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Violencia de género y juicio social (Parte II)

por Johanna Narr

7 mayo, 2017

Violencia de género y juicio social (Parte II)

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Para Nabila, Daphne, Micaela. Para todas. 

En la primera parte de esta columna, hablé de ese sistema que nos clasifica a las mujeres según nuestra forma en que llevamos nuestra sexualidad; ese machismo que en principio nos oprimió y nos obligó a desconocer nuestro cuerpo como una fuente de placer y que actualmente nos divide, desde que somos niños y niñas entre “mojigatas” o “warras” o, dicho en el chileno más común, entre “cartuchas” o “maracas”.

Vivimos en una sociedad que es producto de dinámicas de poder / sumisión. El poder es representado por el hombre y el hombre gracias a su supremacía física se impone en la relación con la mujer desde un vínculo de propiedad, donde puede utilizar el cuerpo de la mujer, así lo quiera la mujer o no.

Pero entonces cabe preguntarnos ¿qué es lo que ayuda a que no tomemos consciencia –como sociedad- de lo que está sucediendo?

Existen tantos factores como miradas de observadores que podrían explicar esta normalización de la violencia de género por parte de una sociedad. Sin embargo, desde mi subjetividad de mujer y apasionada del comportamiento humano, debo decir que tengo mi propia hipótesis y que sería el innegable traspaso de patrones culturales rígidos ancestrales que fueron adquiridos junto al nacimiento del sentido de propiedad en el período neolítico (nacimiento de la agricultura también) en donde comienza el sentido de la competencia, el concepto de “poseer” cosas y la validación de las jerarquías en relación a darle más valor a quienes tienen más posesiones.

La competencia habría valorado a los más fuertes (los hombres) quienes en poco tiempo estaban instalando un sistema patriarcal donde las mujeres habíamos pasado a ser parte de sus posesiones. Desde ese momento las mujeres que intentaron luchar por sus derechos fueron quemadas, perseguidas, lapidadas, humilladas y violentadas sexualmente en todo momento y lugar, sobre todo dentro de sus hogares en donde la sexualidad de las mujeres estaba al servicio de los hombres. Y es que la violencia de género, y específicamente la violencia sexual, no tiene que ver con deseo ni excitación por el cuerpo del otro, si no muy por el contrario, tiene que ver con la satisfacción que produce tener todo el poder y todo el control por sobre otro, deshumanizándolo y convirtiéndolo en parte de tus posesiones.

Fue así, según mi hipótesis, como las mujeres transgeneracionalmente interiorizamos el miedo y coartamos nuestras vidas en función de esta amenaza por parte de los hombres (interiorizados como abusadores en potencia). A su vez, los hombres por su parte interiorizan el sentido de posesión como algo natural, normalizando la supremacía por sobre las mujeres, logrando que se transforme en el agua de su pecera -a la que estamos tan acostumbrados que ya ni nos damos cuenta que está ahí-, invisibilizando las conductas que dan cuenta de ello.

Llevado a la actualidad, las mujeres crecen aprendiendo a cuidarse, a defenderse, a temer… a disminuir a un mínimo posible los riesgos de ser violada o asesinada (en otras palabras más “cuidadosas” sería: “las mujeres aprendemos a cuidarnos de no salir de noche, de no usar escote ni minifalda y de no ser muy cariñosas con los tíos”). El mensaje siempre ha sido que “el mundo es peligroso, cuida de tus actos y de lo que ellos producen en tu contexto”. Los hombres, por el contrario, crecen compitiendo entre ellos, centrados en sus propias necesidades y desarrollando fortalezas necesarias para salir a cazar… negando emociones que los hacen sentir más vulnerables y por lo tanto más débiles, tales como el miedo.

