“No fue culpa de la lluvia, ni de mi jefe. ¡Me pasó por caliente!” Parte II - El Mostrador
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Historias de Sábanas

“No fue culpa de la lluvia, ni de mi jefe. ¡Me pasó por caliente!” Parte II

por Conti Constanzo

7 mayo, 2017

“No fue culpa de la lluvia, ni de mi jefe. ¡Me pasó por caliente!” Parte II

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Después de las cervezas que me tomé anoche en el bar, y la botella de vino que terminé de bajar en mi departamento, por supuesto hoy amanecí no con un dolor de cabeza, sino que con un hachazo que de verdad me parte medio a medio, y no hay que ser mal pensado para saber que es la cabeza.

Como si el tiempo, el universo y la vida confabularan contra mí, hoy el día está maravilloso, incluso en HD, veo hasta los andariveles de la cordillera y yo, a pesar de ser las nueve de la mañana, estoy acostada con la almohada encima de la cabeza, y sí, es viernes.

Como siento que soy un vampiro, lo primero que hago es cerrar las cortinas para que la luz no entre, yo quiero seguir sumida en mi oscuridad personal, lo único que pretendo hacer por mí es lavarme los dientes, y eso porque no me aguanto ni yo. Cuando vuelvo del baño el sonido del teléfono de mi casa me hace dar un salto, corro a contestarlo para que deje de sonar.

-¿Aló?

-Seis llamadas a tu celular y ninguna me respondes, me puedes decir que mierda haces en tu casa ¡si tienes trabajo! -me grita mi amiga, la defensora de los derechos de las mujeres, Francisca-. Por actitudes como estas las mujeres somos catalogadas como sexo débil -me soltó el rollo feminista comenzando la mañana.

-¿Y qué querías que hiciera?

-Levantar el culo, poner tu mejor cara e ir a ganarte el pan, que bastante te ha costado llegar a donde estás. ¿O tienes un mecenas que te paga el crédito universitario?

-Olvídalo, no tengo cara para volver, y deja de gritarme que la cabeza se me parte.

-Otra cosa es la que te deberían partir a ti para que entraras en razón.

- Fran- suspiro cansada- te quiero, pero ahora te voy a cortar.

-Ni se te…

No la dejo terminar, le corto o estaré escuchando la cantaleta durante al menos una hora más. Para no seguir dando explicaciones, simplemente desconecto el cable del teléfono, necesito dormir y así tener la mente despejada para saber qué hacer con mi futuro, claro, si es que tengo alguno y el malnacido de mi jefe, perdón, de mi ex jefe no me pone la reputación por los suelos.

Horas durmiendo, soñando con el país de nunca jamás y mi estómago me despierta pidiéndome a gritos algo para comer, como no tengo ganas de cocinar, Jinhao, el chinito de la esquina será mi mejor solución.

Así termino de pasar el día, comiendo, durmiendo y lamentándome. Decir que es de los peores días de mi vida, está de más, entre que duermo y despierto sudando por haber  soñado con el diablo o, mejor dicho, con lo que me hacía. Creo que me volveré loca, pero por Dios que lo disfruté, sólo con recordarlo una sonrisa aflora en mis labios.

Sábado y el día volvía a estar radiante, era como si el destino se riera de mí.

- Se acabó- me hablo en voz alta, eso para reactivar mis neuronas. Corro las cortinas, abro las ventanas y ventilo, no sólo los olores, también mi corazón. Después de todo tampoco había matado a nadie, ¿no?

Enciendo mi celular que se demora en quedar utilizable, ya que empezaron a entrar mensajes, llamadas, whatsapp correos, y notificaciones varias. No miro ninguno, los correos seguro eran de mi oficina, o despidiéndome o regañándome por no ir en un día tan importante. Los whatsapp y llamadas son de mis amigas, y a ellas aún no me quiero enfrentar.

Me voy directamente a la aplicación de música y comienzo a escuchar a mi amor, a mi ídolo, Arjona. Nada mejor que hacer aseo con mi gurú poeta del amor. Me hago en el pelo una cola y empiezo a subir alfombras, correr muebles, sacudir lámparas, y así poco a poco a olvidarme de mi situación.

De pronto veo mi reloj y me doy cuenta que el día ha avanzado hasta el atardecer, son las siete de la tarde y mi casa brilla como el sol que se escondió para mí. Literalmente me echo sobre el mullido sillón para ver la maravilla en que se ha convertido mi mansión y sí, me gusta. Al menos algo tengo ordenado en mi vida.

Para celebrar y para alimentarme decido salir a comprar, necesito tener provisiones porque estoy segura que las chicas vendrán en manada esta noche, y prefiero que tengan el estómago lleno a que me coman a mí. Agarro un chaleco que parece de la abuelita y salgo a la calle.

