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Historias de sábanas

Piel de milodón

por Dablín

23 abril, 2017

Piel de milodón

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Estaba desnuda. Tanto como se podía estar en el principio del mundo.

Se había quitado la ropa, el matrimonio y las penas.Permanecía de pie frente al lago patagónico más lindo que hubiese visto en sus viajes, y por fin podía decir que era libre.

Su piel estaba azul de frío. No sentía los pies ni las manos ni las lágrimas de felicidad que se le caían de los ojos.Miraba ese despliegue insolente de colores y apenitas podía creer que recién había firmado los papeles del divorcio.

Por fin se había extirpado de la sombra al ser que por quince años se había resignado a amar, y la alegría era tanta que no le importaba en lo más mínimo las gotitas de agua gélida que saltaban del lago y se le pegaban al cuerpo.

Quince años…

Tres hijos…

Cien litros de lágrimas…

Cuatrocientos portazos…

Un millón de amenazas…

Una milésima de promesas vacías…

Un baúl de recuerdos buenos…

Una bolsa de culpas…

Un almud de equivocaciones…

Un canasto de instantes buenos…

Un monedero de satisfacciones…

Y un tumulto de rebeldías, le habían quedado de vuelto de toda esa vida que hacía dos días, en Puerto Montt, había dado por terminada. Se le había acabado el asunto en el mismo instante que puso su maravillosa firma en los papeles.

Estaba soltera. Estaba libre. Estaba decidida. Estaba cagada de frío y pletórica de deseos ardientes no satisfechos desde hacía quince años.

Estaba pensando en vestirse cuando un hombre desnudo llegó a su lado y le sonrió con ese brillo en la vida que le prendía las ganas de intentarlo de nuevo; total, ya no estaba profundamente enamorada del padre de sus hijos. Ahora estaba enamorada profunda, total, decidida y completamente, del hombre mágico que le había mostrado que uno siempre puede rescatarse del peor de los temporales.

Él sonrió y abrió los brazos; traía a modo de capa una piel gruesa y al abrazarla la envolvió desde afuera hacía adentro y desde abajo hasta arriba.

—¿Frío? —Le brillaba hasta la inocencia.

—Nah… más bien exceso de libertad. —Ladeó la cabeza y la apoyó en su pecho. Era bueno enamorarse de alguien un poco más alto.

—Yo te ayudo a entrar en calor. —Su voz se fue con el viento feroz e inclemente que bajaba desde las colinas y les mordía todo lo mordible.

Ella se estremeció. —¿Y esta piel, de dónde la sacaste?

Él cerró su abrazo y le quitó los escalofríos. —Estaba allá atrás, esperándonos.

—¿Es de guanaco?

Lanzó carcajadas cristalinas y le besó la coronilla. —Ni que fuera un camello gigante, los guanacos son más chicos. Esta debe ser de…

Ella terminó la frase. —…De milodón, porque es tremenda.

—Es mágica. Apareció a mis pies.

No supo qué decir, se limitó a inspirar con fuerza el aroma a pureza del viento patagón y se dejó abrazar y mimar.

Pasó un instante eterno de viento silbante y caricias pequeñas. —Esta piel es grandota. Aquí caben hasta tres personas.

—O dos, acostaditos. —A él le bailaron las cejas y se le notaron las ganas.

No fue necesario contestar más. De las risitas pasaron a la acción y la piel los recibió acolchada y suave cuando empezaron a amarse sin apuros.

No sintieron la dureza de las rocas, ni el viento que voyerista se dedicó a acariciarles los cuerpos, mientras ellos se daban y recibían el néctar de los amantes.

El lago permaneció allí, un pedazo de cristal entre las colinas de la Patagonia, aunque de ser espía, algo se le contagió de su calor y ya no fue tan helado como decían los libros.

Ella se sintió por primera vez en su vida, salvaje fuerza indomable. Él fue viento, naturaleza y Patagonia; y los espíritus Selk´nam guardaron respetuoso sonrojo mientras ellos rehacían el concepto de sexo feroz a cuero pelado en descampado y sin permiso solicitado.

De nuevo estuvo desnuda frente al lago, parada sobre la piel de milodón con la mano de su compañero como única vestimenta; con los ojos llenos de lágrimas, la mente emancipada y las ganas satisfechas.

—Me gustaría vivir aquí… —Lo miró con las mejillas enrojecidas.

Él fue amo y señor de la Patagonia los segundos que se demoró en contestarle. Se puso a su espalda y la abrazó. —Ya vivimos aquí, dejamos un pedazo de nosotros y tenemos que regresar a visitarlo. No sea que se apene y se nos muera.

No pudo contradecir semejante verdad. Giró la cabeza, le brindó su alma en un beso y se quedó quietita mientras el sol entumido del fin de mundo, se marchaba a dormir.

Los espíritus Selk´nam sonrieron bajo sus máscaras ancestrales. Una vez más su embrujo había funcionado. La piel sabia había cobijado a los enamorados y les aseguraba la lealtad del navegante del principio del mundo. No estarían más solos, ya eran dos de los suyos y le pertenecían a la Patagonia, para siempre

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