir…
-¡Planeta tierra llamando a Sofía! -le dijo Pablo sacándola del mundo de los recuerdos-. ¿Me dirás algo más?
-Eh… nop -titubeó levantándose del sillón-. Creo que debemos ir a dormir, mañana es un día intenso.
Eso fue todo, con eso daba por terminada la conversación. Cerró la puerta de su habitación para a continuación tirarse a la cama como si esta tuviese poderes mágicos para aislarla del recuerdo.
Muy temprano al otro día, por supuesto la cabeza se le partía, no estaba acostumbrada a beber alcohol, pero en uno de los bares más connotados de la ciudad no podía pedir simplemente bebida.
La noche anterior había asistido a ese bar, solo para ver la excelencia del servicio y lo elegante del lugar, era nuevo y ella quería ver de primera mano si era todo lo parisino que decían que era, por eso no le pareció raro encontrarse con un francés. ¡Y qué francés!

-Te puedes apurar, no quiero llegar tarde -la reprendió Pablo abriendo la puerta de su casa para salir de una buena vez-.
Cuando llegaron a la prestigiosa escuela de cocina, ubicada en uno de los sectores más altos, Sofía se olvidó de todo, de la noche anterior, del dolor de cabeza y de lo cansada que estaba por haberse acostado sobre las cinco de la mañana, para ella ese lugar lo era todo.
Había luchado contra viento y marea para estar ahí, incluso se había peleado con sus padres que querían que tuviera una carrera diferente, no que fuera una simple cocinera, lo que ellos no entendían, era que ser chef, para Sofía lo era todo en la vida, ella se había enamorado de la cocina cuando era muy pequeña y ayudaba a su abuela en el fogón, luego había terminado de encantarse cuando tuvo la oportunidad de conocer Francia y su maravillosa gastronomía culinaria.
El calor era insoportable, y sabía que sentiría aún más cuando terminara de vestirse con la chaquetilla y el pantalón. Pero eso era regla para una de sus profesoras chef, y ella al igual que sus compañeros ya estaban a punto de ganársela definitivamente, solo les faltaban un par de meses y la práctica.
Una vez lista, se hizo el característico moño en el pelo, mojándoselo para que no se le saliera ni una sola hebra, o sería sancionada.
Ambos, Pablo y ella estaban frente al mesón de la cocina esperando a su profesora, como siempre estaban tonteando, empujándose uno con otro para quedar frente a los fogones, cualquiera que los viera, pensaría que eran unos niños.
Un carraspeo los hizo callar a todos, y fue ese el momento en que la chef, hizo su magistral aparición.
Ese día era importante, les harían un gran anuncio.
-Bueno -comenzó a decir la chef a cargo-, como saben, quedan tal solo dieciséis clases para elegir al mejor de los mejores -todos vitorearon, y por supuesto Pablo, lo hizo más fuerte, en tanto Sofía casi saltaba para taparle la boca en una actitud muy íntima, pero no por nada eran mejores amigos de toda la vida-. Y por esto, con mucho orgullo y honor quiero presentarles a su profesor guía, quien ha sido galardonado con cuatro estrellas Michelin y siete tenedores por las revistas más especializadas de nuestro país en su nuevo restorán. Desde Francia, el chef Antoine Le Croix.
Nuevamente todos los alumnos volvieron a aplaudir, tenerlo en su escuela más que un honor era un privilegio que pocos se podían dar. Una oportunidad sin igual.
Antoine Le Croix avanzó con garbo y prestancia por el pasillo, recibiendo el calor de los aplausos, sintiéndose superior y admirado como era de costumbre.
De pronto, agudizó el oído. Un sinfín de sensaciones no tardaron en recorrerlo de pies a cabeza. Escuchó esa voz inconfundible sin llegar a visualizar nada.
Como nunca en su vida su pulso siempre pausado se le había acelerado al sentir aquella voz. Le resultaba inverosímil, pero cuando escuchó como otro chico le hablaba, lo supo.