El primero en recibirme es el conserje, que se sorprende al verme tan desarreglada, eso lo sé por su cara. Pero para ir al almacén de doña Juanita lo menos que necesito es glamour.

Después de jurarle y re jurarle a mi vecina, la periódico parlante que estoy bien, que el pelo sucio y grasiento es por el aseo, que las ojeras son por tanto trabajo y que la ropa es porque tengo todo mojado, como compadeciéndose de mi me regala una barra de chocolate. Como estoy falta de azúcar y necesito subirme la glicemia hasta que me dé un coma diabético, lo abro y comienzo a masticarlo mientras camino de vuelta mirando lo lindo que está el atardecer.

En eso estoy cuando de verdad siento que mi corazón deja de latir y mi respiración se detiene en seco. Pestañeo un par de veces para ver si son alucinaciones producto del alcohol de anoche, o es que el universo realmente se ha ensañado conmigo.

De pie, apoyado en una camioneta de esas todo terreno negra, con los brazos cruzados, penetrándome con su mirada, está mi jefe. Le hago un escáner acucioso, pantalón de buzo negro, con una sudadera del mismo color, barba de un par de días y el pelo mojado revuelto, pero… el diablo es el diablo aunque se vista con ropa de deporte.

-Señorita Andrade- me saluda con esa maldita sonrisa que hace que una puntada se vaya directo a mi entrepierna.

-Se… señor Costabal.

-Si la veo riendo y caminando- hace un paréntesis para caminar hacia mí como si nada ni nadie más existiera-, deduzco que no faltó ayer a trabajar porque está enferma.

-No… no…, señor.

-Y si no lo está, ¿sería tan amable de decirme por qué no se presentó ayer?

Lo miro abriendo los ojos y la boca al mismo tiempo, este hombre es idiota o me está tomando el pelo, más opciones no hay, y yo, parece que además he olvidado el don de razonar, aunque ya sé que con él eso me pasa más a menudo de lo que quisiera.

-Por… por lo que sucedió el jueves- respondo tan despacio que casi ni yo no me escucho.

-Quiere que hablemos de esto aquí en la calle, señorita Andrade, o en su departamento.

-¡Qué!- chillo ahora sí sacando la voz-, ¿en mi departamento?

-Bueno, como prefiera- comienza a decir en tanto mi conserje, don copucha, ya se acerca con la escoba en  mano, y no para darle escobazos, sino para hacer como que barre y así poder escuchar toda nuestra conversación-. Lo que sucedió entre nosotros…

-No- lo corto enérgicamente tomándolo del brazo para que me siga-, en mi departamento.

Él como si fuera un lobo con piel de oveja, saluda a don copucha sonriendo, mientras camina detrás de mí sin decir nada.

Cuando subimos al ascensor, me alejo lo más posible de su cuerpo. Los ascensores tienen “algo” o al menos así dicen por ahí, y yo no pienso experimentar más en mi vida. Para novelas, los libros.

Me está mirando. No quiero ni pensar qué pasa por su cabeza, hasta que como si nada me suelta:

-Le quedan bien los moños.

Me encojo de hombros, ¿Qué le voy a decir?

-Está muy callada, ¿le pasa algo?

-Esto… esto está mal -consigo decirle al fin en una sola frase-, no suelo tener intimidad con mi jefe y…

-¿No suele? O sea, es común en usted -me corta y ahora vuelve a ser el diablo conocido al que me enfrento a diario. O me enfrentaba mejor dicho.

-Usted sabe a lo que me refiero -le aclaro, y ya siento que la mujer guerrera que vive en mí se está empoderando, levanto la barbilla para mirarlo a los ojos, porque yo con patatines le llego al hombro-. Y no entiendo que está haciendo usted aquí, a esta hora y en un día no laboral.

Me mira, pero no responde. Justo cuando voy a decirle algo más con mi recientemente valor adquirido, las puertas del ascensor se abren obligándonos a salir.

Histérica, nerviosa y avergonzada abro la puerta de mi mansión, pero él no entra, sólo me mira… me mira y me mira, como pidiéndome permiso, cosa que no ha hecho jamás en la vida.

-Puede pasar señor Costabal.

-La última vez me tuteabas.

-Prefiero que guardemos los formalismos, señor.

-¿Y crees que eso servirá?

¿Servirá? Servirá para qué, me pregunto, ahora sí que estoy histérica. Pasamos juntos y yo voy directo a la cocina a dejar las bolsas, y cuando vuelvo lo encuentro sentado, instalado en  mi sillón.

-Hablemos.

-No me ofrecerá nada señorita Andrade, ni siquiera un vaso de agua, en la oficina al menos me lleva café.

-Estamos en mi casa.

-Sus dominios -ronronea ahora levantándose. Caminando hacia mí.

-Acabemos esto de una vez, señor Costabal, dígame a qué ha venido.

