Braga

Historias de Sábanas

¡Necesito un maestro!

por Dablín

14 mayo, 2017

¡Necesito un maestro!

Compartir esta Noticia
  • 0
  • 0
  • 0

Unos ojos negros se me acercaron lentamente y me devoraron sin pudor. Me sentí envuelta en una emoción desconocida para una mujer como yo, tan compuestita y bien portada. Sin darme cuenta, empezaba a paladear el sabor prohibido de la lujuria con un desconocido.

Aquel hombre, supuestamente un maestro constructor que arreglaría el descalabro del piso flotante, de pronto estaba cerca de mí, con sus enormes manos de dedos ligeros dibujando mi cuello, respirándome encima, haciéndome sentir desnuda al mirarme de esa forma descarada.
Pude olerlo sin desearlo mientras lo ansiaba culposamente. Olía a limones y a sudor y me fascinó lo mareada y lasciva que me sentí.

Miré sus labios, gruesos, húmedos, osados, carne para devorar, santificada en el altar de las malas intenciones. Los miré y ya estaban pegados a mi boca, haciendo real la sensación voluptuosa que nacía en mi vientre y estallaba quizás dónde.

No pude hacer algo. No quise hacerlo cuando sentí su lengua reconociendo mi paladar y mis defectos emocionales.

Me dejé hacer y deshacer a su voluntad sin culpa ni remordimientos. Qué bueno ser indolente en los brazos de un desconocido.

¡Qué manera de besar! Jamás nadie me había hecho eso, de ese modo y a esa velocidad, lenta, pausada y de inmediato violenta, febril, dominante. Me gradué de sacerdotisa impúdica en el segundo que probé su saliva morbosa.

Bufé.

Empecé a sentir que ya no era yo misma. Había dejado atrás a la chica simpática y decente para sumergirme de cabeza en la mujer ansiosa y caliente que deseaba más de ese hombre bello que recorría con manos fogosas mis entumidas piernas.

Su confianza era descaro desatado y me encantaba.

Sus labios me abandonaron la boca de improviso y los sentí sobre mi cuello. ¡Mi cuello! Atrás, adelante, la nuca, el nacimiento de los hombros, el hueco sexy, el borde de mi mandíbula…

Todo regado con sus besos prosaicos y sonoros.

Su lengua humedeció la piel sobria y elegante de mi garganta y cuando mi cuello más lo deseaba, ya no estaba. Mi cuello y toda yo lo ansiábamos con urgencia y nos había abandonado.
Se había marchado cuesta abajo y succionaba obscenamente uno de mis pezones haciendo que mis rodillas fueran de mantequilla.

Di un alarido y fue muy bueno, porque no había nadie a quien escandalizar y si lo hubo, en ese momento me importó un bledo.

Mientras succionaba como poseso, una de sus manos me ordeñaba la cadera y la otra andaba por rincones que ni enteraba estaba que yo tenía. Volví a gritar-gemir-jadear o como se llamara eso que se me salió de la garganta al mismo tiempo que mi sostén caía hasta mi cintura, ofendido y esparramado.

El desconocido se levantó. Sí, estaba de rodillas frente a mí, arrodillado en mí… me sonrió con una boca llena de dientes deshonestos y me bajó la blusa hasta los hombros, con tal delicadeza que fui reina por el instante que demoró en llevar sus manos a mis senos y darles el mejor masaje desvergonzado que se ha inventado.

Sus cejas se elevaron y mis pantaletas desaparecieron por propia decisión. Se acercó tanto a mí que se me olvidó hasta mi nombre y de nuevo sentí esos labios jugando en mi barbilla, mis hombros, mi ombligo, más abajo, más… mucho más abajo…

Se pasó de largo.

Justo el lugar que ansiaba tenerlo jugueteando con esa lengua maldita no fue incluido en su paseo. Se fue directo a mis muslos y les dio una atención que nadie, pero nadie, nunca jamás les brindó. Mis muslos, mis piernas, mis pies fueron viciosos adictos a él y su forma indecente de hacerme caer en la voluptuosidad.

Volví a gritar cuando con un dedo intruso verificó la humedad ambiental de mi entrepierna. Yo era hasta ese momento, actriz de reparto en su ópera prima pero mi chillido me volvió prima donna con aires de diva candente y pornográfica.

Por primera vez en mi vida fui mi ama y mi señora. Hice lo que quería, reírme a carcajadas fuertes y alborotadas, y pedí que siguiera haciendo aquello que su lengua y dedos hacían.

Ese hombre me tenía convertida en gelatina y lo mejor fue que cuando traté de tocarlo, no opuso resistencia. Al contrario, me incitó y animó a toquetearle todas las partes que ninguno antes me permitió.

Mis manos andaban emancipadas y le tenían agarradas las tetillas, creo que incluso se las retorcí y ni chilló, echó hacía atrás la cabeza y con un ronroneo impúdico me alentó a saciar mis apetitos más oscuros.

Volvió a besarme el ombligo de aquella manera inmoral que me sacaba escalofríos y me encendía ganas perversas nunca antes confesadas y constantemente anheladas.