Como ejemplo de este traspaso de roles transgeneracionales les hablaré de dos situaciones iguales y las distintas definiciones sociales acordadas, pero invisibles, que nos obligan a actuar diferente y a valorar conductas diferentes entre un hombre y una mujer. Imaginen un jardín infantil, un niño va donde otro y le da un golpe. Probablemente estaríamos de acuerdo en decirle que se defienda, que no se deje pasar a llevar, que no le demuestre miedo. Es decir, estaríamos haciendo algo así como decirle “tú vales y no debes dejar que nadie te agreda… eso hace un hombre”. ¿Y si fuera al revés? Un niño va donde una niña y la golpea, seguramente los consejos de quienes la quieren serán en torno a que no se preocupe, que no le de importancia, que piense que probablemente ese niño está sufriendo algo similar en casa, que le diga a la tía, etc. Es decir le estamos diciendo algo así como: “tu dolor no es tan importante, contrólalo, piensa en el otro antes que en ti misma… eso es ser una buena niña”.

Entonces, las mujeres, al vernos en un escenario tan injusto, debimos desarrollar herramientas para adaptarnos y sobrevivir. Y gracias a esas nuevas herramientas que realizaron nuevas conexiones cerebrales, comenzamos a tomar consciencia de que esta realidad no era la única posible. Es cuando empezamos a luchar por nuestros derechos básicos como la educación o el derecho a voto, demanda incomprendida en su momento por los poderosos. Hoy estamos luchando por el derecho a la libertad y el modelo patriarcal se ve amenazado porque sus bases se encuentran ancladas a la supremacía de lo que llamamos masculino por sobre lo femenino, hombre por sobre la mujer… y si ella es libre, el hombre perderá identidad y no sabrá con qué aspectos de sí mismo debe vincularse.

Con esta lucha por la libertad de las mujeres, en todo aspecto, me refiero a poder criar niñas sin miedo a caminar de noche porque las pueden violar, a orientar a nuestras hijas adolescentes que no digan que sí cuando quieren decir que no y a alentar a nuestras mujeres que no digan que no cuando quieren decir que sí. Me refiero a pasar a ser protagonistas (de la misma forma en que lo hacen los hombres) de nuestras vidas y no necesitar definirnos a través de la valoración de un otro.

Y es que lo digo en cada oportunidad que puedo: nuestra crisis actual es una crisis de conciencia, donde debemos empezar a visualizar los aspectos normalizadores que mantienen la violencia de género como parte de nuestra rutina. Tomar consciencia, por ejemplo, que la forma de acercamiento de los adolescentes hombres (12 ó 13 años) a la sexualidad es a través de internet, a través de pornografía en donde a la mujer se le cosifica, se le humilla, se le viola, se le deshumaniza. Y en sus compañeras empiezan a hacer las clasificaciones en relación a la sexualidad internalizada a través de la pornografía en donde lo que se observa actualmente es un tipo de pornografía que más allá de vender la imagen de la mujer como objeto, se vende como crueldad sexual (pornografía “gonzo” donde el llamado “doble anal” es el elemento más explotado). Y acá se mezcla el capitalismo, que va desde lo que consumimos en los medios de comunicación (una mujer objeto) hasta la industria de la prostitución que ha ganado más de $100 billones utilizando el cuerpo de las mujeres como mercancía.

A eso se suma una sociedad enferma que se encarga de criar personas poco empáticas para poder sobrevivir a un mundo lleno de dolor y como otro factor importante, del que hemos hablado ampliamente, los roles transgeneracionales rígidos que se traspasan tanto a hombres como a mujeres internalizando la sexualidad de las mujeres como propiedad del hombre. ¿Qué resulta de esto? Una sociedad que crea (y cría) hombres capaces de violar y matar mujeres y al mismo tiempo una sociedad que crea (y cría) hombres y mujeres capaces de tolerar la violencia de género invisibilizándola para poder responsabilizar a la víctima y lograr así agredirla nuevamente a través de un juicio social.

Quizás en el fondo de todo… hombres y mujeres sólo queremos mantener la ilusión de que la vida es justa y quizás si encontramos razones que justifiquen y expliquen, aunque sea de cualquier horrorosa manera, algún hecho de violencia hacia una mujer, entonces crearemos la hermosa ilusión de que aquella mujer tenía todas las herramientas para evitar que esto ocurriera... y no lo hizo.

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