-¿Quién va a ser el ganador ahora gatita…? -se burló Pablo tomándola de la cintura para quitarla de enfrente, para poder ver mejor al chef.
Antoine sintió la confirmación como una oleada de calor directo en su entre piernas, ya no le cabía ninguna duda. Dio grandes zancadas para llegar más rápido. Y los vio. Ellos se encontraban abrazados y él notó claramente como ella reía de algo que el chico le decía al oído. La imagen de ella riendo, disentida y sin miedo lo irritó. No lo podía creer, nunca quiso aceptar ese trabajo, pero se lo debía a un amigo, había adquirido un compromiso que no podía romper y ahora…se encontraba con esto.
Ninguno de los dos por estar tonteando notó la presencia del chef que ya se había posicionado en frente del aula. Pero cuando sintieron que un silencio se hizo, ambos al mismo tiempo se giraron y fue en ese preciso instante cuando los ojos de Sofía se abrieron como platos.
-¡No…! -susurró ella soltando a Pablo como si ahora le quemara su contacto, él al notar al chef mirándolos serio, se paró erguido en posición de respeto.
Antoine había chocado un tenedor contra una copa de cristal para llamarles la atención delante de toda la clase.
-No recuerdo haber aceptado este trabajo para enseñar a niños, dijo en tono tajante y neutral, sin denotar nada en su timbre de voz. Estaba molesto desde la noche anterior, pero ahora era más que eso, furioso se quedaría corto en el vocabulario de cualquier mortal.
-Perdón chef -fue Pablo el primero en disculparse, a ella no le salía ni el habla.
Antoine notó como Sofía se ponía rígida y se apartaba de su compañero, en tanto él por primera vez desde que había llegado cruzaba una mirada directa con ella.
-Si la clase no les interesa pueden retirarse -les ordenó haciéndoles un gesto de amonestación, uno que iba directamente a Sofía-. Y no pudo evitar mirarle la boca de labios carnosos que ella cerró de golpe. Ella al ver su rostro supo de inmediato que lo mejor era guardar silencio.
Antoine experimentó una oleada de ansiedad al verla, esa era la misma muchachita que había causado estragos en su interior, específicamente en su cuerpo. Y él no podía permitirse echar a perder su nombre y su reputación.
-No, yo…
-Fuera, ahora, anunció mirándolos a ambos con reprobación.
Sofía caminó pensando en que todo debía ser producto de su imaginación, ¿qué probabilidades había de que todo estuviera ocurriendo en la realidad? ¿Qué hacía ese hombre en su escuela?
-Hay no… -murmuró deteniéndose apenas salió de la sala y el aire despejó sus ideas.
Por otro lado, el chef daba el saludo inicial a la clase contándoles lo que esperaba de ellos, eso sí, sin concentrarse en ninguna palabra de las que el mismo pronunciaba. Cuando acabó, salió del lugar encontrándose de frente con sus dos alumnos.
La vio comiéndose una uña, y pudo notar el ligero temblor en su barbilla. Con eso sintió una pequeña satisfacción ante pequeña pero muestra de nerviosismo al fin. Aunque peor fue notar que así como estaba vestida, con el pantalón ancho negro, la chaquetilla blanca y a cara lavada representaba mucho menos de lo que él había pensado.
¡Pour lˈamour de Dieu, si elle était une petite!
Y por alguna extraña razón, que él si comprendía, eso hizo acrecentar su rabia aún más. Sí, definitivamente iba a tener que encargarse de ella, pero sabía que no sería como con cualquier otra mujer, sabía por experiencia propia, que Sofía era diferente, y él en persona lo había comprobado.
Pablo, fue el primero en acercarse para volver a disculparse, pero como si se tratara de una hormiga, él los ignoró.
La profesora, tratando de calmar los ánimos les indicó que esperaran ahí.
Y luego de unos segundos, fue ella misma la que se acercó a los chicos, hablándole primeramente a ella.
-Sofía, el chef Antoine quiere verte en su oficina.
-Tengo clases, ¿tiene que ser ahora? -preguntó con cautela, aunque en realidad sabía que él la llamaría, pero no por eso se le hizo más fácil saberlo.