-¿No es obvio?

-A terminar lo que… bueno, lo que ya sabe, porque si es así, puede devolverse por donde mismo llegó, aquí no encontrará nada -le respondo todo lo enérgica que puedo devolviéndome a la puerta de calle, para que salga, dejándole claro que no tenemos nada de qué hablar

-Tenemos una situación pendiente –puntualizó, levantándose, mirándome directamente a las pechugas, y por supuesto mis pezones me traicionaron al instante. Antes de que llegara junto a mí, ya había cerrado la puerta, y me tenía agarrada del brazo poniéndome contra la pared, y yo… sin poner resistencia alguna.

-¿Qué cree que hace?

Mueve la cabeza acercando su rostro a mi cuello, cierro los ojos y no por placer, dos días sin bañarme, y estoy más sudada que caballo de carrera.

-Sabes perfectamente lo que hago, eres una mujer inteligente.

-Entonces tú eres un idiota –gruño, tratando de resistirme, pero ya sé el efecto que este hombre tiene en mí, sobre todo ahora que puedo sentir su cuerpo esculpido a mano junto al mío-, no te voy a dar en el gusto.

-Entonces te lo daré yo –responde, encogiéndose de hombros, como si nada de lo que dije le importara-, y para que lo tenga en cuenta, prefiero las faldas señorita Andrade.

¡Mierda! Respiro profundo para tranquilizarme, pero en el momento en que exhala siento como sus labios se apegaban a los míos y Mauricio Costabal sin ningún cuidado tira de mi colet para soltar mi pelo, enredado y grasiento, ¡Dios! Debo de ser un espanto, y parece que a este hombre no le importa…y bueno, si a él no le importa, ¿Por qué tendría que importarme a mí?

Como una poseída meto las manos por debajo de su sudadera para que se la quite, y mientras estoy jadeando dentro de su boca, él comienza a ayudarme en la tarea. Parecemos dos pulpos adolescentes en una carrera, quitándonos todo lo que nos estorba. Siento como lame mi lóbulo en tanto yo rozo con los dedos su abultado bóxer, quiero sacar su hombría y sentirla en mis mano, pero al mismo tiempo deseo hacerlo sufrir, al menos un poco, pues con algo tiene que pagar la cagadita que me dejó en la vida.

-¿Únicamente va a tocar señorita Andrade? -me pregunta, y antes de que pueda responderle, ya tiene su lengua tocándome casi la campanilla, enloqueciéndome, y de verdad.

Como a los locos nadie los culpa de nada, me vuelvo desquiciada, meto la mano completa en su interior y lo siento, está tan húmedo como yo y gime al primer contacto, en tanto yo disfruto con lo aterciopelado y suave que es, eso sin contar con que me está quemando. Comienzo a moverlo de arriba abajo sin ninguna contemplación, es una carrera y yo la quiero ganar, incluso lo puedo sentir tiritar. Sus jadeos son cada vez más fuertes y estoy segura de que perderá el control en cualquier segundo.

-Suplíqueme, señor Costabal, pídamelo por favor.

-No te detengas Andrade.

-¿Perdón? -dije aminorando el ritmo-, eso no suena a ruego señor Costabal.

Poco falta para que me atraviese con su poderosa mirada, saque el tridente y me corte en dos. Está claro que no es un hombre que sepa de súplicas.

-Hoy es tu día de suerte -sonríe con picardía mostrándome esa dentadura de comercial de pasta de diente, luego, como el desgraciado que es se aparta rápidamente de mí, me coge por el trasero y ahora sí que me empuja contra la pared al mismo tiempo que me enviste con fuerzas. ¡Wow! Esto sí que es una sensación de otro mundo.

-Mierda -murmuro.

Costabal inspira con fuerza mientras me aprieta un poco más. Su respiración ahora sí que está irregular. Lo aprieto con mis piernas atrayéndolo lo más posible y comienzo rápido a moverme también, quiero mi gloria y la quiero ya.

-Te falta poco -me asegura con esa voz grave que me calienta tanto, acelerando aún más sus embestidas-, ya casi llegas.

Cierro los ojos, lista para alcanzar la gloria, después de haberlo sentido a él jadeando desde el fondo de su ser, entierro mis dientes en su hombro para acallar mi gemido y de pronto, justo cuando estoy a punto de llegar, vuelve a agarrar mi trasero con sus manos y como si fuera una pluma me pone en el suelo mientras mis piernas tiritan temblorosas y mi cara lo mira con una gran signo de interrogación.

-¿De verdad? -le pregunto a punto del colapso, sintiéndome la mujer más frustrada del mundo.

-Muchas gracias por saciar mi calentura señorita Andrade, ha sido usted fantástica.

-¡Desgraciado! ¡Eres un imbécil! -le grito poniéndome la camiseta junto con los calzones.