Pasaron los segundos en que mis manos jugaron con su pelo corporal, mientras él andaba entre mis muslos haciendo de las suyas. Yo era feliz y descarada en proporciones iguales. ¡Qué manera de lamer y besar, morder y succionar!

El bramido que se me salió fue apoteósico al igual que la chupada que me dio, y sobre la misma me levantó desde abajo, desde las piernas, desde mi temor, desde mi perdido pudor. Me sentó en la mesa o en lo que fuera que había detrás y siguió lamiendo como si yo fuera un helado y estuviera muy bueno.

Me lamió y me sentí al borde de una oscuridad deliciosa. Estaba muy mareada, frenética, habría caminado descalza y sonriente sobre brazas ardientes de habérmelo pedido o simplemente sugerido.

En ese instante, en que los limites que el mundo me había metido a la fuerza aullaban en mi cabeza, tomé la mejor decisión y los mandé al infierno, y por primera vez en mi vida fui mi ama y mi señora. Hice lo que quería, reírme a carcajadas fuertes y alborotadas, y pedí que siguiera haciendo aquello que su lengua y dedos hacían.

Yo quería más y se lo exigía como si fuera su dueña y él obedecía como sumiso y creativo esclavo.

Él era bueno, excelente, supremo maestro en lo que me hacía y en cómo me lo hacía. Sus manos me recorrían de arriba abajo, de izquierda a derecha, de adentro hacia fuera. Con fuerza, con ternura, delicadamente, bruscamente, apasionadamente, yo me dejaba hacer y gozaba como nunca antes.

Su lengua me tenía mojada entera y su boca a ratos me mordía, me lamía, me succionaba, me apretaba y un montón de cosas más que no tienen nombre pero sí placer y remordimiento.

Grité como loca cuando sus dedos me agarraron un pezón y lo estrujaron, no de dolor, de algo innombrable que me hizo desear más y más esa tortura deliciosa.

Yo también apreté lo que tenía entre en las manos y que resultó ser uno de sus testículos. Se río y me dijo que aprendía rápido y que siguiera, que a él le gustaba todo.

Me alejé unos centímetros y abrí la boca, sólo un poco, me saboreé como si fuera una niña mala y me agaché.

Fue su turno de gritar.

Me embutí aquel trozo enorme de carne y lo paladee hasta hartarme.

Era delicioso ser yo, sentirme yo y actuar como yo siempre había querido ser sin que nadie me mirara feo o susurrara a mis espaldas.

Me tomó del cuello con cuidado y su lengua jugó en mi oído describiendo círculos voluptuosos que me enervaron las ganas y me emanciparon el resto de la ropa. Luego me susurró con esa voz ronca y maldadosa.

Le obedecí, me di vuelta y me entregué a mis propios deseos. Lo que me hizo estoy segura de que está prohibido por varias religiones y muchos gobiernos.

Yo estaba hambrienta y él me alimentaba generoso y sudoroso, y cuando fui capaz de verbalizar mis deseos, sonrió con ternura, me guiñó uno de sus tremendos ojos oscuros y entró lentamente en mí. No era necesario, yo habría agradecido más velocidad, pero me recompensó con unos movimientos pélvicos dignos de dioses o bailarines de caño.

El aire se me hizo poco, el aroma a sudor era espeso y palpable, sus nalgas eran duras salientes de las que me afirmaba para no caer a causa de ese bamboleo frenético al que era sometida.

Cada embate me remecía entera y el gozo me sacaba gritos roncos y perversos. Tenía todo encharcado. Yo era un charco de jugos mezclados que iban y venían junto a sus empujes.

Que gozo…

¡Que rico!

Que cosa…

¡¡¡Mierda!!!

Grité, reí, lloré, sollocé y lo mordí en el hombro cuando el octavo orgasmo se apoderó de mí y me borró el puritanismo de una plumada.

Toda mi vida fui engañada, no era cierto que un hombre apenas podía durar diez minutos.
Mentira, vil mentira. Él estuvo en el bailón más de cuarenta minutos, haciendo que subiera y bajara de orgasmos tetradimensionales berreados y sollozados a lo más Mesalina y ni se arrugó por el esfuerzo.

Me folló. Me lo tiré. Nos revolcamos. Cogimos. Lo hicimos… denle el nombre que quieran. Fue la mejor noche de mi vida.

Y no fue solamente una vez, estuvimos enganchados en ese tango de sudor, semen, saliva y lágrimas hasta que el sol despuntó en el ventanal de mi oficina y recién ahí recordé cómo me llamaba y quién era.

Me empecé a vestir.

Sonreí intentando parecer en dominio de mí misma y él, con la cabeza ladeada y mientras abrochaba lo que me quedaba de blusa, me besó suavemente en los labios y me susurró al oído.

— ¿Qué pasa con el piso flotante?

Elevé la comisura de los labios y una ceja. — ¿El próximo viernes a la misma hora?

Asintió.

Salí… caminando sobre algodones.

Mañana tengo que depilarme.

Noticias Relacionadas
En portada
Más Destacadas