-Antoine, es un tanto temperamental, y no le gusta esperar. Si no quieren -dijo esto mirándolos a ambos-, tener problemas y acabar la clase al menos con un aprobado, no deberían hacerlo enfadar. Y creo chicos que han comenzado con un punto en contra.
-Voy entonces , aceptó sin tener mayor opción.
Avanzó por el pasillo con cuidado sintiendo un dèjá vu en la situación, y nuevamente la palabra “lección” apareció en su cabeza. Una parte de ella seguía sin podérselo creer y otra parte, sabía que era realidad, se había quedado atónita cuando lo vio, produciéndole la misma sensación que la noche anterior. Y aunque su amigo Pablo no lo notase, ella sí había visto su cabreo descomunal, y sabía muy bien la razón del por qué.
-¿Qué número es la oficina del chef? -preguntó un escalofrío la recorrió.
-Oficina seis.
Caminó por el largo pasillo, ahora vacío sin estudiantes y mientras más avanzaba, más escuchaba los latidos de su corazón que eran amortiguados por su respiración.
Cuando llegó a la puerta seis, se detuvo un minuto frente a ella, para tomar aire, pero de pronto, esta se abrió de repente. El chef estaba parado, esperándola. Le pasaba por varios centímetros de alto, la verdad es que se veía impresionante y siniestro a la par. La chaquetilla que tenía bordado su nombre le quedaba a la perfección, y los pantalones le caían de forma elegante y esbelta sobre sus largas piernas.
Sofía ingresó menos segura que nunca, mirando nerviosa a su alrededor, estaban completamente solos los dos.
Cuando la puerta se cerró, ella se giró, ahora sí que muy asustada por lo que vendría a continuación.
-Sí, tiene pestillo -le dijo, adivinando lo que ella estaba pensando.
-No es necesario…
-Mi espacio, mis reglas, ma petite.
-¿Qué…qué se supone que significa eso?
-Significa lo que crees que significa, ma petite -aseguró capturando su mano sin que ella pudiera evitarlo, besó cada uno de sus dedos, y con ese gesto tan mínimo Sofía sintió fuegos artificiales en su cuerpo-. ¿O aún me dirás que no eres petite? -le habló con esa voz que tanto la volvía loca.
Eso sí que la molestó, ella no era pequeña, era una mujer hecha y derecha, quitó su mano y caminó con decisión hasta la puerta, pero antes de que la abriera, su francés personal cubrió su boca con la suya y la besó violentamente.
Por un segundo no supo qué pensar… fue como si todo se hubiera desvanecido a su alrededor. No había forma de que pensara con claridad ante esa exigente posesión. Sofía se puso de puntillas apretándose más contra él. Incluso gimió, pero él no rompió el beso, ni siquiera cuando la levantó para que ella quedara más a su altura. Sofía se dejó llevar rodeándole la cintura con las piernas, hundiendo sus dedos en su cabello, tirándoselo con hambre de más, olfateando ese maravilloso olor que solo conseguían las especias mezcladas de la cocina, un olor que ambos adoraban con devoción.
Segundos después, midió las consecuencias de sus actos, bajó los pies al suelo y parpadeó un par de veces para centrarse. No apartó la vista de él, y notó que tenía los ojos llenos de pasión, y todos los músculos de su cuerpo rígidos protestando por más.
Antoine tomó de su mano y se la llevó directo a su entrepiernas.
-¿Esto te agrada verdad? -le preguntó provocadoramente.
-¿Qué es lo que significan tus reglas… exactamente? -se atrevió a preguntar mientras su voz iba quedándose solo en un murmullo.
-Te espero esta noche, en mi hotel, si vas lo sabrás, si no… esto -dijo apuntándolos a los dos- y lo de anoche, nunca sucedió.
-Entonces -contestó tomando aire antes de salir-, esto nunca sucedió.
Cuando Antoine sintió la puerta cerrarse, se sentó y exclamó:
-¡¡¡Merde!!!!!

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