-Eso ya me lo habías dicho, ah no, imbécil es nuevo -murmura mirándome en tanto termino de vestirme.

No lo miro, ahora ya no solo siento deseos, simplemente quiero matarlo, cuando levanto la vista lo veo caminar sin ropa como si fuera el dueño de casa hacia la cocina, y luego de un par de minutos regresa con un vaso de agua en la mano, como si todo fuera de los más natural del mundo.

-Todos pierden alguna vez en esta vida señorita Andrade, y toda acción tiene una consecuencia.

-No estoy perdiendo nada, esto no es una competencia, sólo demuestra lo que no es capaz de terminar -respondo con frialdad. En tanto, él con lentitud comienza a ponerse los bóxer, los pantalones y la sudadera y, para mi asombro y desconcierto, vuelve a sentarse al sillón-. Y agradezca que estoy tomando pastillas, si hasta en eso es un redomado imbécil.

-Eso lo sé, te he visto tomarlas por las mañanas, no soy un imbécil.

-¡Fuera! -le grito perdiendo toda la compostura dirigiéndome hacia la puerta para abrirla. Ya no soporto ver su cara de soberbia y de hombre… resuelto, por decirlo decorosamente, mientras yo parezco olla a presión sin explotar.

-Cierre la puerta, he venido a hablar y eso es lo que haremos -habla en forma implacable, acomodándose un poco más en MI sillón.

-¡Y cree qué después de lo que acaba de pasar tenemos algo de qué hablar! -ya no grito, chillo y unas ganas inmensas de asesinarlo me entran en el cuerpo, es más, no me importaría nada pegarle un combo bien dado en el hocico, aunque me acusen de violenta, loca e histérica y definitivamente me quede sin trabajo.

¡Pero que me pasa! ¡Ya estoy sin trabajo!

-Señorita Andrade, podría calmarse y escuchar de una puta vez lo que he venido a decirle -dice serio-. Y si no fuera mucha la molestia, cierre la puerta antes de que sus vecinos escuchen sus gritos.

Como soy loca, pero no tonta, le obedezco, y justo cuando estoy cerrando siento como ésta se abre abruptamente y como un vendaval entra la manada encabezada por mi amiga Claudia.

-Veo que estas vivita y coleando -me saluda sin detenerse para dar paso a las demás.

-Aunque no muy entera -me reprocha Francisca que me mira de pies a cabeza.

Rápidamente trato de hacerles un gesto a mis amigas para que no sigan y entiendan que no estoy sola, pero es inútil, el grito de la feminista resuena por todo el lugar:

-¡Serás zorra! ¡Nosotras preocupadas por ti y tú…!

-Sola muriéndote no estás -continua Paula.

Ahora sí que literalmente estoy nerviosa, miro al sr. Costabal que sé que está disfrutando del espectáculo y veo a mis amigas, que me están reprochando todo, y no sólo con miraditas.

-Sólo queríamos saber que estabas bien -sisea entre dientes-, y por lo demás, no sé si aprendes.

-Yo… él…

-No justifiques nada- me corta-, nosotras nos vamos- me dice más conciliadora Paula.

-No se preocupen- espeta el diablo poniéndose de pie, dándole tiempo a mis amigas para que se lo coman con la mirada, y luego prosigue-: yo ya he terminado lo que vine hacer aquí. Pueden hacerle compañía a la señorita Andrade.

-¿Señorita? -repite gruñendo Claudia-, aunque sea una bruja con sus amigas tiene nombre, se llama Beatriz.

-No hay problema, no somos cercanos –aclaro.

-¿Y tú tendrás nombre? -salta Fran que hoy viene abanderada con la camiseta de #NiUnaMenos, y yo presiento que será lo próximo que me regalará.

-Mauricio Costabal -responde enérgico, mirándome.

-Por favor -suplico despacito-, no…

-Su jefe -termina de darme la estocada final, pasando por entre medio de las chicas que se han quedado de piedra y, por muy raro que parezca, sin habla-. Y por lo mismo, la espero como corresponde, el lunes, señorita Andrade.

-Yo… -balbuceo.

-Usted póngase esto -dice entregándome delante de todas mi sostén.

Cuando cierro la puerta me enfrento al escuadrón de fusilamiento sin poderme creer lo que acaba de pasar, acabo de tirarme a mi jefe, o en realidad ha sido al revés. Sin palabras miro a las chicas y exclamo:

-¡Ahora sí que la cagué!

-¡La recargaste! -me gritan todas juntas acomodando en el sillón. Y antes de que yo me pueda sentar, la única que había sido más amable, me pregunta:

-¿Y que harás el lunes?

¡¡¡ El Lunes!!!!

 

“No fue culpa de la lluvia, ni de mi jefe... ¡me pasó por caliente!”

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