Braga

Historias de Sábanas

El hijo del Presidente

por Matea Briceño

4 marzo, 2017

El hijo del Presidente

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La bendita conversación con El Pololo jamás llegó entre tanta reunión, agenda legislativa y refichaje de partidos. Marzo es un mes de muchas definiciones —de todas menos en el amor—. Época en el que por alguna extraña razón hay más sexo, debe ser porque hay tanto estrés que es la única forma de eliminarlo, o puede ser, como dijo Chiqui Aguayo, porque hay cierta parte del hombre que nunca está enojada, ni tiene temas que conversar, ni se queja de que hay que dormir con la ventana abierta y muy poca ropa; no es preciso que entre en más detalles.

¿Recapitulemos? Me acabo de venir a vivir con mi pololo. Sí, somos de izquierda y vivimos en Vitacura, si nosotros podemos vivir con eso sé que ustedes también. El asunto es que el otro día estábamos abriendo las últimas cajas, típico que son las que no tienen rotulado y son puros cachureos:

—Tea! Mira, tus cuadernitos de anotaciones— me dice El Pololo, muy interesado.
—Verdad, sí, tantos que tengo, son todos mis años acá en Santiago.
—Sí, ¿qué quieres hacer con ellos?
—No sé déjalos ahí y después veo— y seguí avanzando en ordenar la ropa y botar algunas cosas.
—¿Quién es el rubio de la Moneda?
—¿Qué?
—Acá hablas de un Joaquín… y bien detallado…
—¡Ay! ¡Pero no los leas! No sé, era un chiquillo de hace miles de años.

Después de esa escenita supe que todas esas historias podían ser muy nocivas para mi relación, pero muy apetitosas para una columna. Entonces empecé a transcribir una por una, cuál de todas más entretenida, o al menos eso me pareció al leerlas, sin todo ese drama y angustia de cuando las viví.

Mientras tanto, el hijo del ex Presidente Piñera aparece en la prensa por un correo “erróneo” sobre los riesgos de un negocio del Family Office de Piñera, me quedo pensando en ese mayorazgo que sigue ocurriendo en las familias políticas. Y cómo eso influye de infinitas formas en esos hijos y su entorno. Yo vivo con uno. La clase política es como una realeza moderna, por algo hay hasta “príncipes” y, aunque la mayoría de la gente los desprecie, siguen estando de lo más y por alguna extraña razón resultan atractivos incluso para quienes no están metidos en política. Debe haber algo entre las camisas Brooks Brothers y el Rolex que hace despegar a la fanaticada. Una pensaría que son un fan club piola, pero poco les falta para andar haciendo fila, entre invitaciones a salir y coqueteos en plenas jornadas laborales.

Supongo que yo fui de esas, alguna vez, lo asumo, pero aprendí la lección. Porque una debe ser la luz del deseo, no el otro, porque cuando tiene nombre, apellido y trabaja con un diputado, es un desastre seguro. Fabrizio Valentini, con sangre italiana, ultra mino, alto, chasconcito y del sur. Jajaja, sonrío de solo acordarme de él. Me acuerdo que cuando caminábamos juntos hasta me daba la corriente #Adolescencia. Según yo, había full onda (será que una siempre cree eso, aunque no lo sea) y aunque pasábamos muchos ratos agradables conversando en algún patio y, según yo, salían estrellas cuando estábamos juntos. Con el pasar del tiempo, todo indica que la única que se pasaba la película era yo. Sí, el libro de Jane Austen completito y, bueno, quizás había partes más fantasiosas, como cuando escuchaba su voz e imaginaba todo lo que podía decirme o miraba sus manos. No, mal con las pérdidas de realidad.

Lo peor es que yo creo que hasta lo comenté con alguien y ahí, gran error, se divulga. Y, han notado que hay sujetos que pueden no estar interesados, pero les encanta la atención que una —medianamente bonita, medianamente inteligente— les da. Y, para peor, una jura que la está haciendo y vamos invitándolo a salir a tomar piscolas, más encima rasca la salida. Y ponerse a hablar de que el Bloody Mary es cuando un tomate le hace el amor al Vodka y cuánta estupidez se me venía a la mente mientras hablaba con él.

Algo había —y quizás aún hay— en esos ojos celestes o verdes, el color no importa, el resultado era que me encandilaban igual. Después lo agregué a Facebook, sí, nada de esperar a que él lo hiciera, yo ya estaba revolucionada por el sujeto y, a pesar de que, insisto, él era bien coqueto, mucho interés no mostraba, salvo hacer la cimarra juntos por horas y cesar nuestras respectivas funciones en plenas jornadas laborales. Debo reconocer que mientras me estoy acordando de él no he parado de sonreír, de hecho El Pololo me ha preguntado tres veces con quién estoy hablando.

—Con nadie amor, estoy escribiendo en el Mac— momento engrupido.
—Entonces por qué sonríes así.
—Jajaja no sé, me estoy acordando de algunas cosas.
—Espero que tengan que ver conmigo, porque esa carita la pones muy pocas veces.
—¿Sí?
—Sí, cuando estás feliz de verme o te estoy dando besos en el cuello, ¿está todo bien?
—Sí amor, todo.

En general, mientras reescribía todos los capítulos, para poder botar los cuadernitos, no sentí que estaba incurriendo en ninguna falta, porque solo quiero evitar que El Pololo se entere de todo lo que pasó mientras éramos amigos (toda mi vida universitaria). A mí me daría lata saberlo, pero él tiene un fetiche/fascinación por filtrar de vez en cuando esa información y lo detesto.

Lo curioso es que mi affaire imaginario con F. Valentini fue en el último break que tuvimos con El Pololo y queda esa sensación como de asunto pendiente, si de vez en cuando me meto a su Face para puro ver fotos y cachar quién le pone me gusta #Madurez. Y caché que una niñita, de esa que una se topó en la casa de Bello, le anda poniendo “me encanta” y lo entendí de nuevo. No po, comadre, él debe ser el interesado, no usted, no al inicio, al menos, no vio que el otro se queda sin garritas. Filo, cada una sabe, esa fue mi lección. Y así, entre nos, de la nada F. Valentini me mandó una foto cuando asumió Trump en la Casa Blanca, él estaba allá y se acordó de mí. Retomamos las piscolas pendientes, sin quedar en nada, nada más que esa infinita sonrisa que tengo cada vez que pienso o hablo de él, ahora me captan con ese pendiente, es como un post-it que siempre está pero que una sabe que no hará hoy.

—En qué estarás pensando que te ríes así— pregunta El Pololo, mientras vemos las noticias.
—En nada, ¿cachaste lo del hijo de Piñera?
—Sí.
—Igual podríamos comentarlo, ¿no?
—No, siempre es una paja que se metan con la familia.
—Pero acordemos que sus argumentos son muy malos.
—Sí, pero qué va a hacer, acusar al papá, si es su hijo… su mafia.
—Entonces, entre familia, no hay secretos.
—Obvio que no.
—Y entre nosotros— solo lo dije para meter drama, no sé poh, la Bridget Jones que una lleva dentro se apoderó de mí.
—No sé, eso podrías responder tú— y hasta acá dejo la columna, se viene ítem #pelea, solo con el fin de pelear, de sacarme a F. Valentini de la cabeza o, quién sabe, tener infinito y maravilloso sexo de reconciliación. A veces las mujeres tomamos caminos retorcidos en el amor y, si nos juntamos con un político, a éste le gusta retorcerlos un poco más. Y esta vez fue por el hijo del Presidente.

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